El niño del vagón había leído a
Sada. La verdad es que muy pocos humanos en este planeta, país, ciudad,
transporte público, conocen a ese escritor. Y el infante de cachetes rosados y
pantalón corto lo descubrió no por el placer de una lectura amena y
enriquecedora, si no por una necesidad inmediata que podría sacarlo de los
aprietos de la vida indigente: saber leer, o más específicamente, saber leer
los nombres de las estaciones del metro.
Lo conocí en uno de tantos viajes subterráneos en la
ciudad de México. No recuerdo el año, ni el día. Pero si recuerdo las
circunstancias usuales –y no tan usuales, en realidad– bajo las que su vida
chocó con la mía, de la misma forma en la que mi vida había chocado con la de
mi mejor amigo, el compañero de la clase de al lado en la universidad, o el
transeúnte solitario con el que te cruzas por accidente en la calle: gracias al
azar.
Por esas fechas asistí a una de tantas ferias internacionales.
Creo que era de cine, o de pintura, o de libros. Sinceramente no soy capaz de
evocarlo con exactitud. Pero algo era cierto. Venía de regreso de aquel
prodigioso evento repleto de artistas de renombre, que una sensación de asombro
inundó mi ser a tal grado que al comenzar a descender por las escaleras de
concreto en la estación J de la Línea C, y recordar lo ocurrido, comencé a
sudar. Limpié mi frente con un pañuelo desechable. Lo guardé en el bolsillo del
pantalón y seguí caminando. En un principio no le presté importancia al paisaje
a mi derredor. Mi atención estaba enfocada por completo en el libro que tenía
en mis manos. Leía el tomo I de El hombre
sin atributos de Robert Musil. Por una extraña razón sentí que todo en ese
libro estaba podrido. Y experimenté una sensación similar, como si yo mismo me
estuviese pudriendo al transitar por un derrotero que se alargaba sin un fin
aparente. Tras varios minutos de andar, mi atención en la lectura de Musil se
vio interrumpida. Un leve cansancio atacó mis piernas. Me detuve y observé el
sendero que se extendía frente a mí. Olía a desechos humanos y alimentos en mal
estado. Al poco tiempo me percaté de los seres andrajosos de miradas tristes
que me oteaban desde sus rincones obscuros. Me desconcerté al descubrir ese
panorama tan poco habitual. No conocía ese camino ni los señalamientos que
indicaban rutas inexistentes o que no expresaban nada con claridad. Eran
garabatos sin sentido, como hechos por párvulos misteriosos.
Una señora anciana, de profundas arrugas en las que se
dibujaban, desde cierta perspectiva y con cierta luz, figuras geométricas, se
me acercó a venderme objetos sin valor. Negué con la cabeza. Ella insistió. Le
pregunté por el lugar en el que nos encontrábamos. Me contestó que me daría una
respuesta si le compraba algo. No me quedaba de otra y acepté. Me vendió un
yoyo sin pilas que brillaba en la oscuridad. Le pregunté de nuevo por el lugar
donde nos encontrábamos. Estás en el transbordo de J, el transbordo más largo
de todos. La gente que ves ahí, tirada en el piso, es gente que viaja y que
lleva horas, días, semanas tratando de salir o de entrar. Está rete difícil encontrar
la salida, joven. Algunos olvidan sus compromisos en el exterior, olvidan a sus
familias y se quedan a vivir aquí. A veces no hay de otra. Construyen sus casas
con cartones y ropa, y piden limosna. Los más afortunados como yo se dedican a
vender lo que pueden, joven, pero a veces no da lo suficiente para vivir. Los
más miserables mueren sin un entierro digno y el personal de limpieza del metro
se encarga de recoger sus cuerpos y tirarlos en vaya a saber Dios dónde, me
dijo con una expresión de aflicción en el rostro. No supe que responder. Nunca
en mi vida había visto ese transbordo infernal. Desconocía su existencia hasta
ese momento. Me petrifiqué por unos instantes. Al poco tiempo le pregunté a la
anciana si faltaba mucho para llegar a la estación. Me dijo que faltaban meses,
quizás, para llegar al otro lado. Que la verdad no lo sabía, nunca había visto
el otro lado. Notó el desánimo creciente en mi rostro y me respondió con una
voz como de madre preocupada: si tienes dinero puedes tomar un taxi subterráneo
que te lleve al otro lado. Son caros y sólo unos pocos lo pueden costear. Hay
un sitio a unos cien metros.
Le agradecí por la información y me lancé corriendo al
sitio. El olor de las inmundicias y los cuerpos mugrientos era pesado y apenas
dejaba respirar. Cuando arribé al lugar un hombre de bigotes ralos me detuvo.
Tienes dinero para pagar el viaje, me dijo. Sí, sí tengo dinero, respondí. Su
rostro se iluminó con rapidez y sus manos arrancaron de mis manos el dinero que
mostré con timidez. El viaje, en efecto, era caro. Por suerte llevaba lo
suficiente. Me subí al diminuto taxi y emprendimos el viaje. Tardamos días en
llegar al otro lado. El hombre de bigotes ralos me contó de forma repetitiva su
vida hasta el cansancio. Al llegar a la estación tenía hambre y sed. Había
terminado de leer mi libro y me sentía impaciente e igual de podrido como en un
principio. Comencé a olvidar algunas cosas del exterior, como la sensación del
viento y el sol. Compré algo de comida con el poco dinero que me quedaba, me
despedí del taxista y esperé.
El tren anaranjado
arribó a la estación varias horas después. Dos personas habían muerto por inanición del otro
lado de las vías. En el interior de los vagones la gente se
desbordaba y caía, saliendo hasta por las ventanas como cascada chocando con un
acantilado. Me hice un pequeño espacio y entré. Apestaba a sudor y el aire era
rancio e infecto. Vislumbré en la cercanía de mi posición al niño solitario de
cachetes rosados que me miraba. Llevaba en sus manos y como protegiéndolo de
los empujones y pisotones de los demás pasajeros, un libro de Sada titulado El lenguaje del juego. Aquello me
pareció un hecho curioso. El niño, como pudo, se me acercó y me preguntó por mi
libro. Le había generado una curiosidad pueril de lo más noble. Le dije el
nombre y de que trataba. Le pregunté por el suyo. Le dije que se me hacía algo
extraño que un niño tan pequeño leyese un libro como ese. Me dijo que su madre
se lo había heredado. Que con él había aprendido a leer y a escribir. Nací en
el tren, me dijo, mamá llevaba varios años viviendo entre los vagones y ese
libro era lo único que le quedaba además de mí. Quedé estupefacto con sus
palabras. Un día se enfermó y murió, agregó, y unos tipos de salubridad se
llevaron su cuerpo a otra parte. Mamá me dijo que a las afueras de la estación
H, de la línea D, viven unos familiares. Por eso me enseñó a leer y a escribir,
para que supiera los nombres de las estaciones. Espero algún día llegar a ese
lugar, dijo finalmente.
Platicamos
durante días. Me contó que soñaba con Valente Montaño y su familia,
protagonistas del libro que poseía. Quería comer pizza, quería tener su propia
pizzería y cruzar la frontera de México dieciocho veces también. Después de ese
periplo agotador, por fortuna, arribé a mi estación. Y la gente salió del vagón en
estampida. Le regalé poco antes de despedirme mi libro junto con algunos
caramelos que aún conservaba y el yoyo sin pilas. Y le deseé mucha suerte en su
viaje inacabado. El tren partió y lo vi alejarse a la distancia, como un
espejismo desértico o un sueño imposible. Me sentí solo, más solo que nunca. Olvidé
las razones por las que había emprendido aquel peregrinaje. No recordaba con lucidez
ni mi hogar ni a mi familia. Nada estaba claro. Padecí de nuevo hambre y sed. Me
recosté en la pared de la estación por unos instantes y cerré los ojos. Me
sentí, al recordar todo lo ocurrido, más podrido que nunca.
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