No conozco a mi madre, mujer esquiva, de
sonrisa leve e ingrávida que desprende unos labios rojizos, y que a lo largo de
mi vida se ha convertido en un mito familiar, en una intriga que me carcome el
alma y corroe el corazón. Los únicos rastros que puedo seguir de su figura
furtiva que se desvanece al pasar los años, son las fotografías pálidas y
amarillentas donde aparece ella, timorata, tímida y un tanto seria; y un yo, un
Alan Santos diminuto y desprotegido, cubierto por toallas y sabanas de algodón
que lo resguardan de las adversidades de su entorno, de aquella realidad que
desconoce e ignora. El tacto de mi madre, su fragancia de mujer, sus manos
suaves y su sonrisa ligera forman parte del pasado, de un pretérito misterioso
y escurridizo que soy incapaz de evocar por más que intente, por más que trate
de recordar su voz, su rostro, y la relación tan enigmática que sostenía con mi
padre, hombre serio y osco que se ha limitado a decirme que mi madre, Gabriela Santos, se perdió en algún
lugar del sur de Estados Unidos.
Casi siempre la recuerdo, la mitifico,
la convierto en algo que no es, como justificación de mi existencia, como un
modo de pretender otorgarle un sentido a mi vida. Su apellido, mi apellido, el
nombre antroponímico que nos une lo empleo con recurrencia a modo de
estandarte, como una manera sensata de traerla a mi presente, al hoy de mi
vida. Y así Alan Santos se llena de vida, se construye y se alza a sí mismo
para remembrar una figura desconocida que quizás nunca existió.
Sin embargo, pese a su presencia
fantasmagórica en mi realidad, ella no se me presenta como una obsesión
periódica que me desgaste y succione todas mis fuerzas. Suele aparecer por mi
cabeza cuando el clima se torna cálido y húmedo, con lluvias constantes y
cielos encapotados que chisporrotean de vez en vez, y cuando el sol quema con
enjundia lastimando con sus rayos cerosos a los hombres y mujeres de cachetes
rosados. Y en especial, se coloca en el centro de mis pensamientos cuando el 10
de Mayo se acerca. Y me entristezco, la nostalgia arremete contra mis
sentimientos desparpajándolos, fracturándolos hasta volverlos confusos, heterogéneos
e irritables, forzándolos a explotar dentro de mí; obligándome a arrinconarme a
la soledad y el desencanto, a la depresión y la amargura; al desconcierto de
miles de vocecillas que gritan furibundas en mi cabeza.
Quizás, una de las razones más
significativas para que mis reacciones sean como son, surge como la
consecuencia de una situación que me ocurrió cuando era un churumbel juguetón,
hiperactivo y con un desborde de energías terrible que ocasionaba los enfados de
profesores bigotudos y profesoras de anchas caderas que me señalaban con el
dedo de forma imperativa. Lo recuerdo, al hacer memoria, al despertar en mí
sensaciones que muchas veces prefiero dejar en el olvido por el dolor tan
constante a recordar.
Mayo 2000. El final de la puericia de
Alejandro.
Suaves rayos de sol rompen el alba. Los automóviles
se mueven de un lado a otro con gran velocidad. Una escuela primaria se llena
de bullicio, de gente impaciente por la convivencia entre padres e hijos en un
día tan especial para las familias mexicanas. Los niños corren en tropel a la búsqueda
de sus seres queridos, para agasajarse de mimos maternales y de juegos esporádicos
que emanan de los brazos de sus progenitores. Los alzan por encima de sus
cabezas, los abrazan, y los niños ríen y sonríen sin parar. El día de la madre
se celebra a canticos, bailables y comida, mucha comida que se desborda sobre
las mesitas de madera con patas chuecas y destartaladas. Los niños cantan,
celebran y hablan de la belleza materna, aunque la mayoría de las veces no sean
capaces de comprender el significado de lo que por sus bocas sale y fluye como
cascada sonora. Un grupo de chiquillos se dispone a iniciar con un baile, un baile destinado a
honrar aquel día. Un baile que se había preparado desde meses atrás y que después
de practicar con constancia y esmero debía alegrar a las madres de todos esos párvulos
diminutos.
De entre la aglomeración de niños,
Alejandro sobresale con entusiasmo. Le gusta bailar, moverse de un lado a otro
con fogosidad pretendiendo llamar la atención de su padre que de seguro lo
observará deslizarse por el patio con donosura y festividad. Los niños se
empujan de un lado a otro, se impacientan. Desean cuanto antes empezar con el
baile para recibir los aplausos de toda la gente a su derredor. Hasta que, poco
antes de que el baile de los mocosos disfrazados de mariposas y flores concluya,
Alejandro es impulsado por el bullicio de los demás niños hasta chocar con un
compañero desconocido. El pequeño se molesta y lo empuja. “Qué te pasa, tonto”
replica el niño. “Me empujaron sin querer” replica Alejandro. Pero el niño no
se cree lo que le dice, piensa que son mentiras ideadas para confundirlo y
salirse con la suya cual ladrón de supermercado. “No te creo nada, te voy acusar con la maestra para que te castigue y
no te deje bailar” contestó el churumbel con su vocecilla rumiante. Alejandro
se impacientó, temió las graves consecuencias de las acusaciones del otro niño.
Comenzó a sudar, lentamente, y sus manos temblaron de manera fortuita. “No le
digas nada, me encanta bailar y no quiero ir a la dirección” repuso Alejandro
con voz intranquila. “Para que bailas, si no tienes mamá”, dijo el niño, sin
entender, sin comprender el corolario de sus palabras.
Termina el otro baile, y el presentador
nombra al grupito de Alejandro. Los niños se mueven con vehemencia a sus
posiciones. Y empiezan a bailar. Alejandro se zarandea siguiendo los
movimientos de sus compañeros, sus oscilaciones vacilantes, pero su meneo es autómata,
como de robot mal aceitado. Su mente se encuentra en un lugar diferente, y se
siente despertar. Nunca se había preguntado la razón por la que los demás niños
eran capaces de disfrutar del cariño materno, y él no. El mundo le cayó encima,
y lo recibió de forma desprovista hasta que lo aplastó con desprecio. “Para que
bailas, si no tienes mamá” resonó por todos los
rincones de su cabeza, jugó con sus pensamientos, y al finalizar el
baile una apabullante ovación lo regresó al mundo. No obstante ya no era el
mismo. Las interrogantes de su existencia acaecieron sobre sus hombros, y la
vida jamás volvió a significar lo que había significado. “Lo hicieron muy bien
niños, dense un fuerte aplauso” dijo la profesora de ojos cenizos, “sus madres
deben de estar orgullosas”. Los niños aplaudieron y rieron sin cesar.
Alejandro, de entre todos, fue el único niño que no aplaudió. “Por qué no
aplaudes, Alejandro” preguntó la profesora extrañada. “… si no tienes mamá”
pensó Alejandro ignorando la interrogante de la señora de ojos cenizos que lo miraba sorprendida. No
contestó y se dispuso a buscar a su padre que se escondía entre el tumulto de
personas exóticas que se desternillaban con brío y pujanza.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario