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jueves, marzo 27, 2014

El abismo subterráneo.

El niño del vagón había leído a Sada. La verdad es que muy pocos humanos en este planeta, país, ciudad, transporte público, conocen a ese escritor. Y el infante de cachetes rosados y pantalón corto lo descubrió no por el placer de una lectura amena y enriquecedora, si no por una necesidad inmediata que podría sacarlo de los aprietos de la vida indigente: saber leer, o más específicamente, saber leer los nombres de las estaciones del metro.

            Lo conocí en uno de tantos viajes subterráneos en la ciudad de México. No recuerdo el año, ni el día. Pero si recuerdo las circunstancias usuales –y no tan usuales, en realidad– bajo las que su vida chocó con la mía, de la misma forma en la que mi vida había chocado con la de mi mejor amigo, el compañero de la clase de al lado en la universidad, o el transeúnte solitario con el que te cruzas por accidente en la calle: gracias al azar.

            Por esas fechas asistí a una de tantas ferias internacionales. Creo que era de cine, o de pintura, o de libros. Sinceramente no soy capaz de evocarlo con exactitud. Pero algo era cierto. Venía de regreso de aquel prodigioso evento repleto de artistas de renombre, que una sensación de asombro inundó mi ser a tal grado que al comenzar a descender por las escaleras de concreto en la estación J de la Línea C, y recordar lo ocurrido, comencé a sudar. Limpié mi frente con un pañuelo desechable. Lo guardé en el bolsillo del pantalón y seguí caminando. En un principio no le presté importancia al paisaje a mi derredor. Mi atención estaba enfocada por completo en el libro que tenía en mis manos. Leía el tomo I de El hombre sin atributos de Robert Musil. Por una extraña razón sentí que todo en ese libro estaba podrido. Y experimenté una sensación similar, como si yo mismo me estuviese pudriendo al transitar por un derrotero que se alargaba sin un fin aparente. Tras varios minutos de andar, mi atención en la lectura de Musil se vio interrumpida. Un leve cansancio atacó mis piernas. Me detuve y observé el sendero que se extendía frente a mí. Olía a desechos humanos y alimentos en mal estado. Al poco tiempo me percaté de los seres andrajosos de miradas tristes que me oteaban desde sus rincones obscuros. Me desconcerté al descubrir ese panorama tan poco habitual. No conocía ese camino ni los señalamientos que indicaban rutas inexistentes o que no expresaban nada con claridad. Eran garabatos sin sentido, como hechos por párvulos misteriosos.

            Una señora anciana, de profundas arrugas en las que se dibujaban, desde cierta perspectiva y con cierta luz, figuras geométricas, se me acercó a venderme objetos sin valor. Negué con la cabeza. Ella insistió. Le pregunté por el lugar en el que nos encontrábamos. Me contestó que me daría una respuesta si le compraba algo. No me quedaba de otra y acepté. Me vendió un yoyo sin pilas que brillaba en la oscuridad. Le pregunté de nuevo por el lugar donde nos encontrábamos. Estás en el transbordo de J, el transbordo más largo de todos. La gente que ves ahí, tirada en el piso, es gente que viaja y que lleva horas, días, semanas tratando de salir o de entrar. Está rete difícil encontrar la salida, joven. Algunos olvidan sus compromisos en el exterior, olvidan a sus familias y se quedan a vivir aquí. A veces no hay de otra. Construyen sus casas con cartones y ropa, y piden limosna. Los más afortunados como yo se dedican a vender lo que pueden, joven, pero a veces no da lo suficiente para vivir. Los más miserables mueren sin un entierro digno y el personal de limpieza del metro se encarga de recoger sus cuerpos y tirarlos en vaya a saber Dios dónde, me dijo con una expresión de aflicción en el rostro. No supe que responder. Nunca en mi vida había visto ese transbordo infernal. Desconocía su existencia hasta ese momento. Me petrifiqué por unos instantes. Al poco tiempo le pregunté a la anciana si faltaba mucho para llegar a la estación. Me dijo que faltaban meses, quizás, para llegar al otro lado. Que la verdad no lo sabía, nunca había visto el otro lado. Notó el desánimo creciente en mi rostro y me respondió con una voz como de madre preocupada: si tienes dinero puedes tomar un taxi subterráneo que te lleve al otro lado. Son caros y sólo unos pocos lo pueden costear. Hay un sitio a unos cien metros.

            Le agradecí por la información y me lancé corriendo al sitio. El olor de las inmundicias y los cuerpos mugrientos era pesado y apenas dejaba respirar. Cuando arribé al lugar un hombre de bigotes ralos me detuvo. Tienes dinero para pagar el viaje, me dijo. Sí, sí tengo dinero, respondí. Su rostro se iluminó con rapidez y sus manos arrancaron de mis manos el dinero que mostré con timidez. El viaje, en efecto, era caro. Por suerte llevaba lo suficiente. Me subí al diminuto taxi y emprendimos el viaje. Tardamos días en llegar al otro lado. El hombre de bigotes ralos me contó de forma repetitiva su vida hasta el cansancio. Al llegar a la estación tenía hambre y sed. Había terminado de leer mi libro y me sentía impaciente e igual de podrido como en un principio. Comencé a olvidar algunas cosas del exterior, como la sensación del viento y el sol. Compré algo de comida con el poco dinero que me quedaba, me despedí del taxista y esperé.

El tren anaranjado arribó a la estación varias horas después. Dos personas habían muerto por inanición del otro lado de las vías. En el interior de los vagones la gente se desbordaba y caía, saliendo hasta por las ventanas como cascada chocando con un acantilado. Me hice un pequeño espacio y entré. Apestaba a sudor y el aire era rancio e infecto. Vislumbré en la cercanía de mi posición al niño solitario de cachetes rosados que me miraba. Llevaba en sus manos y como protegiéndolo de los empujones y pisotones de los demás pasajeros, un libro de Sada titulado El lenguaje del juego. Aquello me pareció un hecho curioso. El niño, como pudo, se me acercó y me preguntó por mi libro. Le había generado una curiosidad pueril de lo más noble. Le dije el nombre y de que trataba. Le pregunté por el suyo. Le dije que se me hacía algo extraño que un niño tan pequeño leyese un libro como ese. Me dijo que su madre se lo había heredado. Que con él había aprendido a leer y a escribir. Nací en el tren, me dijo, mamá llevaba varios años viviendo entre los vagones y ese libro era lo único que le quedaba además de mí. Quedé estupefacto con sus palabras. Un día se enfermó y murió, agregó, y unos tipos de salubridad se llevaron su cuerpo a otra parte. Mamá me dijo que a las afueras de la estación H, de la línea D, viven unos familiares. Por eso me enseñó a leer y a escribir, para que supiera los nombres de las estaciones. Espero algún día llegar a ese lugar, dijo finalmente.         

            Platicamos durante días. Me contó que soñaba con Valente Montaño y su familia, protagonistas del libro que poseía. Quería comer pizza, quería tener su propia pizzería y cruzar la frontera de México dieciocho veces también. Después de ese periplo agotador, por fortuna, arribé a mi estación. Y la gente salió del vagón en estampida. Le regalé poco antes de despedirme mi libro junto con algunos caramelos que aún conservaba y el yoyo sin pilas. Y le deseé mucha suerte en su viaje inacabado. El tren partió y lo vi alejarse a la distancia, como un espejismo desértico o un sueño imposible. Me sentí solo, más solo que nunca. Olvidé las razones por las que había emprendido aquel peregrinaje. No recordaba con lucidez ni mi hogar ni a mi familia. Nada estaba claro. Padecí de nuevo hambre y sed. Me recosté en la pared de la estación por unos instantes y cerré los ojos. Me sentí, al recordar todo lo ocurrido, más podrido que nunca. 

sábado, agosto 24, 2013

Conocido por conocer.

Sí, lo conozco, lo veo al otro lado de aquella superficie lisa en la que incurre la luz, en la que cae resplandeciente reflejando todo a su paso, y que descansa con tranquilidad en uno de los cuartos minúsculos de la casa. Lo veo y me sorprendo. Que feo está, que maravilloso está, que joven está aún, pese a que algunas arrugas se le comienzan a dibujar por encima de los labios y el cabello se le cae con premura de la cabeza, diciendo adiós mientras titila en el aire, despidiéndose para siempre y por siempre al estrellarse en el suelo. Cómo has cambiado, amigo mío: ahora eres más valiente, te adentras en lo desconocido con ahínco, aunque a veces lloras y te sientes desprotegido al toparte con el muro infinito de los errores y la ignorancia. Ahora sufres menos, al encontrarte con la belleza y la desgracia de palidecer ante un ser esbelto y joven, que te susurra, que te llama con la mirada, y que al final desaparece sin dejar rastro alguno. La mujer invisible, como tu madre, huye, vuela libre con las garzas que circundan un lago mexicano, uno de tantos, o de ninguno porque ya no quedan, están muertos. Aún eres un enamorado indeciso, apasionado, alguien que ama con locura y que enloquece con el amor, que llora con él, que lo invita a cenar a una parrilla argentina que de argentina no tiene nada, o lo tiene todo, todo en absoluto. Ríes con una película de Buñuel, con el exagerado surrealismo de Buñuel, con la actuación de Pinal, de Cobo y Rabal, que te alegra y te hace llorar al mismo tiempo. Fernando de Fuentes, Arturo Ripstein como una fotografía, estática y brillante. Y de repente Coppola y Brando, Wells y el Ciudadano Kane, Curtiz y Bogart. Un grito espantoso en la oscuridad, Hitchcok y Bergman. Eres un soñador, un hombre de ideales, un escritor o intento eternamente vulgar de escritor, un aspirante a escribidor que disfruta de la música de la ciudad, del rap y el r&b, del jazz y el blues y el góspel. Se ve en tu mirada, en la sutileza de tu mirada ingenua que lees a Bolaño, a Onetti, a Cabrera Infante, a Steinback y Flaubert. Que le has perdido afecto aunque no respeto a los que te deslumbraron, a los que durmieron contigo bajo una sábana de algodón, y se despertaron en mitad de la noche para proseguir una lectura interesantísima sobre la magia y la tristeza, la fútil tristeza del pueblo latinoamericano. García Márquez, Fuentes y Llosa. ¿Y por qué fútil? Te preguntas. Porque a nadie le importa, te respondes.
Sonríes al mirarte, al ver al hijo de clase media que compra libros en Donceles, que disfruta de una buena platica en cualquier banca inmunda, olorosa a orines, que se ve alterada por el aroma del tabaco que sale de tu mano y que asciende al cielo hasta perderse sin remedio. Sigues con una mueca agradable en el rostro, una mueca perpetua, bajo la cual subyace la alegría y la tristeza, un mundo de aventuras y desgracias inconmensurables que sólo conoces tú y unos cuantos: la humanidad. Te conozco, te he visto caminando por los andurriales de una universidad, por los pasillos de un cine, en la calle o en un parque jugando futbol, aunque sepas que el futbol no es ni será nunca tu fuerte. No pretendes que lo sea, lo que importa es que vives esa pasión, la sensación de adrenalina y Beckenbauer, Cruyff, Cantoná y todos los jugadores circulan por tu cabeza, inundan tus pies.
Estás vivo amigo, estás vivo. Todavía vives porque sueñas, todavía respiras porque piensas, todavía luchas incansablemente porque el conflicto persiste en la vida del hombre, y eres un hombre, imbécil, retrasado, prepotente. Eres un sobreviviente, un interminable conocido por conocer. Hasta que decides apartarte de la superficie lisa porque mi presencia te ha aburrido, porque el mirarme se te hace cansado e inútil. Porque soy tan parecido y diferente a ti y eso te molesta, te hace rabiar, y comienzas a odiarme. Me despido de ti con la mano alzada, una mano ondeante que clama tu nombre en silencio, una mano que dice adiós aunque sabe que es únicamente un breve hasta pronto.

Y la vida, eso que llamamos de esa manera tan rara, sigue fluyendo como un derrotero. 

lunes, julio 01, 2013

Criaturas del Diablo.

Mamá no me ha dejado ir hoy a la escuela. Dice que me necesita en la casa para que haga algo de provecho como ayudarla a moler los chiles, cuidar de mis hermanos más pequeños y ayudar en las labores cotidianas de la casa. Prefiere que me quede a su lado como hijo servicial y obsequioso en lugar de estar perdiendo el tiempo entre libros aburridos y profesores  incompetentes que no saben nada. Presiento, como una sensación temblorosa en mi abdomen, que no tardarán en sacarme de la primaria. Vi a mamá platicando con mi tío al respecto. Dicen que  somos demasiado pobres. Dicen  que no tenemos el dinero suficiente para que mis hermanos y yo sigamos ilusionándonos con las despampanantes historias que nos cuentan los maestros sobre las bondades del conocimiento y sobre el futuro que nos espera si seguimos educándonos. Mamá siempre señala que lo que ellos manifiestan son embustes inventados para engatusarnos. Que al fin y al cabo nosotros los de la riba, los pintorescos pobladores de las orillas del lago, nacimos, crecemos y morimos para ser pescadores o trabajar la tierra.
Mientras ella peina a mi hermana Licha con una sutileza de matrona de ribazo, me cuenta las historias tradicionales del pueblo, de las celebraciones más antiguas y folclóricas que hasta las ancianas octogenarias disfrutan como churumbeles recién llevados al circo ambulante. Me habla de la Fiesta del Carnaval. Celebración ancestral donde la mayoría de mis tíos y primos terminan bailando alegremente en las calles con cumbias y jarabes populares, totalmente emborrachados de tequila y cerveza. O también de las míticas historias de la procesión al cerro durante la semana santa, o de las fiestas patronales en honor a San Francisco de Asís que convierten las calles en un mar de gente casi tan grande y con tanta vida como el lago mismo.
            A veces mamá da miedo. Se la pasa quejándose y reclamando por todo. Gritándoles a mis tíos por su holgazanería y la falta de comida. A mis primas porque se la pasan jugueteando como revoltosas infantas cuando deberían  atender los asuntos indispensables del hogar y preparar a tiempo y con premura, las tortillitas para el almuerzo. Constantemente me voltea a ver con tristeza mientras le ayudo a adecentar la casa; y me toca la cabeza retozando de vez en vez, con mi cabello. Me dice: “Tu padre y yo esperábamos grandes cosas de ti, hijo. Queríamos que te fueras a estudiar pa’ Guadalajara, que fueras un importante abogado y que nos sacaras de pobres pescadores. Cuando menos a tus hermanitos y a mí. Lástima que la cosa cada vez sea más difícil y enfrentarse al día a día sea cada vez más arduo y complicado. Qué le vamos a hacer. Así nos tocó vivir. Pero como tu abuelo Everardo que en paz descanse decía: ‘Felices y borrachos gente, que a fin de cuentas jodidos nacimos y jodidos nos vamos a morir’.”
            Durante los preparativos para la comida mi tío Eleodoro arriba a la casa con una cara de susto, de angustia, como si el Diablo mismo se hubiera llevado su alma y sólo hubiera dejado un cascarón semivacío, oloroso a bagre y alcohol. “Lo hemos visto, Marta”, asevera con una mirada perdida hacia un punto distante en el horizonte. “Viene por nosotros”, concluye, antes de dirigirse a su cuarto y perderse en un sueño del que no planea regresar, sino hasta el día siguiente. Mi madre, mis hermanos y los demás miembros de la familia, todos sentados a la mesa con una cara de asombro y de perplejidad, no conocen la forma adecuada de reaccionar ante la actitud misteriosa y antinatural de Eleodoro –conocido en la estirpe como el hombre más achispado y parrandero que jamás ha pisado los territorios del pueblo.
            Aquella actitud me pasma y con la curiosidad que me posee de toda la vida, trato de acercarme al enigmático cuarto de mi tío y preguntarle con exactitud qué es lo que había pasado. “Viene por nosotros”, son las palabras que, como un eco latente circulan por mi cabeza buscando una respuesta concreta. ¿Qué o quién viene por nosotros? ¿Qué es aquello que le causa tanto pavor a mi tío como para obligarlo a exilarse en la soledad de su recamara? “Viene por nosotros”, retumba en mi mente mientras me acerco a hurtadillas a la habitación. “Viene por nosotros”, escucho como si me olvidara de este mundo y me dirigiera a ese plano en donde el temor y el sobresalto son los monarcas absolutos de un reino olvidado. Hasta que por fin, como un cubetazo de agua del lago, o como el pinchazo de un cangrejo redondo, despierto de ese estado suspendido en el tiempo y soy obligado a regresar a la lastimera realidad de la cual quise desprenderme para siempre. Mi madre me jala del cabello y me obliga a regresar a la mesa para terminar mis alimentos. “Deja en paz a tu tío, chamaco revoltoso”, es lo que me dice con un puñado de comida en la boca. “No ves que anda de malas y  no quiere hablar con nadie”,  sigue replicando mientras unta una tortilla con frijoles. Yo la veo con una tristeza infinita, con un desconsuelo terrible, con el recóndito deseo de conocer la verdad, de desentrañar el alma de mi tío hasta descubrir ese miedo tan profundo. Ese insondable y abismal miedo que lo corroe, que “viene por nosotros”.
            Mamá nos obliga a irnos a la cama temprano. Pienso que desea hablar a solas con el tío Eleodoro sobre lo sucedido, y guardarse únicamente para ella y para la luna que se alza redonda como una moneda de peso, la íntima historia que todos desconocen.
Busco dormir. Me revuelco de un lado a otro sobre el piso golpeando sin querer a alguno de mis hermanos. ¡Ay! Escucho entre las sombras. “Eres un tonto, me pegaste en la cabeza”, replica mi hermano Gustavo. Y lo único que me queda es disculparme con él por ser tan desesperado, por no poder conciliar el sueño y dar vueltas de un lado a otro con la delicada manta que apenas me cubre del frio.
Escucho voces en la noche que me hablan, que gritan mi nombre  y me pregunto exaltado si mis hermanos ignoran o pretenden ignorar, el tremendo escándalo de gruñidos que se extiende por  la casa. ¿Serán capaces de sentir la turbación insólita que mi cuerpo experimenta al destapar la mirada de las cobijas y apreciar el mundo tan diferente que se forma en la noche?
 De pronto, como una sensación prematura, un chorro líquido se eleva por mi organismo. Mis pies se humedecen, y mi ropa comienza a empaparse con un fluido caliente que me invade, que irrumpe todo el cuarto que comienza a inundarse. Y sin darme cuenta me hallo a mi mismo flotando sobre la habitación, sobre la casa, sobre el patio trasero que se ha convertido en una extensión del lago; sobre las casas de los vecinos que se hunden en el olvido, sobre el pueblo entero que pasa a formar parte del lago iracundo que crece y crece. Una dilatación que absorbe todo a su paso con un cólera inigualable, donde los charales nadan libres entre las calles y puestos comerciales que yacen en lo profundo.
 Floto sobre el agua, liviano, hasta que la ira desenfrenada del agua me azota de un lado a otro. Me hundo en un remolino irascible. Y mi respiración se corta junto con mi cuerpo que se sepulta en una tumba acuática. Para que por fin, después de la tragedia, mi alma vuele libre con las garzas que se alzan sobre el cielo.
 Despierto. Abro los ojos y  veo a mis hermanos regañando a Licha que llora descontrolada. Reclaman el hecho de que en la noche, mientras todos pernoctaban, ella se había orinado y el inmenso charco que yace en el centro del dormitorio había bañado con sus turbias aguas a todos los demás. Mamá llega  para calmar los ánimos y nos obliga a mí y a Gustavo a limpiar el piso y las cobijas  que mi hermana ha ensuciado. Ella solloza asustada en un rincón, mientras mamá la prepara para bañarla y eliminar la suciedad, los orines olorosos que se han pegado irremediablemente a su delicado cuerpecito.
Trapeo el piso sin descansar, absorto, alelado. Los deseos de saber la verdad me carcomen por dentro y sólo escucho distante el sonido del agua que lava a mi hermana, que la libra de las impurezas del mundo. Finalizo de asear la habitación que queda pulcra y deslumbrante, y me dirijo junto con mi hermano al comedor donde los demás, impacientes, nos esperan a la mesa para desayunar.
 Me acerco a mi madre que se mueve alborotada, precipitada con un trajín nervioso,  sirviendo huevos, pescado frito y tortillas recién sacadas del comal para colocarlas en los platos baratos que reposan sobre la mesa. Le pregunto al jalarla de su vestido por un instante, si es que hoy podre volver a la escuela. Si es que podre sacar los maltrechos cuadernos de su escondite y sentir una satisfacción profunda al ser felicitado por realizar toda la tarea. Ella me mira a los ojos con seriedad y tristura. Me dice con un gesto inmutado: “No creo, hijo querido, aún necesito que me ayudes en muchas cosas aquí en la casa”. Y yo la veo con amargura y entiendo que mis días como estudiante han terminado. Que nunca volveré a jugar canicas en el patio de la escuela. Que no volveré a ver a mis amigos para jugar a las escondidillas entre los pasillos. Que aunque no lo desee, me veré obligado a adentrarme en el lago a pescar con mi tío para sobrevivir, para venderles a los patrones los pescados que tanto trabajo me costará atrapar en ese lago que cada día se extingue.  En ese lago que cada día se seca y desaparece para convertirse en un gigantesco terreno baldío sin vida y sin futuro.
Pretendo disimular mi enojo, mi rabia incontenible y me vuelvo hacia mi silla sin protestar, sin decir ni una palabra que alteraría aún más la situación tan catastrófica que se vive en este hogar de locos.
El tío Eleodoro sale de su cuarto. Y la tensión en la casa se incrementa con su llegada al comedor. Permanece callado. Con pasos firmes sobre el suelo llega a un asiento vacío y comienza a servirse los huevos, las tortillas, los frijoles, el pescado. Mis otros tíos, primos, hermanos y mamá hacen silencio. La bruma se apodera de la mesa y sólo se oyen los crujidos de los dientes con la carne al masticar, los sorbidos a los vasos de leche recién ordeñada, o al café de grano. Las miradas son dirigidas como cuchillas al tío que come con una pasividad envidiable. Expectante, mi familia y yo esperamos una reacción humana que emane de él, una muestra que brote de su cuerpo y que nos indique que sigue vivo, que su alma no ha sido arrojada a un vacío oscuro y borrascoso del que nunca podrá regresar.
“Tengo algo en la cara, o por qué chingados me miran así”, murmura Eleodoro mientras mastica sus alimentos con una vehemencia sobrenatural. “A buen hambre, no hay mal pan”, contesta mamá llevándose las manos temblorosas al sucio delantal. La tensión creada en torno a la mesa se matiza, pero el silencio de las voces prevalece. Los cuchillos, vasos, tenedores retumban en una sinfonía de cubiertos; y las miradas se transforman en palabras mudas que circulan de un lado a otro.
A mamá no le gusta que mis tíos digan malas palabras en la mesa. Sin embargo, por  las circunstancias de anoche prefiere no decir nada al respecto. Opta por quedarse callada con el miedo a preguntarle a su hermano lo que había acontecido en el lago el día anterior.
“Ya quiten esa cara chamacos revoltosos. Su tío no muerde”, dice aquel hombre enjuto y escuálido, aquel hombre tostado, pardo, que por su aspecto físico suele generar miedo en mis hermanos y primos más pequeños. Es feo, desagradable. Aunque debajo de ese aspecto terrible, de la piel quemada, se esconde un ser jaranero y divertido que disfruta de beber y de los placeres mundanos que se riegan como hojarasca por el pueblo. Mis hermanos se esconden bajo la mesa.
            “Qué tienes, Marta. Te ves más nerviosa que de costumbre”, manifiesta el tío Eleodoro al increpar a mamá. Ella reacciona sorprendida, y las palabras se le atoran en la garganta impidiéndola hablar, respirar. “Es que estábamos bien preocupados todos ayer por ti, Eleodoro. Llegaste como chupado por el Diablo y no se te entendía nada al hablar”, expresa mamá con una voz quejosa y entrecortada.
            “Cómo chupado por el Diablo”, pregunta mi tío. “Cómo chupado por el Diablo, dices”, reitera exaltado. “No, Marta. No sabes lo que dices. El Diablo no me ha chupado nada. El Diablo no se anda con juegos. Si viene por ti, te lleva todito. Y de eso no hay regreso alguno, Marta. Entiendes”, dice abrumando a mamá, que queda atónita ante tales palabras. “De qué estás hablando, Eleodoro. No espantes a los niños”, responde ella  sobresaltada. “Lo que estoy diciendo, Marta, es que los muchachos y yo ayer vimos al Diablo en persona. Es grande y escurridizo. Y lo encaramos como gallinas ponedoras. El miedo nos ganó, se apoderó por completo de nosotros. Y nos escondimos como malditos collones  y poco hombres”,  recusa el pescador mientras se levanta lentamente de su asiento y se dispone a salir de nuestra morada. “Hoy vamos por él. Si lo dejamos libre por el lago se comerá todos los peces. Y la desgracia caerá sobre nosotros. Pídele a Diosito que nos ampare”, concluye al salir por la puerta principal difuminándose, desapareciendo, como un espejismo en el desierto.
            Mamá calla. No sabe qué decir, qué responder ante la circunstancia tan descabellada. Que vieron al Diablo, que se esconde en el lago, que azotará al pueblo con la desgracia y la desesperación.  Que se llevará a los niños y se comerá todos los peces. Lava los platos, asustada, atemorizada. Apenas y me mira; y cuando lo hace sólo me dice que vaya a jugar con Gustavito en los montículos de tierra, o que cuide a Licha de no hacer tonterías  o cualquier bobada en el jardín. No entiendo nada. Y lo único que deseo con toda mi alma es poder salir de mi casa y dirigirme a la escuela, donde mis amigos. Correr de un lado a otro por los pasillos y aprender sobre los héroes de ayer, de la revolución, de la independencia, de los tiempos modernos y no tan modernos. Vibrar con mis sueños efímeros, con mis sueños inasequibles de un futuro inviable, utópico.
            Las horas pasan y el aburrimiento me carcome de forma desaforada. Mamá sigue actuando raro y limpia el piso, las paredes, los viejos muebles, como si hubiera olvidado que ya los había limpiado en la mañana. Pienso, al descubrirla sacudiendo los sillones, que prefiere mantenerse ocupada, absorta de la realidad, de las palabras del tío Eleodoro, del moribundo lago, y del Diablo o aquel ser mefistofélico que se amanceba en las profundidades. Murmura solitaria oraciones a los santos, a la virgen, a Dios. Y de vez cuando, al acercarme,  puedo percibir un “Ave maría purísima” saliendo de su boca como cascada irascible, ventisca lasciva que pide auxilio, una respuesta contundente a la desgracia.
            Contemplo desganado por la ventana la constante ondulación de las olas en el lago. Ese movimiento que viene y va sin un fin determinado, repitiéndose, perpetuándose sobre el agua por la eternidad. Una acción que me hipnotiza y me arroja por instantes fuera de la realidad, de mi existencia, obligándome a partir a un plano distante, fuera de mí, en donde todo es diferente y se mece interminable. De cuando en cuando, una garza solitaria me distrae con sus horribles graznidos o con su interminable búsqueda de peces en el agua. Todo parece tan monótono, tan predecible y carente de emociones, que me desilusiono de sobremanera y prefiero dirigirme  al patio a jugar a las escondidillas con los demás niños. Todos sonríen al verme llegar y comienzan a saltar de un lado a otro. Gustavo me grita: “Qué bueno que llegaste hermanito. Vamos a jugar todos juntos, por fin”. Y no logro comprender su despampanante alegría. Los mocos que inundan su nariz no me dejan pensar en otra cosa. Y sin darme cuenta uno de mis pies reposa en un círculo. Se escucha el “zapatito blanco, zapatito azul…” hasta que descubro que me ha tocado ser el niño que cuenta hasta diez, y  me convierto en el elegido que busca a los demás niños, a esos seres fugitivos, en un periplo de escondites y exploraciones sin límites.
Volteo la cabeza hacia la pared de la casa. Me tapo los ojos con ambas manos y me recargo sobre la pared. Lentamente comienzo a contar. Escucho las risillas, los pasos y los murmullos. “Uno… dos… tres…” digo en voz alta. Y al llegar a diez me volteo y empiezo a registrar los alrededores, sin hallar a simple vista rostro alguno. Exploro las inmediaciones del jardín, de la puerta trasera de la casa y vislumbro una silueta escondida tras una pequeña montaña de escombros. Me acerco con sigilo y voy descifrando con mis trémulos ojos, los rasgos físicos del niño que pretende disfrazarse con el entorno. Admiro la negritud de su piel, la oscuridad de sus profundas pupilas,  la serenidad con la que responde ante mi llegada. “Ya te encontré, Tavito. De está no te salvas”, exclamo triunfante. Y cuando nos dirigimos corriendo a la pared de la casa escuchamos un gemido. Un grito agonizante en otro dialecto.
Me detengo. Gustavo consigue llegar antes que yo a la pared de la casa. Su expresión refleja victoria, satisfacción. Pero yo no me siento abatido. Me detuve a propósito al oír el gemido zafio, el grito colosal. “Te gané, te gané”, expresa con vigor Gustavo. Dejo de prestarle atención, y al mirar el lago observo sorprendido un grupo de lanchitas que se reúne en la ribera. Gustavo me habla, se burla de mí, me presume su triunfo, mientras todos los demás niños, sorprendidos por mi actitud, se acercan como manada a tocar la pared y salvarse de mis garras y conjuras. Ellos ríen, patalean de alegría por su rotundo éxito. Les doy la espalda observando el ocaso, los rayos de luz que se impactan contra el agua, y la manera tan exquisita en la que se colorea el cielo: azul tristeza, azul melancolía, que se aprecia majestuoso y solemne, a la distancia.
            Corro, corro  como nunca antes he corrido. Gustavo me grita, chilla: “A dónde vas. Mamá se va a enojar mucho”. Y yo ignoro sus palabras y sigo corriendo. Los demás niños, hermanos y primos, me miran huir del lugar. Y por extraño que parezca, por sorprendente que pueda lucir, comienzan a vitorearme, a clamar mi nombre, a festejarme cual héroe que se lanza a una guerra de hombres fuertes y bandidos de pueblo. Corro. Y las casas de barro se aparecen a mis costados como una ilusión. Corro. Y las arboleadas se desdibujan con mi caminar. Corro. Y la iglesia se acrecienta con mi llegada, se agranda como si Dios estuviera adentro esperándome para darme la bendición; hasta que se hunde, se esconde cuando paso a su lado y me alejo de ella, dirigiéndome al lago, a los peligrosos terrenos que ahora son del Diablo. Corro. Y llego al malecón, al último bastión que nos protege de todo lo que se encuentra sumergido bajo el agua, bajo ese infierno acuático que deseo erradicar de la faz de la tierra.
            Me aproximo al faro con un cansancio insoportable. La fatiga me obliga a recostarme sobre el muelle, y busco con inverosímil esfuerzo recobrar las energías para encontrar la forma de marcharme hacia el centro de lago.
Cuando consigo recobrar fuerzas me asomo a las orillas del muelle y descubro un grupo de personas que se prepara para reunirse con los otros pescadores que se encuentran sumergidos por el miedo, en la enajenación y el delirio. Bajo las escaleras del muelle a escondidas y consigo escabullirme en la parte trasera de uno de sus escuálidos botes. Me cubro a mí mismo con una manta olorosa a pescado podrido y aquellos hombres flacos y hambrientos, zarpan alejándose de la orilla. Siento las ondulaciones que estremecen el bote que avanza.  Y nos dirigimos con prisa al punto preciso donde las pintorescas lanchitas, convergen. Alrededor del lugar donde nos encontramos se distingue el pueblo: sus casas de ladrillo asequible, la iglesia colonial, el faro desierto, huraño, que huele a pescado crudo y desperdicios. Las nauseas incrementan conforme aspiro el hedor de la manta que me cubre, y me asomo discreto buscando ver a mi tío liderar al grupo de hombres enclenques. La lanchita en la que me encuentro llega sin prisa con las demás que se tambalean, que se caen a pedazos por la suciedad y el descuido. Resiento el leve choque de los botes, y por el progresivo mareo que me inunda, los deseos de vomitar se incrementan de forma inconcebible. Asqueado, me tapo la boca tratando de guardar en mi garganta el chorro pastoso que pretende salir de mi boca como proyectil y me enrosco a mi mismo tratando de guardar silencio. Escucho las voces, el alboroto de ruidos y distingo entre la multitud la voz carrasposa de mi tío que consigue llamar la atención de todos. “Dicen en el pueblo de al lado que ya mataron a la bestia, pero Don Rigoberto y sus lancheros nos expresan que hace unos instantes la volvieron a ver”, ruge Eleodoro con potencia y celeridad. “Válgame Dios, es el infierno”, responde espantado un pescador. “Cálmense. Debemos mantenernos unidos. La bestia no es una sola, al parecer. Tenemos que acabar con todas las criaturas que se esconden en el lago. Es por la seguridad de nuestros peces, de nuestra comida y de todo lo que es nuestro”, exclama Eleodoro, buscando darle fuerza, motivación a sus semejantes, a aquellos hombres trabajadores que se hacen pis de pánico y pavor. “Hay que acabar con esas alimañas”, dice un hombre que se esconde tras su sombrero de paja. “Vamos por esos malditos seres del demonio”, replica con fuerza mi tío. Y con ovaciones, los hombres gritan, alzan la voz reconociéndolo, aplaudiéndole como si hubiera dicho el discurso político mas ducho de la historia.
Las embarcaciones vacilan sobre el agua. Tras las palabras de aliento, el silencio se apodera del lugar. El viento nocturno se eleva electrizante, y los rayos del sol se esconden entre la cordillera. La oscuridad arremete contra las lanchas y en la penumbra los ruidos inesperados surgen como cánticos gregorianos. Los hombres aguardan su destino, impacientes.
Los ruidos se transforman en gritos, en gemidos, o en algo que nunca antes habían escuchado ni Eleodoro, ni los demás hombres que se dedican al sutil arte de pescar. Todo permanece inerte, sin movimiento aparente, hasta que, después de unos instantes de escuchar únicamente el aleteo de los mosquitos,  los botes se mueven y un hombre brama, se alza diciendo: “ahí están los esbirros de Satanás. A por ellos”. Y las lanchas en estado de reposo comienzan a desplazarse, a bambolear. Se dirigen hacia las criaturas que escapan despavoridas, que huyen de los hombres que las persiguen de forma violenta atacándolas, tratando de golpearlas con palos y gritando conjuras de odio y desesperación.
Los monstruos se dispersan, huyen en diferentes direcciones perseguidos por las lanchas que los siguen sin descansar. Me asomo por un hueco y aprecio la silueta de la criatura en movimiento: es grande, imponente, de un tamaño sobrenatural que me causa un resquemor incomprensible. Es ahí cuando distingo una esquina rodeada por puestos comerciales cerca de la playa. El lirio se forma como una masa verdosa en la orilla. Y es a donde la criatura se abalanza tratando de salvarse de su destino. Al acercarse, comienza a enredarse con el lirio al igual que nosotros, pero la distancia se acorta y nos acercamos con lentitud. Sin perder más tiempo los hombres sacan sus palos y picos. Arremeten contra el animal que suelta un colosal bramido. Aprecio su silueta que se retuerce, enorme. La sangre fluye por el gigantesco cuerpo hasta acariciar el agua con la que se mezcla. Pretende defenderse y golpea la base del bote que se estremece. Por poco y la lancha se voltea, sin embargo otra arremetida de golpes obliga al animal a debilitarse, a perder  rápidamente sus fuerzas. Debido a todo el ajetreo, a la batalla entre hombres y bestia, mi estomago sufre las inclemencias del enfrentamiento y vomito tratando de no ser escuchado a pesar de haber lanzado un bramido terrible y haber ensuciado sin querer la parte trasera de la lancha. Los pescadores no escuchan  ni por error cuando regurgito. Sólo buscan inocular sus miedos agrediendo a la bestia que se desvanece, que muere poco a poco y se sepulta a sí misma en una tumba acuática cristalina. La miro a detalle tirado en el piso, y aún oculto bajo la manta olorosa, se me presenta como una enorme vaca grisácea e inmensa. La observo directamente, con curiosidad a los ojos, y esa cosa, ese animal desconocido me mira con su cara colosal y regordeta que emana dolor, que despide una especie de inexplicable tristeza. La diafanidad de mis pupilas se refleja en las suyas, y me veo revelado, descubierto al igual que un ser indefenso, en su mirada. Un desconsuelo me invade y al escuchar el crujir de la piel del animal con los picos y palos, me desconcierto y me levanto de mi sitio. Lloro, me hundo en lágrimas y me muevo hacia la esquina del bote. Pido a gritos que los hombres se detengan, que concluyan de una vez por todas con la barbarie. Se sorprenden al verme y me hacen rápidamente a un lado. Me empujan contra la otra esquina y por poco caigo al agua. Un charco de sangre se esparce, crece en el lago. Y el animal que antes luchaba por su vida con enjundia, deja de hacerlo y se desmorona, empieza a hundirse, enredándose más y más en el tormentoso lirio. Cae inerte, sin vida, sobre su propia sangre que lo baña y lo recubre en su totalidad.
En la oscuridad de la noche mis gemidos se extienden y los hombres se acercan para hablarme y preguntarme lo que hacía en su lancha, en esas circunstancias y a esa hora. Deseo estar con mamá, olvidarme de todo. Olvidar el rostro del animal sufriendo, implorando por vivir, por seguir respirando. No veo al tío Eleodoro por ninguna parte y quiero estar con él. Quiero que me abrace y que me diga que todo va a estar bien. Quiero jugar con mis hermanos a las canicas. Quiero molestar a Licha hasta que me acuse con mamá y me regañe. Quiero jugar con la tierra y hacer muñecos de lodo con la forma de soldados. Imaginar guerras en las que siempre resulto el  único y verdadero triunfador.


Ya no presto atención a nada. Los señores pescadores me hablan, me dicen cosas. No respondo a sus preguntas y sólo lloro, grito, pataleo. Los mocos escurren por mi nariz y pruebo el sabor salado, agridulce de la sustancia. Mis berridos retumban en la oscuridad. Otras lanchas se acercan triunfantes a la nuestra. Diviso las embarcaciones que se aproximan. Sus palos y picos ensangrentados me infunden temor, y sus caras sonrientes se difuminan con las lágrimas que brotan de mi cara hasta mis mejillas. Ríen, ríen una y otra vez como locuaces demonios. Y la maldad crece en sus cuerpos, brota de sus entrañas como lava desbordada, lava hirviendo. Me rodean como un cazador con su presa y trato de escapar, pero mis piernas desisten, no me responden por más que intento hacerlas reaccionar. Un ser maligno, flacucho, oloroso a tequila, se me acerca de frente y me carga. Soy llevado hasta sus largos brazos que me estrujan sonrientes. Las criaturas del diablo me envuelven, me rodean danzantes mientras disfrutan con canticos barbáricos, la masacre nocturna bajo el cielo estrellado. Lloriqueo asustado, volteando a ver con desdicha, el cuerpo inerte del dócil animal que yace solitario sobre un montón de verduscos lirios. 

sábado, junio 01, 2013

Autorretrato indómito.

I
Él (hombre) se percata que se le hace tarde para ir a la universidad cuando su vejiga lo despierta en la mañana. Un ardor, una turbación en la parte baja de su abdomen  le causa una molestia que lo obliga a abrir los ojos y ver por primera vez en el día, el techo blanco y las ligeras marcas de suciedad que lo adornan con sutileza.
Este día, en particular, siente un sabor repugnante en la boca. Las manos y los pies le duelen como si hubiese rascado la pared indefinidamente, deseando llegar por instinto o por inclinación, al otro lado de los muros de ladrillo de barro. Se destapa las cobijas de lana y se dirige con premura al baño. Toca la puerta. Nadie contesta. Pero está cerrada, así que decide bajar las escaleras de su hogar para conducirse hasta el otro baño, un poco más estrecho y ajustado aunque suficiente para hacer sus necesidades. Se baña después de orinar y al concluir se dispone a servir con vigor el desayuno: huevos, leche, un poco de jugo de naranja y un flan de vainilla. La casa yace en silencio. Llama a su padre, único habitante de la casa además de él, sin embargo, entre las paredes y muebles de terciopelo, ninguna voz resuena. No se sorprende. Supone que ha salido a realizar sus actividades, por lo que decide hacer lo mismo con un trajín empedernido e implacable. Se lava los dientes mientras escucha un jazz estridente en la radio. Busca con prontitud tras asearse, su mochila de algodón y sus libros y cuadernos de papel reciclado. Abre la puerta de su morada y el chillido tenue de las bisagras sin aceitar, se escucha. Cierra la puerta para dirigirse a su destino, a la vida, al encuentro con la experiencia y tras él sólo se aprecia, después del crash de la puerta de entrada, el final estrepitoso y brillante de un saxofón, una trompeta y un contrabajo resonando en la radio.

II
En las aulas de la universidad se aprecia el sonido difuminado de las voces de profesores y alumnos entablando diálogos sobre el conocimiento, la vida, la política y la sociedad. Murmullos espontáneos se pierden con el alboroto de los estudiantes. Sus pasos y alaridos entre los pasillos crujen. Y juegan, leen, descubren la juventud con locura y sin premeditación. Y caminan de un lado a otro por los salones. Discuten a Tocqueville y si la democracia es democracia en tanto y cuando… Y estornudan y alguien grita ¡Salud! Leen novelas históricas y ensayos críticos mientras compran comida, golosinas, en los puestos ambulantes. Él escucha atento las voces, volteando de lado a lado, observando con cautela el ir y venir interminable de la comunicación social y de la experiencia colectiva. Y se entusiasma, se halla así mismo feliz hasta que se cansa de la faena académica y desea regresar a su hogar para sosegarse. Y habla con sus amigos, compañeros y profesores. Se despide y camina. Y de su boca salen muchos “adioses”, inclusive cuando desea quedarse callado y desaparecer en el tumulto estruendoso del estudiantado.

III
Él arriba a su hogar cansado, atribulado por el difícil día escolar. Tras entrar en su casa escucha una melodía suave de John Coltrane. Se da cuenta que ha dejado encendida la radio y se dispone a apagarla. Alza la voz reiteradas veces buscando alguna respuesta de su padre, y no percibe sonido alguno más que el de sus propios pensamientos. La preocupación inunda su humanidad y empieza a hacer llamadas a familiares y amigos tratando de localizar a la persona que conoce como padre, en algún sitio ajeno conviviendo con las tías y tomando refresco de toronja y cacahuates enchilados. Sueños guajiros, esperanzas efímeras. Hasta que por sorpresa y desconcierto la realidad le da una bofetada en la cara y descubre consternado, que nadie ha sabido nade de su progenitor desde el día anterior.
            Se sienta preocupado, con tristura en su expresión facial, sobre el sillón aterciopelado. Admira como hipnotizado el zigzag intermitente de los peces de múltiples colores en la pecera de vidrio, y por impulso un hambre terrible inunda su humanidad atiborrándolo. Viaja hasta la cocina con celeridad y encuentra el refrigerador y la alacena vacíos, usurpados, despojados de sus diversos alimentos y chucherías. Se enfada. Un movimiento irascible en sus extremidades lo arrastra hasta la salida, y como magnetizado por su apetito se traslada por las calles cual bólido acelerado. El sol se empieza a poner. El manto grisáceo del cielo emprende un avance contundente hasta cubrir todo lo que sus tentáculos se dispongan a absorber. Una silueta descolorida se conduce hasta un bar de mala muerte que se atasca desbordándose de gente. La música retumba y se aprecia dilatada a la distancia.

IV
Se desplaza esquivando cualquier contacto extraño con los demás seres que anegan el bar y encuentra un asiento solitario en el mostrador. El cantinero lo mira desatento y le pregunta con una voz ronca, como de motociclista de carretera, qué es lo que va a ordenar. Él (hombre) pide carne, una jugosa y apetitosa carne; y una cerveza oscura, amarga para degustar el piscolabis de forma agradable. El sujeto obeso detrás del mostrador destapa la botella y se la entrega. Le pide que aguarde por la carne unos minutos mientras humedece y limpia con templanza la repisa de madera. Él voltea de un lado a otro sin reconocer rostro alguno. Un rock alborotador se atiende en la gramola. El barullo de hombres barbudos y señoras orondas y escandalosas crece y crece con la música: se desarrolla en armonía e inmejorable ambiente.
            Una tímida risa lo despierta, a él, que se encuentra aletargado sobre su puesto y desvía su mirada hacia el otro lado de la habitación. Una mujer de edad indefinida lo observa con lujuria, sonriente. En sus manos una cerveza brota como extensión de su cuerpo y la lleva hasta sus labios por donde el líquido entra como cascada. El cantinero deja caer el plato en la mesa y el olor de la carne cocida lo extasía a tal grado que la devora sin cubiertos. La coge con las manos y la mete en su boca. La mastica enaltecido y no es hasta que se la termina toda, que toma con brío la cerveza y la vierte en su garganta de un solo sorbo. Las personas al derredor observan extrañados el salvaje acto, y él, apenado, se encorva y pide algunas servilletas para limpiarse.
            La mujer, a pesar de la terrible salvajada del hombre, sonríe convencida de que conquistarlo es la intrépida tarea a realizar en esta oscura tarde. Busca impaciente poder acercarse y pedirle con delicadeza femenina que le invite un trago. Pero él, atrapado en sus emociones, no entiende las señales, los signos femeninos tan suaves y tenues que lanza aquella dama con la mirada. Sólo hasta que percibe las fragancias de su piel, los cautivadores aromas, voltea convencido. 
            Una mezcla de olores invade los sentidos del hombre. Se siente atraído por la belleza insólita de la mujer. Se levanta con viveza de su puesto y se sienta a su lado. Ambos se otean con deseo. Piden algunos tragos y entre sorbo y sorbo risas discretas se asoman irrumpiendo en la esquina solitaria en la que charlan. La embriaguez penetra en sus cuerpos y el deseo carnal acomete sus mentes. Demandan la cuenta y cuando pagan satisfactoriamente sus bebidas, él la invita a su casa a pasar la noche y descubrir en la negrura de su cuarto, la pasión y los anhelos del erotismo.

V
Arriban al lugar con tremenda borrachera. Él la recuesta en el sofá con elegancia mientras le da besos en el cuello. Ella poco responde a las caricias ajenas y de su figura nacen bostezos y suspiros de soñolencia. Se queda dormida. Él decepcionado, desiste de sus intentos por incentivar el afán de placer. La voltea a ver desilusionado y se aleja para contemplarla. Busca un rincón cómodo para reposar mientras se percibe únicamente en la casa, el fastidioso tic tac del reloj colgado en la pared. El mareo se presenta con leves molestias en la cabeza y el sabor en su paladar es amargo y seco. Se excita admirando la silueta de la mujer: la curvatura de sus caderas, la sensualidad de los pliegues en su piel, la perfección moldeada de sus pechos firmes, sus facciones finas y delicadas.
            La desea para sí, como si nunca antes en la vida hubiese deseado algo con tanta fuerza, con tanto vigor y desesperación. Sus manos se acercan a la mujer, aunque en momentos desiste. Lucha constantemente contra sus impulsos, contra sus tentaciones, pero siente perder la batalla. La acaricia con lentitud por la espalda y desea desvestirla para poseerla una y otra vez hasta que el cansancio lo obligue a desprenderse de esa exquisita carne, de la piel tersa y suculenta que anhela.
            Sus manos pierden el control y la toca, la toca sin cesar. Ella aún inmutada, borracha, deja escapar algunos suspiros aislados. El hombre, que sigue  luchando contra sus arrebatos choca contra la pared, y cuando su cabeza impacta el muro lo rasca sin razón aparente. Araña las paredes. Y sus delicadas manos se ensanchan, sus uñas crecen, se modifican y se transforman en garras. Los vellos de su cuerpo se extienden cubriéndolo y de repente un pelaje frondoso lo envuelve. Su mandíbula se agranda, se estira sin premeditación. Y sus ojos llenos de ira y hambre se dirigen a la mujer que aún pernocta en el sillón. Araña las paredes, las cortinas y los muebles con enjundia. De su boca un feroz gruñido retruena en la casa. La mujer se despierta asustada y cuando voltea se encuentra por sorpresa, con la inmensa cabeza de un animal de una pelambrera grisácea y moteada, como un felino del África gigantesco y hambriento, como una bestia con sed insaciable de carne y sangre.

VI
Él (animal) enloquece los sentidos de la mujer con sus tremendos rugidos. Ella grita despavorida hasta quedar atónita. Un fluido caliente escurre por su vestido. Sus piernas se congelan al instante. El animal permanece en el centro de la habitación rugiendo y cuando la mujer consigue reaccionar dándose cachetadas y pellizcándose las piernas, se revitaliza y decide embestir a la hembra que huye horrorizada. Como el animal bloquea la entrada, a la mujer no le queda de otra más que subir las escaleras de la casa y buscar protección, un mínimo de salvación en el segundo piso. Y en el momento en el que sube las escaleras localiza la puerta del baño y la intenta abrir. No lo consigue y grita, patalea, golpea la puerta con todas sus fuerzas. Percibe los pasos del animal subiendo las escaleras con cautela. La desesperación la invade y golpea la entrada del baño con furia e irritación. La puerta cede y cae al suelo impulsada por su propia fuerza. El animal peludo se aproxima y cuando su cabeza se asoma por el segundo piso, la mujer toca su rostro y siente la sangre que reviste su piel y que tapiza el baño. Un charco enorme se expande por todo el piso y en la esquina opuesta un montón de huesos reposan en silencio.

El pedazo de una corbata ensangrentada se distingue en el bote de basura, y un celular vibra sobre el retrete. La mujer queda impactada con lo que observa y antes de que pueda reaccionar, decir palabra alguna, siente los afilados dientes del animal sobre su cuello. El animal encesta su mordida y la levanta por el pescuezo. Sus fauces destrozan su garganta y ella balbucea, pretende articular palabras mientras su sangre empapa el piso tornándolo más rojo y viscoso. El animal la arrastra hasta la esquina y deliberadamente se la engulle, la despedaza empezando por sus partes blandas; rompiendo, resquebrajando con coraje sus suaves órganos. Sólo se oyen los crujidos terribles de sus mandíbulas al masticar y cuando concluye, después de roer uno que otro hueso o costilla, el sueño lo posee y sale del baño para dirigirse con toda tranquilidad y placidez a su habitación. Se monta en su cama esperando dormir tranquilo. Ronronea, da vueltas en el colchón. Consigue acomodarse boca abajo y sus amarillentos ojos son sellados en la modorra. Empieza a fantasear dormido. Vislumbra lugares remotos y adyacentes: bares, desiertos, palacios, la universidad, sus pasillos y andurriales, lugares donde los animales indómitos, los seres irracionales, están vedados por antonomasia de todo contacto permisible con los hombres.