domingo, agosto 25, 2013

Periplos de Alejandro Cantero.


Una garza blanca en el lago de Chapala. ¿En qué piensa? ¿En su inminente final? ¿En la tristeza de un lago que se encoge día tras día como consecuencia del perpetuo descuido humano, de la ignorancia y la sobreexplotación? ¿Pensará a caso en la tragedia del manatí que asoló la región hace ya varios años? O pensará, como yo lo hago, en la previsible y prematura muerte de la vida, en el final fugaz de la vida convertida con velocidad maquinal en un nuevo principio, una nueva tragedia griega, la catástrofe de la humanidad. Es muy probable que aquella garza no piense en eso, y si lo piensa, si por su diminuta cabeza llega a resonar esta idea, lo pensará de una manera magnifica y dispar, porque las garzas no son como nosotros, son como los poetas, vuelan libres, ondean sus alas interminables explicando la vida desde la vida misma, como un verso, un poema de Storni, un canto triste que palpita:


¡Adiós para siempre mis dulzuras todas! 

¡Adiós mi alegría llena de bondad! 

¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas, 

las cosas celestes que no vuelven más! 

Y hay que comprar una congelada de vainilla en el malecón

sábado, agosto 24, 2013

Conocido por conocer.

Sí, lo conozco, lo veo al otro lado de aquella superficie lisa en la que incurre la luz, en la que cae resplandeciente reflejando todo a su paso, y que descansa con tranquilidad en uno de los cuartos minúsculos de la casa. Lo veo y me sorprendo. Que feo está, que maravilloso está, que joven está aún, pese a que algunas arrugas se le comienzan a dibujar por encima de los labios y el cabello se le cae con premura de la cabeza, diciendo adiós mientras titila en el aire, despidiéndose para siempre y por siempre al estrellarse en el suelo. Cómo has cambiado, amigo mío: ahora eres más valiente, te adentras en lo desconocido con ahínco, aunque a veces lloras y te sientes desprotegido al toparte con el muro infinito de los errores y la ignorancia. Ahora sufres menos, al encontrarte con la belleza y la desgracia de palidecer ante un ser esbelto y joven, que te susurra, que te llama con la mirada, y que al final desaparece sin dejar rastro alguno. La mujer invisible, como tu madre, huye, vuela libre con las garzas que circundan un lago mexicano, uno de tantos, o de ninguno porque ya no quedan, están muertos. Aún eres un enamorado indeciso, apasionado, alguien que ama con locura y que enloquece con el amor, que llora con él, que lo invita a cenar a una parrilla argentina que de argentina no tiene nada, o lo tiene todo, todo en absoluto. Ríes con una película de Buñuel, con el exagerado surrealismo de Buñuel, con la actuación de Pinal, de Cobo y Rabal, que te alegra y te hace llorar al mismo tiempo. Fernando de Fuentes, Arturo Ripstein como una fotografía, estática y brillante. Y de repente Coppola y Brando, Wells y el Ciudadano Kane, Curtiz y Bogart. Un grito espantoso en la oscuridad, Hitchcok y Bergman. Eres un soñador, un hombre de ideales, un escritor o intento eternamente vulgar de escritor, un aspirante a escribidor que disfruta de la música de la ciudad, del rap y el r&b, del jazz y el blues y el góspel. Se ve en tu mirada, en la sutileza de tu mirada ingenua que lees a Bolaño, a Onetti, a Cabrera Infante, a Steinback y Flaubert. Que le has perdido afecto aunque no respeto a los que te deslumbraron, a los que durmieron contigo bajo una sábana de algodón, y se despertaron en mitad de la noche para proseguir una lectura interesantísima sobre la magia y la tristeza, la fútil tristeza del pueblo latinoamericano. García Márquez, Fuentes y Llosa. ¿Y por qué fútil? Te preguntas. Porque a nadie le importa, te respondes.
Sonríes al mirarte, al ver al hijo de clase media que compra libros en Donceles, que disfruta de una buena platica en cualquier banca inmunda, olorosa a orines, que se ve alterada por el aroma del tabaco que sale de tu mano y que asciende al cielo hasta perderse sin remedio. Sigues con una mueca agradable en el rostro, una mueca perpetua, bajo la cual subyace la alegría y la tristeza, un mundo de aventuras y desgracias inconmensurables que sólo conoces tú y unos cuantos: la humanidad. Te conozco, te he visto caminando por los andurriales de una universidad, por los pasillos de un cine, en la calle o en un parque jugando futbol, aunque sepas que el futbol no es ni será nunca tu fuerte. No pretendes que lo sea, lo que importa es que vives esa pasión, la sensación de adrenalina y Beckenbauer, Cruyff, Cantoná y todos los jugadores circulan por tu cabeza, inundan tus pies.
Estás vivo amigo, estás vivo. Todavía vives porque sueñas, todavía respiras porque piensas, todavía luchas incansablemente porque el conflicto persiste en la vida del hombre, y eres un hombre, imbécil, retrasado, prepotente. Eres un sobreviviente, un interminable conocido por conocer. Hasta que decides apartarte de la superficie lisa porque mi presencia te ha aburrido, porque el mirarme se te hace cansado e inútil. Porque soy tan parecido y diferente a ti y eso te molesta, te hace rabiar, y comienzas a odiarme. Me despido de ti con la mano alzada, una mano ondeante que clama tu nombre en silencio, una mano que dice adiós aunque sabe que es únicamente un breve hasta pronto.

Y la vida, eso que llamamos de esa manera tan rara, sigue fluyendo como un derrotero. 

lunes, julio 01, 2013

Criaturas del Diablo.

Mamá no me ha dejado ir hoy a la escuela. Dice que me necesita en la casa para que haga algo de provecho como ayudarla a moler los chiles, cuidar de mis hermanos más pequeños y ayudar en las labores cotidianas de la casa. Prefiere que me quede a su lado como hijo servicial y obsequioso en lugar de estar perdiendo el tiempo entre libros aburridos y profesores  incompetentes que no saben nada. Presiento, como una sensación temblorosa en mi abdomen, que no tardarán en sacarme de la primaria. Vi a mamá platicando con mi tío al respecto. Dicen que  somos demasiado pobres. Dicen  que no tenemos el dinero suficiente para que mis hermanos y yo sigamos ilusionándonos con las despampanantes historias que nos cuentan los maestros sobre las bondades del conocimiento y sobre el futuro que nos espera si seguimos educándonos. Mamá siempre señala que lo que ellos manifiestan son embustes inventados para engatusarnos. Que al fin y al cabo nosotros los de la riba, los pintorescos pobladores de las orillas del lago, nacimos, crecemos y morimos para ser pescadores o trabajar la tierra.
Mientras ella peina a mi hermana Licha con una sutileza de matrona de ribazo, me cuenta las historias tradicionales del pueblo, de las celebraciones más antiguas y folclóricas que hasta las ancianas octogenarias disfrutan como churumbeles recién llevados al circo ambulante. Me habla de la Fiesta del Carnaval. Celebración ancestral donde la mayoría de mis tíos y primos terminan bailando alegremente en las calles con cumbias y jarabes populares, totalmente emborrachados de tequila y cerveza. O también de las míticas historias de la procesión al cerro durante la semana santa, o de las fiestas patronales en honor a San Francisco de Asís que convierten las calles en un mar de gente casi tan grande y con tanta vida como el lago mismo.
            A veces mamá da miedo. Se la pasa quejándose y reclamando por todo. Gritándoles a mis tíos por su holgazanería y la falta de comida. A mis primas porque se la pasan jugueteando como revoltosas infantas cuando deberían  atender los asuntos indispensables del hogar y preparar a tiempo y con premura, las tortillitas para el almuerzo. Constantemente me voltea a ver con tristeza mientras le ayudo a adecentar la casa; y me toca la cabeza retozando de vez en vez, con mi cabello. Me dice: “Tu padre y yo esperábamos grandes cosas de ti, hijo. Queríamos que te fueras a estudiar pa’ Guadalajara, que fueras un importante abogado y que nos sacaras de pobres pescadores. Cuando menos a tus hermanitos y a mí. Lástima que la cosa cada vez sea más difícil y enfrentarse al día a día sea cada vez más arduo y complicado. Qué le vamos a hacer. Así nos tocó vivir. Pero como tu abuelo Everardo que en paz descanse decía: ‘Felices y borrachos gente, que a fin de cuentas jodidos nacimos y jodidos nos vamos a morir’.”
            Durante los preparativos para la comida mi tío Eleodoro arriba a la casa con una cara de susto, de angustia, como si el Diablo mismo se hubiera llevado su alma y sólo hubiera dejado un cascarón semivacío, oloroso a bagre y alcohol. “Lo hemos visto, Marta”, asevera con una mirada perdida hacia un punto distante en el horizonte. “Viene por nosotros”, concluye, antes de dirigirse a su cuarto y perderse en un sueño del que no planea regresar, sino hasta el día siguiente. Mi madre, mis hermanos y los demás miembros de la familia, todos sentados a la mesa con una cara de asombro y de perplejidad, no conocen la forma adecuada de reaccionar ante la actitud misteriosa y antinatural de Eleodoro –conocido en la estirpe como el hombre más achispado y parrandero que jamás ha pisado los territorios del pueblo.
            Aquella actitud me pasma y con la curiosidad que me posee de toda la vida, trato de acercarme al enigmático cuarto de mi tío y preguntarle con exactitud qué es lo que había pasado. “Viene por nosotros”, son las palabras que, como un eco latente circulan por mi cabeza buscando una respuesta concreta. ¿Qué o quién viene por nosotros? ¿Qué es aquello que le causa tanto pavor a mi tío como para obligarlo a exilarse en la soledad de su recamara? “Viene por nosotros”, retumba en mi mente mientras me acerco a hurtadillas a la habitación. “Viene por nosotros”, escucho como si me olvidara de este mundo y me dirigiera a ese plano en donde el temor y el sobresalto son los monarcas absolutos de un reino olvidado. Hasta que por fin, como un cubetazo de agua del lago, o como el pinchazo de un cangrejo redondo, despierto de ese estado suspendido en el tiempo y soy obligado a regresar a la lastimera realidad de la cual quise desprenderme para siempre. Mi madre me jala del cabello y me obliga a regresar a la mesa para terminar mis alimentos. “Deja en paz a tu tío, chamaco revoltoso”, es lo que me dice con un puñado de comida en la boca. “No ves que anda de malas y  no quiere hablar con nadie”,  sigue replicando mientras unta una tortilla con frijoles. Yo la veo con una tristeza infinita, con un desconsuelo terrible, con el recóndito deseo de conocer la verdad, de desentrañar el alma de mi tío hasta descubrir ese miedo tan profundo. Ese insondable y abismal miedo que lo corroe, que “viene por nosotros”.
            Mamá nos obliga a irnos a la cama temprano. Pienso que desea hablar a solas con el tío Eleodoro sobre lo sucedido, y guardarse únicamente para ella y para la luna que se alza redonda como una moneda de peso, la íntima historia que todos desconocen.
Busco dormir. Me revuelco de un lado a otro sobre el piso golpeando sin querer a alguno de mis hermanos. ¡Ay! Escucho entre las sombras. “Eres un tonto, me pegaste en la cabeza”, replica mi hermano Gustavo. Y lo único que me queda es disculparme con él por ser tan desesperado, por no poder conciliar el sueño y dar vueltas de un lado a otro con la delicada manta que apenas me cubre del frio.
Escucho voces en la noche que me hablan, que gritan mi nombre  y me pregunto exaltado si mis hermanos ignoran o pretenden ignorar, el tremendo escándalo de gruñidos que se extiende por  la casa. ¿Serán capaces de sentir la turbación insólita que mi cuerpo experimenta al destapar la mirada de las cobijas y apreciar el mundo tan diferente que se forma en la noche?
 De pronto, como una sensación prematura, un chorro líquido se eleva por mi organismo. Mis pies se humedecen, y mi ropa comienza a empaparse con un fluido caliente que me invade, que irrumpe todo el cuarto que comienza a inundarse. Y sin darme cuenta me hallo a mi mismo flotando sobre la habitación, sobre la casa, sobre el patio trasero que se ha convertido en una extensión del lago; sobre las casas de los vecinos que se hunden en el olvido, sobre el pueblo entero que pasa a formar parte del lago iracundo que crece y crece. Una dilatación que absorbe todo a su paso con un cólera inigualable, donde los charales nadan libres entre las calles y puestos comerciales que yacen en lo profundo.
 Floto sobre el agua, liviano, hasta que la ira desenfrenada del agua me azota de un lado a otro. Me hundo en un remolino irascible. Y mi respiración se corta junto con mi cuerpo que se sepulta en una tumba acuática. Para que por fin, después de la tragedia, mi alma vuele libre con las garzas que se alzan sobre el cielo.
 Despierto. Abro los ojos y  veo a mis hermanos regañando a Licha que llora descontrolada. Reclaman el hecho de que en la noche, mientras todos pernoctaban, ella se había orinado y el inmenso charco que yace en el centro del dormitorio había bañado con sus turbias aguas a todos los demás. Mamá llega  para calmar los ánimos y nos obliga a mí y a Gustavo a limpiar el piso y las cobijas  que mi hermana ha ensuciado. Ella solloza asustada en un rincón, mientras mamá la prepara para bañarla y eliminar la suciedad, los orines olorosos que se han pegado irremediablemente a su delicado cuerpecito.
Trapeo el piso sin descansar, absorto, alelado. Los deseos de saber la verdad me carcomen por dentro y sólo escucho distante el sonido del agua que lava a mi hermana, que la libra de las impurezas del mundo. Finalizo de asear la habitación que queda pulcra y deslumbrante, y me dirijo junto con mi hermano al comedor donde los demás, impacientes, nos esperan a la mesa para desayunar.
 Me acerco a mi madre que se mueve alborotada, precipitada con un trajín nervioso,  sirviendo huevos, pescado frito y tortillas recién sacadas del comal para colocarlas en los platos baratos que reposan sobre la mesa. Le pregunto al jalarla de su vestido por un instante, si es que hoy podre volver a la escuela. Si es que podre sacar los maltrechos cuadernos de su escondite y sentir una satisfacción profunda al ser felicitado por realizar toda la tarea. Ella me mira a los ojos con seriedad y tristura. Me dice con un gesto inmutado: “No creo, hijo querido, aún necesito que me ayudes en muchas cosas aquí en la casa”. Y yo la veo con amargura y entiendo que mis días como estudiante han terminado. Que nunca volveré a jugar canicas en el patio de la escuela. Que no volveré a ver a mis amigos para jugar a las escondidillas entre los pasillos. Que aunque no lo desee, me veré obligado a adentrarme en el lago a pescar con mi tío para sobrevivir, para venderles a los patrones los pescados que tanto trabajo me costará atrapar en ese lago que cada día se extingue.  En ese lago que cada día se seca y desaparece para convertirse en un gigantesco terreno baldío sin vida y sin futuro.
Pretendo disimular mi enojo, mi rabia incontenible y me vuelvo hacia mi silla sin protestar, sin decir ni una palabra que alteraría aún más la situación tan catastrófica que se vive en este hogar de locos.
El tío Eleodoro sale de su cuarto. Y la tensión en la casa se incrementa con su llegada al comedor. Permanece callado. Con pasos firmes sobre el suelo llega a un asiento vacío y comienza a servirse los huevos, las tortillas, los frijoles, el pescado. Mis otros tíos, primos, hermanos y mamá hacen silencio. La bruma se apodera de la mesa y sólo se oyen los crujidos de los dientes con la carne al masticar, los sorbidos a los vasos de leche recién ordeñada, o al café de grano. Las miradas son dirigidas como cuchillas al tío que come con una pasividad envidiable. Expectante, mi familia y yo esperamos una reacción humana que emane de él, una muestra que brote de su cuerpo y que nos indique que sigue vivo, que su alma no ha sido arrojada a un vacío oscuro y borrascoso del que nunca podrá regresar.
“Tengo algo en la cara, o por qué chingados me miran así”, murmura Eleodoro mientras mastica sus alimentos con una vehemencia sobrenatural. “A buen hambre, no hay mal pan”, contesta mamá llevándose las manos temblorosas al sucio delantal. La tensión creada en torno a la mesa se matiza, pero el silencio de las voces prevalece. Los cuchillos, vasos, tenedores retumban en una sinfonía de cubiertos; y las miradas se transforman en palabras mudas que circulan de un lado a otro.
A mamá no le gusta que mis tíos digan malas palabras en la mesa. Sin embargo, por  las circunstancias de anoche prefiere no decir nada al respecto. Opta por quedarse callada con el miedo a preguntarle a su hermano lo que había acontecido en el lago el día anterior.
“Ya quiten esa cara chamacos revoltosos. Su tío no muerde”, dice aquel hombre enjuto y escuálido, aquel hombre tostado, pardo, que por su aspecto físico suele generar miedo en mis hermanos y primos más pequeños. Es feo, desagradable. Aunque debajo de ese aspecto terrible, de la piel quemada, se esconde un ser jaranero y divertido que disfruta de beber y de los placeres mundanos que se riegan como hojarasca por el pueblo. Mis hermanos se esconden bajo la mesa.
            “Qué tienes, Marta. Te ves más nerviosa que de costumbre”, manifiesta el tío Eleodoro al increpar a mamá. Ella reacciona sorprendida, y las palabras se le atoran en la garganta impidiéndola hablar, respirar. “Es que estábamos bien preocupados todos ayer por ti, Eleodoro. Llegaste como chupado por el Diablo y no se te entendía nada al hablar”, expresa mamá con una voz quejosa y entrecortada.
            “Cómo chupado por el Diablo”, pregunta mi tío. “Cómo chupado por el Diablo, dices”, reitera exaltado. “No, Marta. No sabes lo que dices. El Diablo no me ha chupado nada. El Diablo no se anda con juegos. Si viene por ti, te lleva todito. Y de eso no hay regreso alguno, Marta. Entiendes”, dice abrumando a mamá, que queda atónita ante tales palabras. “De qué estás hablando, Eleodoro. No espantes a los niños”, responde ella  sobresaltada. “Lo que estoy diciendo, Marta, es que los muchachos y yo ayer vimos al Diablo en persona. Es grande y escurridizo. Y lo encaramos como gallinas ponedoras. El miedo nos ganó, se apoderó por completo de nosotros. Y nos escondimos como malditos collones  y poco hombres”,  recusa el pescador mientras se levanta lentamente de su asiento y se dispone a salir de nuestra morada. “Hoy vamos por él. Si lo dejamos libre por el lago se comerá todos los peces. Y la desgracia caerá sobre nosotros. Pídele a Diosito que nos ampare”, concluye al salir por la puerta principal difuminándose, desapareciendo, como un espejismo en el desierto.
            Mamá calla. No sabe qué decir, qué responder ante la circunstancia tan descabellada. Que vieron al Diablo, que se esconde en el lago, que azotará al pueblo con la desgracia y la desesperación.  Que se llevará a los niños y se comerá todos los peces. Lava los platos, asustada, atemorizada. Apenas y me mira; y cuando lo hace sólo me dice que vaya a jugar con Gustavito en los montículos de tierra, o que cuide a Licha de no hacer tonterías  o cualquier bobada en el jardín. No entiendo nada. Y lo único que deseo con toda mi alma es poder salir de mi casa y dirigirme a la escuela, donde mis amigos. Correr de un lado a otro por los pasillos y aprender sobre los héroes de ayer, de la revolución, de la independencia, de los tiempos modernos y no tan modernos. Vibrar con mis sueños efímeros, con mis sueños inasequibles de un futuro inviable, utópico.
            Las horas pasan y el aburrimiento me carcome de forma desaforada. Mamá sigue actuando raro y limpia el piso, las paredes, los viejos muebles, como si hubiera olvidado que ya los había limpiado en la mañana. Pienso, al descubrirla sacudiendo los sillones, que prefiere mantenerse ocupada, absorta de la realidad, de las palabras del tío Eleodoro, del moribundo lago, y del Diablo o aquel ser mefistofélico que se amanceba en las profundidades. Murmura solitaria oraciones a los santos, a la virgen, a Dios. Y de vez cuando, al acercarme,  puedo percibir un “Ave maría purísima” saliendo de su boca como cascada irascible, ventisca lasciva que pide auxilio, una respuesta contundente a la desgracia.
            Contemplo desganado por la ventana la constante ondulación de las olas en el lago. Ese movimiento que viene y va sin un fin determinado, repitiéndose, perpetuándose sobre el agua por la eternidad. Una acción que me hipnotiza y me arroja por instantes fuera de la realidad, de mi existencia, obligándome a partir a un plano distante, fuera de mí, en donde todo es diferente y se mece interminable. De cuando en cuando, una garza solitaria me distrae con sus horribles graznidos o con su interminable búsqueda de peces en el agua. Todo parece tan monótono, tan predecible y carente de emociones, que me desilusiono de sobremanera y prefiero dirigirme  al patio a jugar a las escondidillas con los demás niños. Todos sonríen al verme llegar y comienzan a saltar de un lado a otro. Gustavo me grita: “Qué bueno que llegaste hermanito. Vamos a jugar todos juntos, por fin”. Y no logro comprender su despampanante alegría. Los mocos que inundan su nariz no me dejan pensar en otra cosa. Y sin darme cuenta uno de mis pies reposa en un círculo. Se escucha el “zapatito blanco, zapatito azul…” hasta que descubro que me ha tocado ser el niño que cuenta hasta diez, y  me convierto en el elegido que busca a los demás niños, a esos seres fugitivos, en un periplo de escondites y exploraciones sin límites.
Volteo la cabeza hacia la pared de la casa. Me tapo los ojos con ambas manos y me recargo sobre la pared. Lentamente comienzo a contar. Escucho las risillas, los pasos y los murmullos. “Uno… dos… tres…” digo en voz alta. Y al llegar a diez me volteo y empiezo a registrar los alrededores, sin hallar a simple vista rostro alguno. Exploro las inmediaciones del jardín, de la puerta trasera de la casa y vislumbro una silueta escondida tras una pequeña montaña de escombros. Me acerco con sigilo y voy descifrando con mis trémulos ojos, los rasgos físicos del niño que pretende disfrazarse con el entorno. Admiro la negritud de su piel, la oscuridad de sus profundas pupilas,  la serenidad con la que responde ante mi llegada. “Ya te encontré, Tavito. De está no te salvas”, exclamo triunfante. Y cuando nos dirigimos corriendo a la pared de la casa escuchamos un gemido. Un grito agonizante en otro dialecto.
Me detengo. Gustavo consigue llegar antes que yo a la pared de la casa. Su expresión refleja victoria, satisfacción. Pero yo no me siento abatido. Me detuve a propósito al oír el gemido zafio, el grito colosal. “Te gané, te gané”, expresa con vigor Gustavo. Dejo de prestarle atención, y al mirar el lago observo sorprendido un grupo de lanchitas que se reúne en la ribera. Gustavo me habla, se burla de mí, me presume su triunfo, mientras todos los demás niños, sorprendidos por mi actitud, se acercan como manada a tocar la pared y salvarse de mis garras y conjuras. Ellos ríen, patalean de alegría por su rotundo éxito. Les doy la espalda observando el ocaso, los rayos de luz que se impactan contra el agua, y la manera tan exquisita en la que se colorea el cielo: azul tristeza, azul melancolía, que se aprecia majestuoso y solemne, a la distancia.
            Corro, corro  como nunca antes he corrido. Gustavo me grita, chilla: “A dónde vas. Mamá se va a enojar mucho”. Y yo ignoro sus palabras y sigo corriendo. Los demás niños, hermanos y primos, me miran huir del lugar. Y por extraño que parezca, por sorprendente que pueda lucir, comienzan a vitorearme, a clamar mi nombre, a festejarme cual héroe que se lanza a una guerra de hombres fuertes y bandidos de pueblo. Corro. Y las casas de barro se aparecen a mis costados como una ilusión. Corro. Y las arboleadas se desdibujan con mi caminar. Corro. Y la iglesia se acrecienta con mi llegada, se agranda como si Dios estuviera adentro esperándome para darme la bendición; hasta que se hunde, se esconde cuando paso a su lado y me alejo de ella, dirigiéndome al lago, a los peligrosos terrenos que ahora son del Diablo. Corro. Y llego al malecón, al último bastión que nos protege de todo lo que se encuentra sumergido bajo el agua, bajo ese infierno acuático que deseo erradicar de la faz de la tierra.
            Me aproximo al faro con un cansancio insoportable. La fatiga me obliga a recostarme sobre el muelle, y busco con inverosímil esfuerzo recobrar las energías para encontrar la forma de marcharme hacia el centro de lago.
Cuando consigo recobrar fuerzas me asomo a las orillas del muelle y descubro un grupo de personas que se prepara para reunirse con los otros pescadores que se encuentran sumergidos por el miedo, en la enajenación y el delirio. Bajo las escaleras del muelle a escondidas y consigo escabullirme en la parte trasera de uno de sus escuálidos botes. Me cubro a mí mismo con una manta olorosa a pescado podrido y aquellos hombres flacos y hambrientos, zarpan alejándose de la orilla. Siento las ondulaciones que estremecen el bote que avanza.  Y nos dirigimos con prisa al punto preciso donde las pintorescas lanchitas, convergen. Alrededor del lugar donde nos encontramos se distingue el pueblo: sus casas de ladrillo asequible, la iglesia colonial, el faro desierto, huraño, que huele a pescado crudo y desperdicios. Las nauseas incrementan conforme aspiro el hedor de la manta que me cubre, y me asomo discreto buscando ver a mi tío liderar al grupo de hombres enclenques. La lanchita en la que me encuentro llega sin prisa con las demás que se tambalean, que se caen a pedazos por la suciedad y el descuido. Resiento el leve choque de los botes, y por el progresivo mareo que me inunda, los deseos de vomitar se incrementan de forma inconcebible. Asqueado, me tapo la boca tratando de guardar en mi garganta el chorro pastoso que pretende salir de mi boca como proyectil y me enrosco a mi mismo tratando de guardar silencio. Escucho las voces, el alboroto de ruidos y distingo entre la multitud la voz carrasposa de mi tío que consigue llamar la atención de todos. “Dicen en el pueblo de al lado que ya mataron a la bestia, pero Don Rigoberto y sus lancheros nos expresan que hace unos instantes la volvieron a ver”, ruge Eleodoro con potencia y celeridad. “Válgame Dios, es el infierno”, responde espantado un pescador. “Cálmense. Debemos mantenernos unidos. La bestia no es una sola, al parecer. Tenemos que acabar con todas las criaturas que se esconden en el lago. Es por la seguridad de nuestros peces, de nuestra comida y de todo lo que es nuestro”, exclama Eleodoro, buscando darle fuerza, motivación a sus semejantes, a aquellos hombres trabajadores que se hacen pis de pánico y pavor. “Hay que acabar con esas alimañas”, dice un hombre que se esconde tras su sombrero de paja. “Vamos por esos malditos seres del demonio”, replica con fuerza mi tío. Y con ovaciones, los hombres gritan, alzan la voz reconociéndolo, aplaudiéndole como si hubiera dicho el discurso político mas ducho de la historia.
Las embarcaciones vacilan sobre el agua. Tras las palabras de aliento, el silencio se apodera del lugar. El viento nocturno se eleva electrizante, y los rayos del sol se esconden entre la cordillera. La oscuridad arremete contra las lanchas y en la penumbra los ruidos inesperados surgen como cánticos gregorianos. Los hombres aguardan su destino, impacientes.
Los ruidos se transforman en gritos, en gemidos, o en algo que nunca antes habían escuchado ni Eleodoro, ni los demás hombres que se dedican al sutil arte de pescar. Todo permanece inerte, sin movimiento aparente, hasta que, después de unos instantes de escuchar únicamente el aleteo de los mosquitos,  los botes se mueven y un hombre brama, se alza diciendo: “ahí están los esbirros de Satanás. A por ellos”. Y las lanchas en estado de reposo comienzan a desplazarse, a bambolear. Se dirigen hacia las criaturas que escapan despavoridas, que huyen de los hombres que las persiguen de forma violenta atacándolas, tratando de golpearlas con palos y gritando conjuras de odio y desesperación.
Los monstruos se dispersan, huyen en diferentes direcciones perseguidos por las lanchas que los siguen sin descansar. Me asomo por un hueco y aprecio la silueta de la criatura en movimiento: es grande, imponente, de un tamaño sobrenatural que me causa un resquemor incomprensible. Es ahí cuando distingo una esquina rodeada por puestos comerciales cerca de la playa. El lirio se forma como una masa verdosa en la orilla. Y es a donde la criatura se abalanza tratando de salvarse de su destino. Al acercarse, comienza a enredarse con el lirio al igual que nosotros, pero la distancia se acorta y nos acercamos con lentitud. Sin perder más tiempo los hombres sacan sus palos y picos. Arremeten contra el animal que suelta un colosal bramido. Aprecio su silueta que se retuerce, enorme. La sangre fluye por el gigantesco cuerpo hasta acariciar el agua con la que se mezcla. Pretende defenderse y golpea la base del bote que se estremece. Por poco y la lancha se voltea, sin embargo otra arremetida de golpes obliga al animal a debilitarse, a perder  rápidamente sus fuerzas. Debido a todo el ajetreo, a la batalla entre hombres y bestia, mi estomago sufre las inclemencias del enfrentamiento y vomito tratando de no ser escuchado a pesar de haber lanzado un bramido terrible y haber ensuciado sin querer la parte trasera de la lancha. Los pescadores no escuchan  ni por error cuando regurgito. Sólo buscan inocular sus miedos agrediendo a la bestia que se desvanece, que muere poco a poco y se sepulta a sí misma en una tumba acuática cristalina. La miro a detalle tirado en el piso, y aún oculto bajo la manta olorosa, se me presenta como una enorme vaca grisácea e inmensa. La observo directamente, con curiosidad a los ojos, y esa cosa, ese animal desconocido me mira con su cara colosal y regordeta que emana dolor, que despide una especie de inexplicable tristeza. La diafanidad de mis pupilas se refleja en las suyas, y me veo revelado, descubierto al igual que un ser indefenso, en su mirada. Un desconsuelo me invade y al escuchar el crujir de la piel del animal con los picos y palos, me desconcierto y me levanto de mi sitio. Lloro, me hundo en lágrimas y me muevo hacia la esquina del bote. Pido a gritos que los hombres se detengan, que concluyan de una vez por todas con la barbarie. Se sorprenden al verme y me hacen rápidamente a un lado. Me empujan contra la otra esquina y por poco caigo al agua. Un charco de sangre se esparce, crece en el lago. Y el animal que antes luchaba por su vida con enjundia, deja de hacerlo y se desmorona, empieza a hundirse, enredándose más y más en el tormentoso lirio. Cae inerte, sin vida, sobre su propia sangre que lo baña y lo recubre en su totalidad.
En la oscuridad de la noche mis gemidos se extienden y los hombres se acercan para hablarme y preguntarme lo que hacía en su lancha, en esas circunstancias y a esa hora. Deseo estar con mamá, olvidarme de todo. Olvidar el rostro del animal sufriendo, implorando por vivir, por seguir respirando. No veo al tío Eleodoro por ninguna parte y quiero estar con él. Quiero que me abrace y que me diga que todo va a estar bien. Quiero jugar con mis hermanos a las canicas. Quiero molestar a Licha hasta que me acuse con mamá y me regañe. Quiero jugar con la tierra y hacer muñecos de lodo con la forma de soldados. Imaginar guerras en las que siempre resulto el  único y verdadero triunfador.


Ya no presto atención a nada. Los señores pescadores me hablan, me dicen cosas. No respondo a sus preguntas y sólo lloro, grito, pataleo. Los mocos escurren por mi nariz y pruebo el sabor salado, agridulce de la sustancia. Mis berridos retumban en la oscuridad. Otras lanchas se acercan triunfantes a la nuestra. Diviso las embarcaciones que se aproximan. Sus palos y picos ensangrentados me infunden temor, y sus caras sonrientes se difuminan con las lágrimas que brotan de mi cara hasta mis mejillas. Ríen, ríen una y otra vez como locuaces demonios. Y la maldad crece en sus cuerpos, brota de sus entrañas como lava desbordada, lava hirviendo. Me rodean como un cazador con su presa y trato de escapar, pero mis piernas desisten, no me responden por más que intento hacerlas reaccionar. Un ser maligno, flacucho, oloroso a tequila, se me acerca de frente y me carga. Soy llevado hasta sus largos brazos que me estrujan sonrientes. Las criaturas del diablo me envuelven, me rodean danzantes mientras disfrutan con canticos barbáricos, la masacre nocturna bajo el cielo estrellado. Lloriqueo asustado, volteando a ver con desdicha, el cuerpo inerte del dócil animal que yace solitario sobre un montón de verduscos lirios. 

sábado, junio 01, 2013

Autorretrato indómito.

I
Él (hombre) se percata que se le hace tarde para ir a la universidad cuando su vejiga lo despierta en la mañana. Un ardor, una turbación en la parte baja de su abdomen  le causa una molestia que lo obliga a abrir los ojos y ver por primera vez en el día, el techo blanco y las ligeras marcas de suciedad que lo adornan con sutileza.
Este día, en particular, siente un sabor repugnante en la boca. Las manos y los pies le duelen como si hubiese rascado la pared indefinidamente, deseando llegar por instinto o por inclinación, al otro lado de los muros de ladrillo de barro. Se destapa las cobijas de lana y se dirige con premura al baño. Toca la puerta. Nadie contesta. Pero está cerrada, así que decide bajar las escaleras de su hogar para conducirse hasta el otro baño, un poco más estrecho y ajustado aunque suficiente para hacer sus necesidades. Se baña después de orinar y al concluir se dispone a servir con vigor el desayuno: huevos, leche, un poco de jugo de naranja y un flan de vainilla. La casa yace en silencio. Llama a su padre, único habitante de la casa además de él, sin embargo, entre las paredes y muebles de terciopelo, ninguna voz resuena. No se sorprende. Supone que ha salido a realizar sus actividades, por lo que decide hacer lo mismo con un trajín empedernido e implacable. Se lava los dientes mientras escucha un jazz estridente en la radio. Busca con prontitud tras asearse, su mochila de algodón y sus libros y cuadernos de papel reciclado. Abre la puerta de su morada y el chillido tenue de las bisagras sin aceitar, se escucha. Cierra la puerta para dirigirse a su destino, a la vida, al encuentro con la experiencia y tras él sólo se aprecia, después del crash de la puerta de entrada, el final estrepitoso y brillante de un saxofón, una trompeta y un contrabajo resonando en la radio.

II
En las aulas de la universidad se aprecia el sonido difuminado de las voces de profesores y alumnos entablando diálogos sobre el conocimiento, la vida, la política y la sociedad. Murmullos espontáneos se pierden con el alboroto de los estudiantes. Sus pasos y alaridos entre los pasillos crujen. Y juegan, leen, descubren la juventud con locura y sin premeditación. Y caminan de un lado a otro por los salones. Discuten a Tocqueville y si la democracia es democracia en tanto y cuando… Y estornudan y alguien grita ¡Salud! Leen novelas históricas y ensayos críticos mientras compran comida, golosinas, en los puestos ambulantes. Él escucha atento las voces, volteando de lado a lado, observando con cautela el ir y venir interminable de la comunicación social y de la experiencia colectiva. Y se entusiasma, se halla así mismo feliz hasta que se cansa de la faena académica y desea regresar a su hogar para sosegarse. Y habla con sus amigos, compañeros y profesores. Se despide y camina. Y de su boca salen muchos “adioses”, inclusive cuando desea quedarse callado y desaparecer en el tumulto estruendoso del estudiantado.

III
Él arriba a su hogar cansado, atribulado por el difícil día escolar. Tras entrar en su casa escucha una melodía suave de John Coltrane. Se da cuenta que ha dejado encendida la radio y se dispone a apagarla. Alza la voz reiteradas veces buscando alguna respuesta de su padre, y no percibe sonido alguno más que el de sus propios pensamientos. La preocupación inunda su humanidad y empieza a hacer llamadas a familiares y amigos tratando de localizar a la persona que conoce como padre, en algún sitio ajeno conviviendo con las tías y tomando refresco de toronja y cacahuates enchilados. Sueños guajiros, esperanzas efímeras. Hasta que por sorpresa y desconcierto la realidad le da una bofetada en la cara y descubre consternado, que nadie ha sabido nade de su progenitor desde el día anterior.
            Se sienta preocupado, con tristura en su expresión facial, sobre el sillón aterciopelado. Admira como hipnotizado el zigzag intermitente de los peces de múltiples colores en la pecera de vidrio, y por impulso un hambre terrible inunda su humanidad atiborrándolo. Viaja hasta la cocina con celeridad y encuentra el refrigerador y la alacena vacíos, usurpados, despojados de sus diversos alimentos y chucherías. Se enfada. Un movimiento irascible en sus extremidades lo arrastra hasta la salida, y como magnetizado por su apetito se traslada por las calles cual bólido acelerado. El sol se empieza a poner. El manto grisáceo del cielo emprende un avance contundente hasta cubrir todo lo que sus tentáculos se dispongan a absorber. Una silueta descolorida se conduce hasta un bar de mala muerte que se atasca desbordándose de gente. La música retumba y se aprecia dilatada a la distancia.

IV
Se desplaza esquivando cualquier contacto extraño con los demás seres que anegan el bar y encuentra un asiento solitario en el mostrador. El cantinero lo mira desatento y le pregunta con una voz ronca, como de motociclista de carretera, qué es lo que va a ordenar. Él (hombre) pide carne, una jugosa y apetitosa carne; y una cerveza oscura, amarga para degustar el piscolabis de forma agradable. El sujeto obeso detrás del mostrador destapa la botella y se la entrega. Le pide que aguarde por la carne unos minutos mientras humedece y limpia con templanza la repisa de madera. Él voltea de un lado a otro sin reconocer rostro alguno. Un rock alborotador se atiende en la gramola. El barullo de hombres barbudos y señoras orondas y escandalosas crece y crece con la música: se desarrolla en armonía e inmejorable ambiente.
            Una tímida risa lo despierta, a él, que se encuentra aletargado sobre su puesto y desvía su mirada hacia el otro lado de la habitación. Una mujer de edad indefinida lo observa con lujuria, sonriente. En sus manos una cerveza brota como extensión de su cuerpo y la lleva hasta sus labios por donde el líquido entra como cascada. El cantinero deja caer el plato en la mesa y el olor de la carne cocida lo extasía a tal grado que la devora sin cubiertos. La coge con las manos y la mete en su boca. La mastica enaltecido y no es hasta que se la termina toda, que toma con brío la cerveza y la vierte en su garganta de un solo sorbo. Las personas al derredor observan extrañados el salvaje acto, y él, apenado, se encorva y pide algunas servilletas para limpiarse.
            La mujer, a pesar de la terrible salvajada del hombre, sonríe convencida de que conquistarlo es la intrépida tarea a realizar en esta oscura tarde. Busca impaciente poder acercarse y pedirle con delicadeza femenina que le invite un trago. Pero él, atrapado en sus emociones, no entiende las señales, los signos femeninos tan suaves y tenues que lanza aquella dama con la mirada. Sólo hasta que percibe las fragancias de su piel, los cautivadores aromas, voltea convencido. 
            Una mezcla de olores invade los sentidos del hombre. Se siente atraído por la belleza insólita de la mujer. Se levanta con viveza de su puesto y se sienta a su lado. Ambos se otean con deseo. Piden algunos tragos y entre sorbo y sorbo risas discretas se asoman irrumpiendo en la esquina solitaria en la que charlan. La embriaguez penetra en sus cuerpos y el deseo carnal acomete sus mentes. Demandan la cuenta y cuando pagan satisfactoriamente sus bebidas, él la invita a su casa a pasar la noche y descubrir en la negrura de su cuarto, la pasión y los anhelos del erotismo.

V
Arriban al lugar con tremenda borrachera. Él la recuesta en el sofá con elegancia mientras le da besos en el cuello. Ella poco responde a las caricias ajenas y de su figura nacen bostezos y suspiros de soñolencia. Se queda dormida. Él decepcionado, desiste de sus intentos por incentivar el afán de placer. La voltea a ver desilusionado y se aleja para contemplarla. Busca un rincón cómodo para reposar mientras se percibe únicamente en la casa, el fastidioso tic tac del reloj colgado en la pared. El mareo se presenta con leves molestias en la cabeza y el sabor en su paladar es amargo y seco. Se excita admirando la silueta de la mujer: la curvatura de sus caderas, la sensualidad de los pliegues en su piel, la perfección moldeada de sus pechos firmes, sus facciones finas y delicadas.
            La desea para sí, como si nunca antes en la vida hubiese deseado algo con tanta fuerza, con tanto vigor y desesperación. Sus manos se acercan a la mujer, aunque en momentos desiste. Lucha constantemente contra sus impulsos, contra sus tentaciones, pero siente perder la batalla. La acaricia con lentitud por la espalda y desea desvestirla para poseerla una y otra vez hasta que el cansancio lo obligue a desprenderse de esa exquisita carne, de la piel tersa y suculenta que anhela.
            Sus manos pierden el control y la toca, la toca sin cesar. Ella aún inmutada, borracha, deja escapar algunos suspiros aislados. El hombre, que sigue  luchando contra sus arrebatos choca contra la pared, y cuando su cabeza impacta el muro lo rasca sin razón aparente. Araña las paredes. Y sus delicadas manos se ensanchan, sus uñas crecen, se modifican y se transforman en garras. Los vellos de su cuerpo se extienden cubriéndolo y de repente un pelaje frondoso lo envuelve. Su mandíbula se agranda, se estira sin premeditación. Y sus ojos llenos de ira y hambre se dirigen a la mujer que aún pernocta en el sillón. Araña las paredes, las cortinas y los muebles con enjundia. De su boca un feroz gruñido retruena en la casa. La mujer se despierta asustada y cuando voltea se encuentra por sorpresa, con la inmensa cabeza de un animal de una pelambrera grisácea y moteada, como un felino del África gigantesco y hambriento, como una bestia con sed insaciable de carne y sangre.

VI
Él (animal) enloquece los sentidos de la mujer con sus tremendos rugidos. Ella grita despavorida hasta quedar atónita. Un fluido caliente escurre por su vestido. Sus piernas se congelan al instante. El animal permanece en el centro de la habitación rugiendo y cuando la mujer consigue reaccionar dándose cachetadas y pellizcándose las piernas, se revitaliza y decide embestir a la hembra que huye horrorizada. Como el animal bloquea la entrada, a la mujer no le queda de otra más que subir las escaleras de la casa y buscar protección, un mínimo de salvación en el segundo piso. Y en el momento en el que sube las escaleras localiza la puerta del baño y la intenta abrir. No lo consigue y grita, patalea, golpea la puerta con todas sus fuerzas. Percibe los pasos del animal subiendo las escaleras con cautela. La desesperación la invade y golpea la entrada del baño con furia e irritación. La puerta cede y cae al suelo impulsada por su propia fuerza. El animal peludo se aproxima y cuando su cabeza se asoma por el segundo piso, la mujer toca su rostro y siente la sangre que reviste su piel y que tapiza el baño. Un charco enorme se expande por todo el piso y en la esquina opuesta un montón de huesos reposan en silencio.

El pedazo de una corbata ensangrentada se distingue en el bote de basura, y un celular vibra sobre el retrete. La mujer queda impactada con lo que observa y antes de que pueda reaccionar, decir palabra alguna, siente los afilados dientes del animal sobre su cuello. El animal encesta su mordida y la levanta por el pescuezo. Sus fauces destrozan su garganta y ella balbucea, pretende articular palabras mientras su sangre empapa el piso tornándolo más rojo y viscoso. El animal la arrastra hasta la esquina y deliberadamente se la engulle, la despedaza empezando por sus partes blandas; rompiendo, resquebrajando con coraje sus suaves órganos. Sólo se oyen los crujidos terribles de sus mandíbulas al masticar y cuando concluye, después de roer uno que otro hueso o costilla, el sueño lo posee y sale del baño para dirigirse con toda tranquilidad y placidez a su habitación. Se monta en su cama esperando dormir tranquilo. Ronronea, da vueltas en el colchón. Consigue acomodarse boca abajo y sus amarillentos ojos son sellados en la modorra. Empieza a fantasear dormido. Vislumbra lugares remotos y adyacentes: bares, desiertos, palacios, la universidad, sus pasillos y andurriales, lugares donde los animales indómitos, los seres irracionales, están vedados por antonomasia de todo contacto permisible con los hombres.    

viernes, mayo 10, 2013

El desconsuelo de la remembranza.


 No conozco a mi madre, mujer esquiva, de sonrisa leve e ingrávida que desprende unos labios rojizos, y que a lo largo de mi vida se ha convertido en un mito familiar, en una intriga que me carcome el alma y corroe el corazón. Los únicos rastros que puedo seguir de su figura furtiva que se desvanece al pasar los años, son las fotografías pálidas y amarillentas donde aparece ella, timorata, tímida y un tanto seria; y un yo, un Alan Santos diminuto y desprotegido, cubierto por toallas y sabanas de algodón que lo resguardan de las adversidades de su entorno, de aquella realidad que desconoce e ignora. El tacto de mi madre, su fragancia de mujer, sus manos suaves y su sonrisa ligera forman parte del pasado, de un pretérito misterioso y escurridizo que soy incapaz de evocar por más que intente, por más que trate de recordar su voz, su rostro, y la relación tan enigmática que sostenía con mi padre, hombre serio y osco que se ha limitado a decirme que  mi madre, Gabriela Santos, se perdió en algún lugar del sur de Estados Unidos.

Casi siempre la recuerdo, la mitifico, la convierto en algo que no es, como justificación de mi existencia, como un modo de pretender otorgarle un sentido a mi vida. Su apellido, mi apellido, el nombre antroponímico que nos une lo empleo con recurrencia a modo de estandarte, como una manera sensata de traerla a mi presente, al hoy de mi vida. Y así Alan Santos se llena de vida, se construye y se alza a sí mismo para remembrar una figura desconocida que quizás nunca existió.

Sin embargo, pese a su presencia fantasmagórica en mi realidad, ella no se me presenta como una obsesión periódica que me desgaste y succione todas mis fuerzas. Suele aparecer por mi cabeza cuando el clima se torna cálido y húmedo, con lluvias constantes y cielos encapotados que chisporrotean de vez en vez, y cuando el sol quema con enjundia lastimando con sus rayos cerosos a los hombres y mujeres de cachetes rosados. Y en especial, se coloca en el centro de mis pensamientos cuando el 10 de Mayo se acerca. Y me entristezco, la nostalgia arremete contra mis sentimientos desparpajándolos, fracturándolos hasta volverlos confusos, heterogéneos e irritables, forzándolos a explotar dentro de mí; obligándome a arrinconarme a la soledad y el desencanto, a la depresión y la amargura; al desconcierto de miles de vocecillas que gritan furibundas en mi cabeza.

Quizás, una de las razones más significativas para que mis reacciones sean como son, surge como la consecuencia de una situación que me ocurrió cuando era un churumbel juguetón, hiperactivo y con un desborde de energías terrible que ocasionaba los enfados de profesores bigotudos y profesoras de anchas caderas que me señalaban con el dedo de forma imperativa. Lo recuerdo, al hacer memoria, al despertar en mí sensaciones que muchas veces prefiero dejar en el olvido por el dolor tan constante a recordar.

Mayo 2000. El final de la puericia de Alejandro.

Suaves rayos de sol rompen el alba. Los automóviles se mueven de un lado a otro con gran velocidad. Una escuela primaria se llena de bullicio, de gente impaciente por la convivencia entre padres e hijos en un día tan especial para las familias mexicanas. Los niños corren en tropel a la búsqueda de sus seres queridos, para agasajarse de mimos maternales y de juegos esporádicos que emanan de los brazos de sus progenitores. Los alzan por encima de sus cabezas, los abrazan, y los niños ríen y sonríen sin parar. El día de la madre se celebra a canticos, bailables y comida, mucha comida que se desborda sobre las mesitas de madera con patas chuecas y destartaladas. Los niños cantan, celebran y hablan de la belleza materna, aunque la mayoría de las veces no sean capaces de comprender el significado de lo que por sus bocas sale y fluye como cascada sonora. Un grupo de chiquillos se dispone  a iniciar con un baile, un baile destinado a honrar aquel día. Un baile que se había preparado desde meses atrás y que después de practicar con constancia y esmero debía alegrar a las madres de todos esos párvulos diminutos.

De entre la aglomeración de niños, Alejandro sobresale con entusiasmo. Le gusta bailar, moverse de un lado a otro con fogosidad pretendiendo llamar la atención de su padre que de seguro lo observará deslizarse por el patio con donosura y festividad. Los niños se empujan de un lado a otro, se impacientan. Desean cuanto antes empezar con el baile para recibir los aplausos de toda la gente a su derredor. Hasta que, poco antes de que el baile de los mocosos disfrazados de mariposas y flores concluya, Alejandro es impulsado por el bullicio de los demás niños hasta chocar con un compañero desconocido. El pequeño se molesta y lo empuja. “Qué te pasa, tonto” replica el niño. “Me empujaron sin querer” replica Alejandro. Pero el niño no se cree lo que le dice, piensa que son mentiras ideadas para confundirlo y salirse con la suya cual ladrón de supermercado. “No te creo nada, te voy  acusar con la maestra para que te castigue y no te deje bailar” contestó el churumbel con su vocecilla rumiante. Alejandro se impacientó, temió las graves consecuencias de las acusaciones del otro niño. Comenzó a sudar, lentamente, y sus manos temblaron de manera fortuita. “No le digas nada, me encanta bailar y no quiero ir a la dirección” repuso Alejandro con voz intranquila. “Para que bailas, si no tienes mamá”, dijo el niño, sin entender, sin comprender el corolario de sus palabras.

Termina el otro baile, y el presentador nombra al grupito de Alejandro. Los niños se mueven con vehemencia a sus posiciones. Y empiezan a bailar. Alejandro se zarandea siguiendo los movimientos de sus compañeros, sus oscilaciones vacilantes, pero su meneo es autómata, como de robot mal aceitado. Su mente se encuentra en un lugar diferente, y se siente despertar. Nunca se había preguntado la razón por la que los demás niños eran capaces de disfrutar del cariño materno, y él no. El mundo le cayó encima, y lo recibió de forma desprovista hasta que lo aplastó con desprecio. “Para que bailas, si no tienes mamá” resonó por todos los  rincones de su cabeza, jugó con sus pensamientos, y al finalizar el baile una apabullante ovación lo regresó al mundo. No obstante ya no era el mismo. Las interrogantes de su existencia acaecieron sobre sus hombros, y la vida jamás volvió a significar lo que había significado. “Lo hicieron muy bien niños, dense un fuerte aplauso” dijo la profesora de ojos cenizos, “sus madres deben de estar orgullosas”. Los niños aplaudieron y rieron sin cesar. Alejandro, de entre todos, fue el único niño que no aplaudió. “Por qué no aplaudes, Alejandro” preguntó la profesora extrañada. “… si no tienes mamá” pensó Alejandro ignorando la interrogante de la señora de ojos cenizos que lo miraba sorprendida. No contestó y se dispuso a buscar a su padre que se escondía entre el tumulto de personas exóticas que se desternillaban con brío y pujanza.


jueves, mayo 02, 2013

De banquetas y encuentros casuales.


Hace no mucho tiempo, entre las calles resecas, los arboles de tronco grisáceo que se extienden por encima de edificios rojizos de ladrillo de arcilla, y banquetas y mesas de concreto, me encontré, sentado mientras leía poemas de Neruda, a un individuo peculiar que no había visto desde hacía ya muchos ayeres, y que mi memoria había traído al presente con diligencia. Me descubrió arrellanado en un asiento plomizo que emerge de una estructura de piedra volcánica, la cual frecuento algunas veces a la semana para leer sin el molesto ruido que emana de mi casa, o de las estrepitosas voces de vendedores ambulantes, conductores y transeúntes del centro de la ciudad, mi universidad, o cualquier otro lugar público en donde no consiga concentrarme en mis libros y mis pensamientos.

Yo lo observé acercándose con naturalidad, con una mirada cansada y derrotada, pero con una sonrisa amarillenta, una enorme línea ascendente que se dibujaba en su rostro y que se me presentaba como una gigantesca mascara que pretendía ocultar las desgracias y tristezas de una vida infeliz. Los ojos jamás mienten, los ojos no nos pueden engañar, son el tragaluz de nuestra verdadera esencia, la claraboya diáfana de nuestra sinceridad, y pretender mentirle a tan hermosa abertura facial es embaucar al alma con imbecilidad.

Cuando era inminente nuestro encuentro, cerré mi libro. Y mi lectura de “Ebrio de trementina y largos besos” quedó inconclusa, y en su lugar un saludo ameno, cálido y vulgar atronó en el lugar. Y el “qué pedo güey”, “cómo estás güey”, brotó de su boca y de mi boca de manera fútil. Un saludo, un estrechón de manos, un cigarro prendido que intercambiábamos de vez en vez, una conversación nimia sobre eventos deportivos de relevancia coyuntural; el imaginar el destino de nuestros amigos y compañeros en común, de los cuales no teníamos noticia alguna, más que la que salía a relucir gracias a las redes sociales. Intrascendencias e insignificancias que nos mantenían, pese a los años sin vernos, de forma extraña y desconocida,  yuxtapuestos por experiencias similares.

¿Qué tanto había cambiado yo desde la última vez que lo vi? ¿Qué tanto había cambiado él desde que habíamos convivido entre cervezas, cigarrillos y canciones populares? Un exorbitante universo repleto de galaxias, nebulosas y constelaciones nos separaban. No sólo por el destino tan diferente que habíamos escogido, sino por el cosmos cognitivo, los pensamientos y disertaciones que sobrevolaban nuestras cabezas. La Universidad me había abierto un sinfín de puertas, de entradas y salidas de reflexiones e ideas, de experiencias que me han convertido en un hombre un poco menos ignorante cada día. Sin embargo él, atado a disfrutar las experiencias pasajeras, las borracheras y jolgorios imberbes que lo alejaban del desconsuelo de su realidad, había preferido renunciar a sus estudios y gozar de las destrezas de la vida nocturna y de los amigos y conocidos de tragos.

            No lo culpo. He de admitir que en alguna etapa de mi existencia, ese tipo de vida me guiñó un ojo, me habló al oído, y trató de seducirme con su frenesí, con su insania y sus locuras abultadas y exorbitantes. La locura se vislumbra como la peor de las enfermedades, el padecimiento  más terrible para los hombres sensatos, porque es en extremo patógena, pestilente, peligrosa al igual que un campo minado, un automóvil desenfrenado en la carretera, en donde el único resultado posible, la única salida legítima, es la soledad y la muerte.

            Quiero creer que el futuro de mi amigo se otea más prometedor, más esperanzador. Y deseo desde el fondo de mi alma, que no termine como otros, como los que se encuentran allá lejos, en la injuria de una subsistencia cruel y despiadada, producto quizás, de los errores cometidos en el pasado, de lo blandengue y pusilánime de sus actos ante una sociedad que discrimina a diestra y siniestra, a los que se ennoblecen con la desemejanza de sus ideas y de sus actos.

            Nos despedimos con júbilo, con un abrazo sincero. Y entre los callejones olorosos a tierra húmeda y asfalto, lo vi desaparecer en una esquina, quizás para siempre. No pensé más en ello; y mi cabeza reverberó palabras que hicieron eco: Voy, duro de pasiones, montado en mi ola única, / lunar, solar, ardiente y frio, repentino, /dormido en la garganta de las afortunadas/ islas blancas y dulces como caderas frescas…