Hace no mucho tiempo, entre las calles
resecas, los arboles de tronco grisáceo que se extienden por encima de edificios
rojizos de ladrillo de arcilla, y banquetas y mesas de concreto, me encontré, sentado
mientras leía poemas de Neruda, a un individuo peculiar que no había visto
desde hacía ya muchos ayeres, y que mi memoria había traído al presente con
diligencia. Me descubrió arrellanado en un asiento plomizo que emerge de una
estructura de piedra volcánica, la cual frecuento algunas veces a la semana
para leer sin el molesto ruido que emana de mi casa, o de las estrepitosas
voces de vendedores ambulantes, conductores y transeúntes del centro de la
ciudad, mi universidad, o cualquier otro lugar público en donde no consiga
concentrarme en mis libros y mis pensamientos.
Yo lo observé acercándose con
naturalidad, con una mirada cansada y derrotada, pero con una sonrisa
amarillenta, una enorme línea ascendente que se dibujaba en su rostro y que se
me presentaba como una gigantesca mascara que pretendía ocultar las desgracias
y tristezas de una vida infeliz. Los ojos jamás mienten, los ojos no nos pueden
engañar, son el tragaluz de nuestra verdadera esencia, la claraboya diáfana de
nuestra sinceridad, y pretender mentirle a tan hermosa abertura facial es
embaucar al alma con imbecilidad.
Cuando era inminente nuestro encuentro,
cerré mi libro. Y mi lectura de “Ebrio de trementina y largos besos” quedó
inconclusa, y en su lugar un saludo ameno, cálido y vulgar atronó en el lugar.
Y el “qué pedo güey”, “cómo estás güey”, brotó de su boca y de mi boca de
manera fútil. Un saludo, un estrechón de manos, un cigarro prendido que
intercambiábamos de vez en vez, una conversación nimia sobre eventos deportivos
de relevancia coyuntural; el imaginar el destino de nuestros amigos y
compañeros en común, de los cuales no teníamos noticia alguna, más que la que
salía a relucir gracias a las redes sociales. Intrascendencias e
insignificancias que nos mantenían, pese a los años sin vernos, de forma
extraña y desconocida, yuxtapuestos por
experiencias similares.
¿Qué tanto había cambiado yo desde la
última vez que lo vi? ¿Qué tanto había cambiado él desde que habíamos convivido
entre cervezas, cigarrillos y canciones populares? Un exorbitante universo
repleto de galaxias, nebulosas y constelaciones nos separaban. No sólo por el
destino tan diferente que habíamos escogido, sino por el cosmos cognitivo, los
pensamientos y disertaciones que sobrevolaban nuestras cabezas. La Universidad
me había abierto un sinfín de puertas, de entradas y salidas de reflexiones e
ideas, de experiencias que me han convertido en un hombre un poco menos
ignorante cada día. Sin embargo él, atado a disfrutar las experiencias
pasajeras, las borracheras y jolgorios imberbes que lo alejaban del desconsuelo
de su realidad, había preferido renunciar a sus estudios y gozar de las
destrezas de la vida nocturna y de los amigos y conocidos de tragos.
No
lo culpo. He de admitir que en alguna etapa de mi existencia, ese tipo de vida
me guiñó un ojo, me habló al oído, y trató de seducirme con su frenesí, con su
insania y sus locuras abultadas y exorbitantes. La locura se vislumbra como la
peor de las enfermedades, el padecimiento
más terrible para los hombres sensatos, porque es en extremo patógena, pestilente,
peligrosa al igual que un campo minado, un automóvil desenfrenado en la
carretera, en donde el único resultado posible, la única salida legítima, es la
soledad y la muerte.
Quiero
creer que el futuro de mi amigo se otea más prometedor, más esperanzador. Y
deseo desde el fondo de mi alma, que no termine como otros, como los que se
encuentran allá lejos, en la injuria de una subsistencia cruel y despiadada,
producto quizás, de los errores cometidos en el pasado, de lo blandengue y pusilánime
de sus actos ante una sociedad que discrimina a diestra y siniestra, a los que
se ennoblecen con la desemejanza de sus ideas y de sus actos.
Nos
despedimos con júbilo, con un abrazo sincero. Y entre los callejones olorosos a
tierra húmeda y asfalto, lo vi desaparecer en una esquina, quizás para siempre.
No pensé más en ello; y mi cabeza reverberó palabras que hicieron eco: Voy, duro de pasiones, montado en mi ola única,
/ lunar, solar, ardiente y frio, repentino, /dormido en la garganta de las
afortunadas/ islas blancas y dulces como caderas frescas…
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