"¿Qué tanto hemos perdido nuestra humanidad?", me preguntó uno
de esos peregrinos religiosos que andan buscando adeptos a su iglesia. En su
momento no le respondí. Concentré, en aquél indeterminado instante, mi mirada en el derrotero frente a mis ojos y me seguí de largo desoyendo sus palabras. ¿Cómo podría pararme a
responderle si el ritmo de vida de la hecatombe citadina no me lo permite? Sin
embargo, lo que hice con posterioridad fue, al pasar varias horas ajetreadas, recordar a aquel
hombre y sus abisales palabras que como cuchillas punzantes atravesaron mi
sique. Las películas de Amat Escalante parecen ahondar en este cuestionamiento,
parecen adentrarse por la ventana de la violencia, la monotonía de lo
cotidiano, la otredad y justo aquello que me había hecho cavilar sin descanso:
la perdida de humanidad.
Los
Bastardos (2008) es una película
compleja por las estructuras que trata de representar,pero minimalista en la
forma en las representa. Los personajes transitan por un mundo
banal, anodino. No existen las grandes aspiraciones ni los grandes sueños. Sólo
existe cabida para el presente y la mediocridad. Y de la mano de estos
componentes, Escalante nos lleva al contexto de la globalización desenfrenada y
la migración continua. Jesús (Jesús Moisés Rodríguez) y Fausto (Rubén Sosa) son
dos inmigrantes ilegales que arriban a la ciudad de Los Ángeles en busca del
siempre estereotipado “sueño americano”. Ambos, como era de esperarse, se estrellan con el muro de la adversidad. Viven como jornaleros o
recolectores. Construir edificaciones o trabajar el campo es a lo único a lo
que aspiran al igual que millones de latinos en Estados Unidos. Y sumado a
estas condiciones desventuradas, las
rendijas de la discriminación y la violencia los circundan constantemente hasta
atraparlos. El explotador se aprovecha del explotado. El ciudadano
estadunidense, xenófobo, clasista, conservador,
margina al extranjero, al individuo que siente perdida su identidad y su origen. Porque en
ello se van convirtiendo los migrantes: en seres extraños, olvidados, que
provienen de otra tierra y que no pertenecen a ninguna parte. Son los hijos de
otra madre, los bastardos que desconocen el significado de la esperanza. Y junto
con la pérdida de identidad, de un país que los expulsa como basura, van
perdiendo su humanidad.
Bajo este contexto a Jesús y Fausto les llega
una oportunidad de transformar su realidad. Un gringo les ofrece una
considerable suma de dinero a cambio de que liquiden a su mujer. Y es la
necesidad y la carencia lo que los impulsa a llevar a cabo la intrincada tarea.
Es también el hartazgo, el odio rampante que se va cimentando en sus entrañas
lo que los motiva. La cuna del odio se mece entre palabras, crece entre
acciones y llantos. “Look at this beaners”, “You are on the wrong side of the
boarder, motherfuckers”, son las sentencias definitivas. Y el “pinches gringos”
fluye como consecuencia del desentendimiento, de la falta de comunicación pese
a ser dos culturas que comparten un mismo territorio. La pluralidad y la
diversidad abundan, pero las culturas se desconocen y responden con violencia para hacer frente a
sus ineludibles conflictos.
Karen (Nina Zavarin) será la víctima del
atentado, una madre solitaria con profundos vacíos existenciales, incapaz de
entender a su hijo e incapaz de comunicarse con él. Se refugia en el crack. Y
la droga se convierte en su única salida, su única zona de confort. Hasta que
los dos guanajuatenses arriban a su hogar, la encuentran dormida y la
catástrofe da inicio. Tampoco hay entendimiento entre Karen, Jesús y Fausto. No
hay espacio para el diálogo o la comprensión. Todo se rige por el primitivismo
más salvaje. La obligan a alimentarlos, a fumar crack con ellos, a meterse en
la piscina. La obligan a llevar la típica vida de clase media norteamericana a
la que ellos jamás podrán aspirar. Y el frenesí de lo inalcanzable e imposible
los inunda por completo.
Los
bastardos es una película en donde el
realismo, la agresión asesina y la pérdida de humanidad permanecen como telón
de fondo. La mano del director se hace visible. Así, la banalidad de lo
cotidiano se materializa a través de las secuencias largas y los grandes
silencios. Escalante se hizo dueño de este filme, sacó lo mejor de él pese a la
inexperiencia de los actores y nos trajo una obra digna de ser vista. Es un
puente estilístico entre Sangre (2005) y Heli (2013). Nos deja a la expectativa,
con deseos de ver más, y nos vislumbra un futuro prometedor para el director,
quien mediante sus filmes nos ha llevado a la reflexión, al pensamiento crítico
sobre las realidades inmediatas, sobre las fronteras materiales y existenciales
de la vida ordinaria. Mientras me mantengo a la espera del futuro
cinematográfico de Escalante buscaré una respuesta adecuada a la pregunta del
peregrino. Puede que en alguna otra ocasión lo vuelva a encontrar. Sólo espero
saber que contestar cuando el momento, quizás inoportuno, quizás esperado, me
llegue al transitar por las calles de la inmensa ciudad en la que vivo.