Una garza blanca en el lago de Chapala. ¿En qué piensa? ¿En su inminente final? ¿En la tristeza de un lago que se encoge día tras día como consecuencia del perpetuo descuido humano, de la ignorancia y la sobreexplotación? ¿Pensará a caso en la tragedia del manatí que asoló la región hace ya varios años? O pensará, como yo lo hago, en la previsible y prematura muerte de la vida, en el final fugaz de la vida convertida con velocidad maquinal en un nuevo principio, una nueva tragedia griega, la catástrofe de la humanidad. Es muy probable que aquella garza no piense en eso, y si lo piensa, si por su diminuta cabeza llega a resonar esta idea, lo pensará de una manera magnifica y dispar, porque las garzas no son como nosotros, son como los poetas, vuelan libres, ondean sus alas interminables explicando la vida desde la vida misma, como un verso, un poema de Storni, un canto triste que palpita:
¡Adiós para siempre mis dulzuras todas!
¡Adiós mi alegría llena de bondad!
¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas,
las cosas celestes que no vuelven más!
Y hay que comprar una congelada de vainilla en el malecón.

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