Mamá
no me ha dejado ir hoy a la escuela. Dice que me necesita en la casa para que
haga algo de provecho como ayudarla a moler los chiles, cuidar de mis hermanos
más pequeños y ayudar en las labores cotidianas de la casa. Prefiere que me
quede a su lado como hijo servicial y obsequioso en lugar de estar perdiendo el
tiempo entre libros aburridos y profesores incompetentes que no saben nada. Presiento,
como una sensación temblorosa en mi abdomen, que no tardarán en sacarme de la
primaria. Vi a mamá platicando con mi tío al respecto. Dicen que somos demasiado pobres. Dicen que no tenemos el dinero suficiente para que
mis hermanos y yo sigamos ilusionándonos con las despampanantes historias que nos
cuentan los maestros sobre las bondades del conocimiento y sobre el futuro que
nos espera si seguimos educándonos. Mamá siempre señala que lo que ellos
manifiestan son embustes inventados para engatusarnos. Que al fin y al cabo
nosotros los de la riba, los pintorescos pobladores de las orillas del lago,
nacimos, crecemos y morimos para ser pescadores o trabajar la tierra.
Mientras
ella peina a mi hermana Licha con una sutileza de matrona de ribazo, me cuenta
las historias tradicionales del pueblo, de las celebraciones más antiguas y
folclóricas que hasta las ancianas octogenarias disfrutan como churumbeles
recién llevados al circo ambulante. Me habla de la Fiesta del Carnaval. Celebración
ancestral donde la mayoría de mis tíos y primos terminan bailando alegremente
en las calles con cumbias y jarabes populares, totalmente emborrachados de
tequila y cerveza. O también de las míticas historias de la procesión al cerro
durante la semana santa, o de las fiestas patronales en honor a San Francisco
de Asís que convierten las calles en un mar de gente casi tan grande y con
tanta vida como el lago mismo.
A veces mamá da miedo. Se la pasa
quejándose y reclamando por todo. Gritándoles a mis tíos por su holgazanería y
la falta de comida. A mis primas porque se la pasan jugueteando como revoltosas
infantas cuando deberían atender los
asuntos indispensables del hogar y preparar a tiempo y con premura, las
tortillitas para el almuerzo. Constantemente me voltea a ver con tristeza
mientras le ayudo a adecentar la casa; y me toca la cabeza retozando de vez en
vez, con mi cabello. Me dice: “Tu padre y yo esperábamos grandes cosas de ti, hijo.
Queríamos que te fueras a estudiar pa’ Guadalajara, que fueras un importante
abogado y que nos sacaras de pobres pescadores. Cuando menos a tus hermanitos y
a mí. Lástima que la cosa cada vez sea más difícil y enfrentarse al día a día
sea cada vez más arduo y complicado. Qué le vamos a hacer. Así nos tocó vivir.
Pero como tu abuelo Everardo que en paz descanse decía: ‘Felices y borrachos
gente, que a fin de cuentas jodidos nacimos y jodidos nos vamos a morir’.”
Durante los preparativos para la
comida mi tío Eleodoro arriba a la casa con una cara de susto, de angustia, como
si el Diablo mismo se hubiera llevado su alma y sólo hubiera dejado un cascarón
semivacío, oloroso a bagre y alcohol. “Lo hemos visto, Marta”, asevera con una
mirada perdida hacia un punto distante en el horizonte. “Viene por nosotros”, concluye,
antes de dirigirse a su cuarto y perderse en un sueño del que no planea
regresar, sino hasta el día siguiente. Mi madre, mis hermanos y los demás
miembros de la familia, todos sentados a la mesa con una cara de asombro y de
perplejidad, no conocen la forma adecuada de reaccionar ante la actitud misteriosa
y antinatural de Eleodoro –conocido en la estirpe como el hombre más achispado
y parrandero que jamás ha pisado los territorios del pueblo.
Aquella actitud me pasma y con la
curiosidad que me posee de toda la vida, trato de acercarme al enigmático
cuarto de mi tío y preguntarle con exactitud qué es lo que había pasado. “Viene
por nosotros”, son las palabras que, como un eco latente circulan por mi cabeza
buscando una respuesta concreta. ¿Qué o quién viene por nosotros? ¿Qué es
aquello que le causa tanto pavor a mi tío como para obligarlo a exilarse en la
soledad de su recamara? “Viene por nosotros”, retumba en mi mente mientras me
acerco a hurtadillas a la habitación. “Viene por nosotros”, escucho como si me
olvidara de este mundo y me dirigiera a ese plano en donde el temor y el
sobresalto son los monarcas absolutos de un reino olvidado. Hasta que por fin,
como un cubetazo de agua del lago, o como el pinchazo de un cangrejo redondo,
despierto de ese estado suspendido en el tiempo y soy obligado a regresar a la lastimera
realidad de la cual quise desprenderme para siempre. Mi madre me jala del
cabello y me obliga a regresar a la mesa para terminar mis alimentos. “Deja en
paz a tu tío, chamaco revoltoso”, es lo que me dice con un puñado de comida en
la boca. “No ves que anda de malas y no
quiere hablar con nadie”, sigue
replicando mientras unta una tortilla con frijoles. Yo la veo con una tristeza
infinita, con un desconsuelo terrible, con el recóndito deseo de conocer la verdad,
de desentrañar el alma de mi tío hasta descubrir ese miedo tan profundo. Ese
insondable y abismal miedo que lo corroe, que “viene por nosotros”.
Mamá nos obliga a irnos a la cama
temprano. Pienso que desea hablar a solas con el tío Eleodoro sobre lo sucedido,
y guardarse únicamente para ella y para la luna que se alza redonda como una
moneda de peso, la íntima historia que todos desconocen.
Busco
dormir. Me revuelco de un lado a otro sobre el piso golpeando sin querer a
alguno de mis hermanos. ¡Ay! Escucho entre las sombras. “Eres un tonto, me
pegaste en la cabeza”, replica mi hermano Gustavo. Y lo único que me queda es
disculparme con él por ser tan desesperado, por no poder conciliar el sueño y
dar vueltas de un lado a otro con la delicada manta que apenas me cubre del
frio.
Escucho
voces en la noche que me hablan, que gritan mi nombre y me pregunto exaltado si mis hermanos
ignoran o pretenden ignorar, el tremendo escándalo de gruñidos que se extiende
por la casa. ¿Serán capaces de sentir la
turbación insólita que mi cuerpo experimenta al destapar la mirada de las
cobijas y apreciar el mundo tan diferente que se forma en la noche?
De pronto, como una sensación prematura, un
chorro líquido se eleva por mi organismo. Mis pies se humedecen, y mi ropa
comienza a empaparse con un fluido caliente que me invade, que irrumpe todo el
cuarto que comienza a inundarse. Y sin darme cuenta me hallo a mi mismo
flotando sobre la habitación, sobre la casa, sobre el patio trasero que se ha
convertido en una extensión del lago; sobre las casas de los vecinos que se
hunden en el olvido, sobre el pueblo entero que pasa a formar parte del lago
iracundo que crece y crece. Una dilatación que absorbe todo a su paso con un
cólera inigualable, donde los charales nadan libres entre las calles y puestos
comerciales que yacen en lo profundo.
Floto sobre el agua, liviano, hasta que la ira
desenfrenada del agua me azota de un lado a otro. Me hundo en un remolino irascible.
Y mi respiración se corta junto con mi cuerpo que se sepulta en una tumba
acuática. Para que por fin, después de la tragedia, mi alma vuele libre con las
garzas que se alzan sobre el cielo.
Despierto. Abro los ojos y veo a mis hermanos regañando a Licha que
llora descontrolada. Reclaman el hecho de que en la noche, mientras todos
pernoctaban, ella se había orinado y el inmenso charco que yace en el centro
del dormitorio había bañado con sus turbias aguas a todos los demás. Mamá llega
para calmar los ánimos y nos obliga a mí
y a Gustavo a limpiar el piso y las cobijas
que mi hermana ha ensuciado. Ella solloza asustada en un rincón, mientras
mamá la prepara para bañarla y eliminar la suciedad, los orines olorosos que se
han pegado irremediablemente a su delicado cuerpecito.
Trapeo
el piso sin descansar, absorto, alelado. Los deseos de saber la verdad me
carcomen por dentro y sólo escucho distante el sonido del agua que lava a mi
hermana, que la libra de las impurezas del mundo. Finalizo de asear la
habitación que queda pulcra y deslumbrante, y me dirijo junto con mi hermano al
comedor donde los demás, impacientes, nos esperan a la mesa para desayunar.
Me acerco a mi madre que se mueve alborotada,
precipitada con un trajín nervioso, sirviendo
huevos, pescado frito y tortillas recién sacadas del comal para colocarlas en
los platos baratos que reposan sobre la mesa. Le pregunto al jalarla de su
vestido por un instante, si es que hoy podre volver a la escuela. Si es que
podre sacar los maltrechos cuadernos de su escondite y sentir una satisfacción profunda
al ser felicitado por realizar toda la tarea. Ella me mira a los ojos con
seriedad y tristura. Me dice con un gesto inmutado: “No creo, hijo querido, aún
necesito que me ayudes en muchas cosas aquí en la casa”. Y yo la veo con
amargura y entiendo que mis días como estudiante han terminado. Que nunca
volveré a jugar canicas en el patio de la escuela. Que no volveré a ver a mis
amigos para jugar a las escondidillas entre los pasillos. Que aunque no lo
desee, me veré obligado a adentrarme en el lago a pescar con mi tío para
sobrevivir, para venderles a los patrones los pescados que tanto trabajo me
costará atrapar en ese lago que cada día se extingue. En ese lago que cada día se seca y desaparece
para convertirse en un gigantesco terreno baldío sin vida y sin futuro.
Pretendo
disimular mi enojo, mi rabia incontenible y me vuelvo hacia mi silla sin
protestar, sin decir ni una palabra que alteraría aún más la situación tan
catastrófica que se vive en este hogar de locos.
El
tío Eleodoro sale de su cuarto. Y la tensión en la casa se incrementa con su
llegada al comedor. Permanece callado. Con pasos firmes sobre el suelo llega a
un asiento vacío y comienza a servirse los huevos, las tortillas, los frijoles,
el pescado. Mis otros tíos, primos, hermanos y mamá hacen silencio. La bruma se
apodera de la mesa y sólo se oyen los crujidos de los dientes con la carne al
masticar, los sorbidos a los vasos de leche recién ordeñada, o al café de grano.
Las miradas son dirigidas como cuchillas al tío que come con una pasividad
envidiable. Expectante, mi familia y yo esperamos una reacción humana que emane
de él, una muestra que brote de su cuerpo y que nos indique que sigue vivo, que
su alma no ha sido arrojada a un vacío oscuro y borrascoso del que nunca podrá
regresar.
“Tengo
algo en la cara, o por qué chingados me miran así”, murmura Eleodoro mientras
mastica sus alimentos con una vehemencia sobrenatural. “A buen hambre, no hay
mal pan”, contesta mamá llevándose las manos temblorosas al sucio delantal. La
tensión creada en torno a la mesa se matiza, pero el silencio de las voces
prevalece. Los cuchillos, vasos, tenedores retumban en una sinfonía de
cubiertos; y las miradas se transforman en palabras mudas que circulan de un
lado a otro.
A
mamá no le gusta que mis tíos digan malas palabras en la mesa. Sin embargo,
por las circunstancias de anoche
prefiere no decir nada al respecto. Opta por quedarse callada con el miedo a preguntarle
a su hermano lo que había acontecido en el lago el día anterior.
“Ya
quiten esa cara chamacos revoltosos. Su tío no muerde”, dice aquel hombre
enjuto y escuálido, aquel hombre tostado, pardo, que por su aspecto físico
suele generar miedo en mis hermanos y primos más pequeños. Es feo,
desagradable. Aunque debajo de ese aspecto terrible, de la piel quemada, se
esconde un ser jaranero y divertido que disfruta de beber y de los placeres
mundanos que se riegan como hojarasca por el pueblo. Mis hermanos se esconden
bajo la mesa.
“Qué tienes, Marta. Te ves más
nerviosa que de costumbre”, manifiesta el tío Eleodoro al increpar a mamá. Ella
reacciona sorprendida, y las palabras se le atoran en la garganta impidiéndola
hablar, respirar. “Es que estábamos bien preocupados todos ayer por ti,
Eleodoro. Llegaste como chupado por el Diablo y no se te entendía nada al
hablar”, expresa mamá con una voz quejosa y entrecortada.
“Cómo chupado por el Diablo”,
pregunta mi tío. “Cómo chupado por el Diablo, dices”, reitera exaltado. “No,
Marta. No sabes lo que dices. El Diablo no me ha chupado nada. El Diablo no se
anda con juegos. Si viene por ti, te lleva todito. Y de eso no hay regreso
alguno, Marta. Entiendes”, dice abrumando a mamá, que queda atónita ante tales
palabras. “De qué estás hablando, Eleodoro. No espantes a los niños”, responde
ella sobresaltada. “Lo que estoy
diciendo, Marta, es que los muchachos y yo ayer vimos al Diablo en persona. Es
grande y escurridizo. Y lo encaramos como gallinas ponedoras. El miedo nos ganó,
se apoderó por completo de nosotros. Y nos escondimos como malditos collones y poco hombres”, recusa el pescador mientras se levanta
lentamente de su asiento y se dispone a salir de nuestra morada. “Hoy vamos por
él. Si lo dejamos libre por el lago se comerá todos los peces. Y la desgracia
caerá sobre nosotros. Pídele a Diosito que nos ampare”, concluye al salir por
la puerta principal difuminándose, desapareciendo, como un espejismo en el
desierto.
Mamá calla. No sabe qué decir, qué
responder ante la circunstancia tan descabellada. Que vieron al Diablo, que se
esconde en el lago, que azotará al pueblo con la desgracia y la
desesperación. Que se llevará a los niños
y se comerá todos los peces. Lava los platos, asustada, atemorizada. Apenas y
me mira; y cuando lo hace sólo me dice que vaya a jugar con Gustavito en los
montículos de tierra, o que cuide a Licha de no hacer tonterías o cualquier bobada en el jardín. No entiendo
nada. Y lo único que deseo con toda mi alma es poder salir de mi casa y
dirigirme a la escuela, donde mis amigos. Correr de un lado a otro por los
pasillos y aprender sobre los héroes de ayer, de la revolución, de la
independencia, de los tiempos modernos y no tan modernos. Vibrar con mis sueños
efímeros, con mis sueños inasequibles de un futuro inviable, utópico.
Las horas pasan y el aburrimiento me
carcome de forma desaforada. Mamá sigue actuando raro y limpia el piso, las
paredes, los viejos muebles, como si hubiera olvidado que ya los había limpiado
en la mañana. Pienso, al descubrirla sacudiendo los sillones, que prefiere
mantenerse ocupada, absorta de la realidad, de las palabras del tío Eleodoro,
del moribundo lago, y del Diablo o aquel ser mefistofélico que se amanceba en
las profundidades. Murmura solitaria oraciones a los santos, a la virgen, a
Dios. Y de vez cuando, al acercarme, puedo percibir un “Ave maría purísima”
saliendo de su boca como cascada irascible, ventisca lasciva que pide auxilio,
una respuesta contundente a la desgracia.
Contemplo desganado por la ventana
la constante ondulación de las olas en el lago. Ese movimiento que viene y va
sin un fin determinado, repitiéndose, perpetuándose sobre el agua por la
eternidad. Una acción que me hipnotiza y me arroja por instantes fuera de la
realidad, de mi existencia, obligándome a partir a un plano distante, fuera de
mí, en donde todo es diferente y se mece interminable. De cuando en cuando, una
garza solitaria me distrae con sus horribles graznidos o con su interminable
búsqueda de peces en el agua. Todo parece tan monótono, tan predecible y
carente de emociones, que me desilusiono de sobremanera y prefiero dirigirme al patio a jugar a las escondidillas con los
demás niños. Todos sonríen al verme llegar y comienzan a saltar de un lado a
otro. Gustavo me grita: “Qué bueno que llegaste hermanito. Vamos a jugar todos
juntos, por fin”. Y no logro comprender su despampanante alegría. Los mocos que
inundan su nariz no me dejan pensar en otra cosa. Y sin darme cuenta uno de mis
pies reposa en un círculo. Se escucha el “zapatito blanco, zapatito azul…”
hasta que descubro que me ha tocado ser el niño que cuenta hasta diez, y me convierto en el elegido que busca a los
demás niños, a esos seres fugitivos, en un periplo de escondites y
exploraciones sin límites.
Volteo
la cabeza hacia la pared de la casa. Me tapo los ojos con ambas manos y me
recargo sobre la pared. Lentamente comienzo a contar. Escucho las risillas, los
pasos y los murmullos. “Uno… dos… tres…” digo en voz alta. Y al llegar a diez
me volteo y empiezo a registrar los alrededores, sin hallar a simple vista
rostro alguno. Exploro las inmediaciones del jardín, de la puerta trasera de la
casa y vislumbro una silueta escondida tras una pequeña montaña de escombros.
Me acerco con sigilo y voy descifrando con mis trémulos ojos, los rasgos
físicos del niño que pretende disfrazarse con el entorno. Admiro la negritud de
su piel, la oscuridad de sus profundas pupilas, la serenidad con la que responde ante mi
llegada. “Ya te encontré, Tavito. De está no te salvas”, exclamo triunfante. Y
cuando nos dirigimos corriendo a la pared de la casa escuchamos un gemido. Un
grito agonizante en otro dialecto.
Me
detengo. Gustavo consigue llegar antes que yo a la pared de la casa. Su
expresión refleja victoria, satisfacción. Pero yo no me siento abatido. Me
detuve a propósito al oír el gemido zafio, el grito colosal. “Te gané, te
gané”, expresa con vigor Gustavo. Dejo de prestarle atención, y al mirar el
lago observo sorprendido un grupo de lanchitas que se reúne en la ribera. Gustavo
me habla, se burla de mí, me presume su triunfo, mientras todos los demás niños,
sorprendidos por mi actitud, se acercan como manada a tocar la pared y salvarse
de mis garras y conjuras. Ellos ríen, patalean de alegría por su rotundo éxito.
Les doy la espalda observando el ocaso, los rayos de luz que se impactan contra
el agua, y la manera tan exquisita en la que se colorea el cielo: azul
tristeza, azul melancolía, que se aprecia majestuoso y solemne, a la distancia.
Corro, corro como nunca antes he corrido. Gustavo me
grita, chilla: “A dónde vas. Mamá se va a enojar mucho”. Y yo ignoro sus
palabras y sigo corriendo. Los demás niños, hermanos y primos, me miran huir
del lugar. Y por extraño que parezca, por sorprendente que pueda lucir, comienzan
a vitorearme, a clamar mi nombre, a festejarme cual héroe que se lanza a una
guerra de hombres fuertes y bandidos de pueblo. Corro. Y las casas de barro se
aparecen a mis costados como una ilusión. Corro. Y las arboleadas se desdibujan
con mi caminar. Corro. Y la iglesia se acrecienta con mi llegada, se agranda
como si Dios estuviera adentro esperándome para darme la bendición; hasta que se
hunde, se esconde cuando paso a su lado y me alejo de ella, dirigiéndome al
lago, a los peligrosos terrenos que ahora son del Diablo. Corro. Y llego al
malecón, al último bastión que nos protege de todo lo que se encuentra
sumergido bajo el agua, bajo ese infierno acuático que deseo erradicar de la
faz de la tierra.
Me aproximo al faro con un cansancio
insoportable. La fatiga me obliga a recostarme sobre el muelle, y busco con
inverosímil esfuerzo recobrar las energías para encontrar la forma de marcharme
hacia el centro de lago.
Cuando
consigo recobrar fuerzas me asomo a las orillas del muelle y descubro un grupo
de personas que se prepara para reunirse con los otros pescadores que se
encuentran sumergidos por el miedo, en la enajenación y el delirio. Bajo las
escaleras del muelle a escondidas y consigo escabullirme en la parte trasera de
uno de sus escuálidos botes. Me cubro a mí mismo con una manta olorosa a
pescado podrido y aquellos hombres flacos y hambrientos, zarpan alejándose de
la orilla. Siento las ondulaciones que estremecen el bote que avanza. Y nos dirigimos con prisa al punto preciso
donde las pintorescas lanchitas, convergen. Alrededor del lugar donde nos
encontramos se distingue el pueblo: sus casas de ladrillo asequible, la iglesia
colonial, el faro desierto, huraño, que huele a pescado crudo y desperdicios.
Las nauseas incrementan conforme aspiro el hedor de la manta que me cubre, y me
asomo discreto buscando ver a mi tío liderar al grupo de hombres enclenques. La
lanchita en la que me encuentro llega sin prisa con las demás que se tambalean,
que se caen a pedazos por la suciedad y el descuido. Resiento el leve choque de
los botes, y por el progresivo mareo que me inunda, los deseos de vomitar se
incrementan de forma inconcebible. Asqueado, me tapo la boca tratando de
guardar en mi garganta el chorro pastoso que pretende salir de mi boca como
proyectil y me enrosco a mi mismo tratando de guardar silencio. Escucho las
voces, el alboroto de ruidos y distingo entre la multitud la voz carrasposa de
mi tío que consigue llamar la atención de todos. “Dicen en el pueblo de al lado
que ya mataron a la bestia, pero Don Rigoberto y sus lancheros nos expresan que
hace unos instantes la volvieron a ver”, ruge Eleodoro con potencia y
celeridad. “Válgame Dios, es el infierno”, responde espantado un pescador.
“Cálmense. Debemos mantenernos unidos. La bestia no es una sola, al parecer.
Tenemos que acabar con todas las criaturas que se esconden en el lago. Es por
la seguridad de nuestros peces, de nuestra comida y de todo lo que es nuestro”,
exclama Eleodoro, buscando darle fuerza, motivación a sus semejantes, a
aquellos hombres trabajadores que se hacen pis de pánico y pavor. “Hay que
acabar con esas alimañas”, dice un hombre que se esconde tras su sombrero de
paja. “Vamos por esos malditos seres del demonio”, replica con fuerza mi tío. Y
con ovaciones, los hombres gritan, alzan la voz reconociéndolo, aplaudiéndole
como si hubiera dicho el discurso político mas ducho de la historia.
Las
embarcaciones vacilan sobre el agua. Tras las palabras de aliento, el silencio
se apodera del lugar. El viento nocturno se eleva electrizante, y los rayos del
sol se esconden entre la cordillera. La oscuridad arremete contra las lanchas y
en la penumbra los ruidos inesperados surgen como cánticos gregorianos. Los
hombres aguardan su destino, impacientes.
Los
ruidos se transforman en gritos, en gemidos, o en algo que nunca antes habían
escuchado ni Eleodoro, ni los demás hombres que se dedican al sutil arte de
pescar. Todo permanece inerte, sin movimiento aparente, hasta que, después de
unos instantes de escuchar únicamente el aleteo de los mosquitos, los botes se mueven y un hombre brama, se
alza diciendo: “ahí están los esbirros de Satanás. A por ellos”. Y las lanchas en
estado de reposo comienzan a desplazarse, a bambolear. Se dirigen hacia las criaturas
que escapan despavoridas, que huyen de los hombres que las persiguen de forma
violenta atacándolas, tratando de golpearlas con palos y gritando conjuras de
odio y desesperación.
Los
monstruos se dispersan, huyen en diferentes direcciones perseguidos por las
lanchas que los siguen sin descansar. Me asomo por un hueco y aprecio la
silueta de la criatura en movimiento: es grande, imponente, de un tamaño
sobrenatural que me causa un resquemor incomprensible. Es ahí cuando distingo
una esquina rodeada por puestos comerciales cerca de la playa. El lirio se
forma como una masa verdosa en la orilla. Y es a donde la criatura se abalanza
tratando de salvarse de su destino. Al acercarse, comienza a enredarse con el
lirio al igual que nosotros, pero la distancia se acorta y nos acercamos con
lentitud. Sin perder más tiempo los hombres sacan sus palos y picos. Arremeten
contra el animal que suelta un colosal bramido. Aprecio su silueta que se
retuerce, enorme. La sangre fluye por el gigantesco cuerpo hasta acariciar el
agua con la que se mezcla. Pretende defenderse y golpea la base del bote que se
estremece. Por poco y la lancha se voltea, sin embargo otra arremetida de
golpes obliga al animal a debilitarse, a perder
rápidamente sus fuerzas. Debido a todo el ajetreo, a la batalla entre
hombres y bestia, mi estomago sufre las inclemencias del enfrentamiento y vomito
tratando de no ser escuchado a pesar de haber lanzado un bramido terrible y haber ensuciado sin querer la parte
trasera de la lancha. Los pescadores no escuchan ni por error cuando regurgito. Sólo buscan
inocular sus miedos agrediendo a la bestia que se desvanece, que muere poco a
poco y se sepulta a sí misma en una tumba acuática cristalina. La miro a detalle
tirado en el piso, y aún oculto bajo la manta olorosa, se me presenta como una
enorme vaca grisácea e inmensa. La observo directamente, con curiosidad a los
ojos, y esa cosa, ese animal desconocido me mira con su cara colosal y regordeta
que emana dolor, que despide una especie de inexplicable tristeza. La
diafanidad de mis pupilas se refleja en las suyas, y me veo revelado,
descubierto al igual que un ser indefenso, en su mirada. Un desconsuelo me
invade y al escuchar el crujir de la piel del animal con los picos y palos, me
desconcierto y me levanto de mi sitio. Lloro, me hundo en lágrimas y me muevo
hacia la esquina del bote. Pido a gritos que los hombres se detengan, que
concluyan de una vez por todas con la barbarie. Se sorprenden al verme y me
hacen rápidamente a un lado. Me empujan contra la otra esquina y por poco caigo
al agua. Un charco de sangre se esparce, crece en el lago. Y el animal que
antes luchaba por su vida con enjundia, deja de hacerlo y se desmorona, empieza
a hundirse, enredándose más y más en el tormentoso lirio. Cae inerte, sin vida,
sobre su propia sangre que lo baña y lo recubre en su totalidad.
En
la oscuridad de la noche mis gemidos se extienden y los hombres se acercan para
hablarme y preguntarme lo que hacía en su lancha, en esas circunstancias y a
esa hora. Deseo estar con mamá, olvidarme de todo. Olvidar el rostro del animal
sufriendo, implorando por vivir, por seguir respirando. No veo al tío Eleodoro
por ninguna parte y quiero estar con él. Quiero que me abrace y que me diga que
todo va a estar bien. Quiero jugar con mis hermanos a las canicas. Quiero
molestar a Licha hasta que me acuse con mamá y me regañe. Quiero jugar con la
tierra y hacer muñecos de lodo con la forma de soldados. Imaginar guerras en
las que siempre resulto el único y
verdadero triunfador.
Ya
no presto atención a nada. Los señores pescadores me hablan, me dicen cosas. No
respondo a sus preguntas y sólo lloro, grito, pataleo. Los mocos escurren por
mi nariz y pruebo el sabor salado, agridulce de la sustancia. Mis berridos
retumban en la oscuridad. Otras lanchas se acercan triunfantes a la nuestra.
Diviso las embarcaciones que se aproximan. Sus palos y picos ensangrentados me
infunden temor, y sus caras sonrientes se difuminan con las lágrimas que brotan
de mi cara hasta mis mejillas. Ríen, ríen una y otra vez como locuaces
demonios. Y la maldad crece en sus cuerpos, brota de sus entrañas como lava desbordada,
lava hirviendo. Me rodean como un cazador con su presa y trato de escapar, pero
mis piernas desisten, no me responden por más que intento hacerlas reaccionar.
Un ser maligno, flacucho, oloroso a tequila, se me acerca de frente y me carga.
Soy llevado hasta sus largos brazos que me estrujan sonrientes. Las criaturas
del diablo me envuelven, me rodean danzantes mientras disfrutan con canticos
barbáricos, la masacre nocturna bajo el cielo estrellado. Lloriqueo asustado, volteando
a ver con desdicha, el cuerpo inerte del dócil animal que yace solitario sobre
un montón de verduscos lirios.