I
Él
(hombre) se percata que se le hace tarde para ir a la universidad cuando su
vejiga lo despierta en la mañana. Un ardor, una turbación en la parte baja de
su abdomen le causa una molestia que lo
obliga a abrir los ojos y ver por primera vez en el día, el techo blanco y las
ligeras marcas de suciedad que lo adornan con sutileza.
Este
día, en particular, siente un sabor repugnante en la boca. Las manos y los pies
le duelen como si hubiese rascado la pared indefinidamente, deseando llegar por
instinto o por inclinación, al otro lado de los muros de ladrillo de barro. Se
destapa las cobijas de lana y se dirige con premura al baño. Toca la puerta.
Nadie contesta. Pero está cerrada, así que decide bajar las escaleras de su
hogar para conducirse hasta el otro baño, un poco más estrecho y ajustado
aunque suficiente para hacer sus necesidades. Se baña después de orinar y al
concluir se dispone a servir con vigor el desayuno: huevos, leche, un poco de
jugo de naranja y un flan de vainilla. La casa yace en silencio. Llama a su
padre, único habitante de la casa además de él, sin embargo, entre las paredes
y muebles de terciopelo, ninguna voz resuena. No se sorprende. Supone que ha
salido a realizar sus actividades, por lo que decide hacer lo mismo con un
trajín empedernido e implacable. Se lava los dientes mientras escucha un jazz estridente en la radio. Busca con
prontitud tras asearse, su mochila de algodón y sus libros y cuadernos de papel
reciclado. Abre la puerta de su morada y el chillido tenue de las bisagras sin
aceitar, se escucha. Cierra la puerta para dirigirse a su destino, a la vida, al
encuentro con la experiencia y tras él sólo se aprecia, después del crash de la puerta de entrada, el final
estrepitoso y brillante de un saxofón, una trompeta y un contrabajo resonando
en la radio.
II
En
las aulas de la universidad se aprecia el sonido difuminado de las voces de profesores
y alumnos entablando diálogos sobre el conocimiento, la vida, la política y la
sociedad. Murmullos espontáneos se pierden con el alboroto de los estudiantes.
Sus pasos y alaridos entre los pasillos crujen. Y juegan, leen, descubren la
juventud con locura y sin premeditación. Y caminan de un lado a otro por los
salones. Discuten a Tocqueville y si
la democracia es democracia en tanto y cuando… Y estornudan y alguien grita
¡Salud! Leen novelas históricas y ensayos críticos mientras compran comida,
golosinas, en los puestos ambulantes. Él escucha atento las voces, volteando de
lado a lado, observando con cautela el ir y venir interminable de la
comunicación social y de la experiencia colectiva. Y se entusiasma, se halla
así mismo feliz hasta que se cansa de la faena académica y desea regresar a su
hogar para sosegarse. Y habla con sus amigos, compañeros y profesores. Se
despide y camina. Y de su boca salen muchos “adioses”, inclusive cuando desea
quedarse callado y desaparecer en el tumulto estruendoso del estudiantado.
III
Él
arriba a su hogar cansado, atribulado por el difícil día escolar. Tras entrar
en su casa escucha una melodía suave de John
Coltrane. Se da cuenta que ha dejado encendida la radio y se dispone a
apagarla. Alza la voz reiteradas veces buscando alguna respuesta de su padre, y
no percibe sonido alguno más que el de sus propios pensamientos. La
preocupación inunda su humanidad y empieza a hacer llamadas a familiares y
amigos tratando de localizar a la persona que conoce como padre, en algún sitio
ajeno conviviendo con las tías y tomando refresco de toronja y cacahuates
enchilados. Sueños guajiros, esperanzas efímeras. Hasta que por sorpresa y
desconcierto la realidad le da una bofetada en la cara y descubre consternado,
que nadie ha sabido nade de su progenitor desde el día anterior.
Se sienta preocupado, con tristura
en su expresión facial, sobre el sillón aterciopelado. Admira como hipnotizado
el zigzag intermitente de los peces de múltiples colores en la pecera de vidrio,
y por impulso un hambre terrible inunda su humanidad atiborrándolo. Viaja hasta
la cocina con celeridad y encuentra el refrigerador y la alacena vacíos,
usurpados, despojados de sus diversos alimentos y chucherías. Se enfada. Un
movimiento irascible en sus extremidades lo arrastra hasta la salida, y como
magnetizado por su apetito se traslada por las calles cual bólido acelerado. El
sol se empieza a poner. El manto grisáceo del cielo emprende un avance
contundente hasta cubrir todo lo que sus tentáculos se dispongan a absorber.
Una silueta descolorida se conduce hasta un bar de mala muerte que se atasca
desbordándose de gente. La música retumba y se aprecia dilatada a la distancia.
IV
Se
desplaza esquivando cualquier contacto extraño con los demás seres que anegan
el bar y encuentra un asiento solitario en el mostrador. El cantinero lo mira
desatento y le pregunta con una voz ronca, como de motociclista de carretera,
qué es lo que va a ordenar. Él (hombre) pide carne, una jugosa y apetitosa
carne; y una cerveza oscura, amarga para degustar el piscolabis de forma
agradable. El sujeto obeso detrás del mostrador destapa la botella y se la
entrega. Le pide que aguarde por la carne unos minutos mientras humedece y
limpia con templanza la repisa de madera. Él voltea de un lado a otro sin
reconocer rostro alguno. Un rock alborotador se atiende en la gramola. El
barullo de hombres barbudos y señoras orondas y escandalosas crece y crece con
la música: se desarrolla en armonía e inmejorable ambiente.
Una tímida risa lo despierta, a él,
que se encuentra aletargado sobre su puesto y desvía su mirada hacia el otro
lado de la habitación. Una mujer de edad indefinida lo observa con lujuria,
sonriente. En sus manos una cerveza brota como extensión de su cuerpo y la
lleva hasta sus labios por donde el líquido entra como cascada. El cantinero
deja caer el plato en la mesa y el olor de la carne cocida lo extasía a tal
grado que la devora sin cubiertos. La coge con las manos y la mete en su boca.
La mastica enaltecido y no es hasta que se la termina toda, que toma con brío
la cerveza y la vierte en su garganta de un solo sorbo. Las personas al
derredor observan extrañados el salvaje acto, y él, apenado, se encorva y pide
algunas servilletas para limpiarse.
La mujer, a pesar de la terrible
salvajada del hombre, sonríe convencida de que conquistarlo es la intrépida
tarea a realizar en esta oscura tarde. Busca impaciente poder acercarse y pedirle
con delicadeza femenina que le invite un trago. Pero él, atrapado en sus
emociones, no entiende las señales, los signos femeninos tan suaves y tenues
que lanza aquella dama con la mirada. Sólo hasta que percibe las fragancias de
su piel, los cautivadores aromas, voltea convencido.
Una mezcla de olores invade los
sentidos del hombre. Se siente atraído por la belleza insólita de la mujer. Se
levanta con viveza de su puesto y se sienta a su lado. Ambos se otean con
deseo. Piden algunos tragos y entre sorbo y sorbo risas discretas se asoman
irrumpiendo en la esquina solitaria en la que charlan. La embriaguez penetra en
sus cuerpos y el deseo carnal acomete sus mentes. Demandan la cuenta y cuando
pagan satisfactoriamente sus bebidas, él la invita a su casa a pasar la noche y
descubrir en la negrura de su cuarto, la pasión y los anhelos del erotismo.
V
Arriban
al lugar con tremenda borrachera. Él la recuesta en el sofá con elegancia
mientras le da besos en el cuello. Ella poco responde a las caricias ajenas y
de su figura nacen bostezos y suspiros de soñolencia. Se queda dormida. Él
decepcionado, desiste de sus intentos por incentivar el afán de placer. La
voltea a ver desilusionado y se aleja para contemplarla. Busca un rincón cómodo
para reposar mientras se percibe únicamente en la casa, el fastidioso tic tac
del reloj colgado en la pared. El mareo se presenta con leves molestias en la
cabeza y el sabor en su paladar es amargo y seco. Se excita admirando la
silueta de la mujer: la curvatura de sus caderas, la sensualidad de los
pliegues en su piel, la perfección moldeada de sus pechos firmes, sus facciones
finas y delicadas.
La desea para sí, como si nunca
antes en la vida hubiese deseado algo con tanta fuerza, con tanto vigor y
desesperación. Sus manos se acercan a la mujer, aunque en momentos desiste.
Lucha constantemente contra sus impulsos, contra sus tentaciones, pero siente
perder la batalla. La acaricia con lentitud por la espalda y desea desvestirla
para poseerla una y otra vez hasta que el cansancio lo obligue a desprenderse
de esa exquisita carne, de la piel tersa y suculenta que anhela.
Sus manos pierden el control y la
toca, la toca sin cesar. Ella aún inmutada, borracha, deja escapar algunos
suspiros aislados. El hombre, que sigue luchando contra sus arrebatos choca contra la
pared, y cuando su cabeza impacta el muro lo rasca sin razón aparente. Araña
las paredes. Y sus delicadas manos se ensanchan, sus uñas crecen, se modifican
y se transforman en garras. Los vellos de su cuerpo se extienden cubriéndolo y
de repente un pelaje frondoso lo envuelve. Su mandíbula se agranda, se estira
sin premeditación. Y sus ojos llenos de ira y hambre se dirigen a la mujer que
aún pernocta en el sillón. Araña las paredes, las cortinas y los muebles con
enjundia. De su boca un feroz gruñido retruena en la casa. La mujer se
despierta asustada y cuando voltea se encuentra por sorpresa, con la inmensa
cabeza de un animal de una pelambrera grisácea y moteada, como un felino del África
gigantesco y hambriento, como una bestia con sed insaciable de carne y sangre.
VI
Él
(animal) enloquece los sentidos de la mujer con sus tremendos rugidos. Ella
grita despavorida hasta quedar atónita. Un fluido caliente escurre por su
vestido. Sus piernas se congelan al instante. El animal permanece en el centro
de la habitación rugiendo y cuando la mujer consigue reaccionar dándose
cachetadas y pellizcándose las piernas, se revitaliza y decide embestir a la
hembra que huye horrorizada. Como el animal bloquea la entrada, a la mujer no
le queda de otra más que subir las escaleras de la casa y buscar protección, un
mínimo de salvación en el segundo piso. Y en el momento en el que sube las
escaleras localiza la puerta del baño y la intenta abrir. No lo consigue y
grita, patalea, golpea la puerta con todas sus fuerzas. Percibe los pasos del
animal subiendo las escaleras con cautela. La desesperación la invade y golpea la
entrada del baño con furia e irritación. La puerta cede y cae al suelo
impulsada por su propia fuerza. El animal peludo se aproxima y cuando su cabeza
se asoma por el segundo piso, la mujer toca su rostro y siente la sangre que
reviste su piel y que tapiza el baño. Un charco enorme se expande por todo el
piso y en la esquina opuesta un montón de huesos reposan en silencio.
El
pedazo de una corbata ensangrentada se distingue en el bote de basura, y un
celular vibra sobre el retrete. La mujer queda impactada con lo que observa y
antes de que pueda reaccionar, decir palabra alguna, siente los afilados
dientes del animal sobre su cuello. El animal encesta su mordida y la levanta
por el pescuezo. Sus fauces destrozan su garganta y ella balbucea, pretende
articular palabras mientras su sangre empapa el piso tornándolo más rojo y
viscoso. El animal la arrastra hasta la esquina y deliberadamente se la engulle,
la despedaza empezando por sus partes blandas; rompiendo, resquebrajando con
coraje sus suaves órganos. Sólo se oyen los crujidos terribles de sus
mandíbulas al masticar y cuando concluye, después de roer uno que otro hueso o
costilla, el sueño lo posee y sale del baño para dirigirse con toda
tranquilidad y placidez a su habitación. Se monta en su cama esperando dormir
tranquilo. Ronronea, da vueltas en el colchón. Consigue acomodarse boca abajo y
sus amarillentos ojos son sellados en la modorra. Empieza a fantasear dormido. Vislumbra
lugares remotos y adyacentes: bares, desiertos, palacios, la universidad, sus
pasillos y andurriales, lugares donde los animales indómitos, los seres
irracionales, están vedados por antonomasia de todo contacto permisible con los
hombres.