sábado, agosto 24, 2013

Conocido por conocer.

Sí, lo conozco, lo veo al otro lado de aquella superficie lisa en la que incurre la luz, en la que cae resplandeciente reflejando todo a su paso, y que descansa con tranquilidad en uno de los cuartos minúsculos de la casa. Lo veo y me sorprendo. Que feo está, que maravilloso está, que joven está aún, pese a que algunas arrugas se le comienzan a dibujar por encima de los labios y el cabello se le cae con premura de la cabeza, diciendo adiós mientras titila en el aire, despidiéndose para siempre y por siempre al estrellarse en el suelo. Cómo has cambiado, amigo mío: ahora eres más valiente, te adentras en lo desconocido con ahínco, aunque a veces lloras y te sientes desprotegido al toparte con el muro infinito de los errores y la ignorancia. Ahora sufres menos, al encontrarte con la belleza y la desgracia de palidecer ante un ser esbelto y joven, que te susurra, que te llama con la mirada, y que al final desaparece sin dejar rastro alguno. La mujer invisible, como tu madre, huye, vuela libre con las garzas que circundan un lago mexicano, uno de tantos, o de ninguno porque ya no quedan, están muertos. Aún eres un enamorado indeciso, apasionado, alguien que ama con locura y que enloquece con el amor, que llora con él, que lo invita a cenar a una parrilla argentina que de argentina no tiene nada, o lo tiene todo, todo en absoluto. Ríes con una película de Buñuel, con el exagerado surrealismo de Buñuel, con la actuación de Pinal, de Cobo y Rabal, que te alegra y te hace llorar al mismo tiempo. Fernando de Fuentes, Arturo Ripstein como una fotografía, estática y brillante. Y de repente Coppola y Brando, Wells y el Ciudadano Kane, Curtiz y Bogart. Un grito espantoso en la oscuridad, Hitchcok y Bergman. Eres un soñador, un hombre de ideales, un escritor o intento eternamente vulgar de escritor, un aspirante a escribidor que disfruta de la música de la ciudad, del rap y el r&b, del jazz y el blues y el góspel. Se ve en tu mirada, en la sutileza de tu mirada ingenua que lees a Bolaño, a Onetti, a Cabrera Infante, a Steinback y Flaubert. Que le has perdido afecto aunque no respeto a los que te deslumbraron, a los que durmieron contigo bajo una sábana de algodón, y se despertaron en mitad de la noche para proseguir una lectura interesantísima sobre la magia y la tristeza, la fútil tristeza del pueblo latinoamericano. García Márquez, Fuentes y Llosa. ¿Y por qué fútil? Te preguntas. Porque a nadie le importa, te respondes.
Sonríes al mirarte, al ver al hijo de clase media que compra libros en Donceles, que disfruta de una buena platica en cualquier banca inmunda, olorosa a orines, que se ve alterada por el aroma del tabaco que sale de tu mano y que asciende al cielo hasta perderse sin remedio. Sigues con una mueca agradable en el rostro, una mueca perpetua, bajo la cual subyace la alegría y la tristeza, un mundo de aventuras y desgracias inconmensurables que sólo conoces tú y unos cuantos: la humanidad. Te conozco, te he visto caminando por los andurriales de una universidad, por los pasillos de un cine, en la calle o en un parque jugando futbol, aunque sepas que el futbol no es ni será nunca tu fuerte. No pretendes que lo sea, lo que importa es que vives esa pasión, la sensación de adrenalina y Beckenbauer, Cruyff, Cantoná y todos los jugadores circulan por tu cabeza, inundan tus pies.
Estás vivo amigo, estás vivo. Todavía vives porque sueñas, todavía respiras porque piensas, todavía luchas incansablemente porque el conflicto persiste en la vida del hombre, y eres un hombre, imbécil, retrasado, prepotente. Eres un sobreviviente, un interminable conocido por conocer. Hasta que decides apartarte de la superficie lisa porque mi presencia te ha aburrido, porque el mirarme se te hace cansado e inútil. Porque soy tan parecido y diferente a ti y eso te molesta, te hace rabiar, y comienzas a odiarme. Me despido de ti con la mano alzada, una mano ondeante que clama tu nombre en silencio, una mano que dice adiós aunque sabe que es únicamente un breve hasta pronto.

Y la vida, eso que llamamos de esa manera tan rara, sigue fluyendo como un derrotero. 

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