Pájaros de mar
en tierra.
Melesio Cordero levantó la vista al cielo para
observar los cinco alcatraces que pasaron volando rumbo a la cordillera. Luego
frunció el entrecejo y sentenció:
–Pájaros de mar en tierra, mal tiempo seguro.
Yo miré hacia arriba a mi vez, sólo para
ver el cielo azul añil, sin una nube.
–Menos mal que el agua es blandita
–retruqué con sorna.
El jibaro añadió, fatalista:
–Es que con mal tiempo siempre vienen
cosas peores.
Melesio quería madera dura aquella vez, y ésa hay
que buscarla en el corazón del monte.
–Palo
verde, carbón malo –había explicado el hombre cuando pasamos la quebrada y
empezamos a topar maleza.
Nos
acompañaba el hijo menor de Melesio, un muchachito de once años, y llevábamos un
caballo viejo, lleno de mataduras.
Allá
adentró podíamos estar seguros de que no nos escuchaba nadie. La soledad
desordena los pensamientos; por eso concentrábamos la atención en los hachazos
que le infligía Melesio a un almácigo gigante. Del ramaje estremecido por los
primeros golpes se desprendió una bandada de torcazas asustadas.
El
muchachito fue el primero en advertir, al cabo de un par de horas:
–Se
ta poniendo nublao.
Sobre
las copas de los árboles se adensaba, en efecto, una masa de nubarrones grises.
Melesio me miró fijamente por un instante, como recordándome: “¿No se lo
dije?”, y apresuró el ritmo de los golpes sobre el tronco.
Entre
unos matorrales, un grillo áspero rascaba el silencio.
No pudimos evitar que nos cogiera la noche, sin embargo.
El camino se nos dificultaba en la oscuridad, bajo la lluvia torrencial.
Melesio marchaba por delante, yo llevaba del cabestro al caballo cargado de
leña, y el muchachito iba detrás, casi pegado al rabo de la bestia. De pronto
comenzó a gimotear:
–Yo quiero llegar a casa… Yo quiero
llegar a casa…
Melesio
volvió la cabeza bajo el sombrero empapado y le ordenó con dureza:
–¡Déjese
de pendejá y no jorobe!
El
muchacho calló. Yo sólo escuchaba el ruidito que hacía al sorberse los mocos
con resentimiento.
Antes de llegar a la quebrada descubrimos que está
se había crecido: hasta nosotros llegaba el rumor del agua que corría fuera de
cauce. Melesio me dijo por lo bajo, para que el hijo no lo oyera:
–Va
a estar fea la cosa pa pasar al otro lao.
Yo oculté
mi temor en la omisión de una respuesta.
Decidimos correr el riesgo. El jíbaro montó al
muchachito en el caballo y avanzamos con cautela entre las aguas revueltas. La
corriente se hacía más impetuosa a medida que adelantábamos. Yo sentía el fondo
resbaladizo bajo los pies; pensé que un mal paso podía costarme la vida. Pero
no fui yo, por desgracia, quien lo dio. Fue el caballo, abrumado sin duda por
la carga. Se desplomó de costado, sacudiendo la cabeza en un último esfuerzo
por recuperar el equilibrio, y arrastró al niño consigo. Durante unos segundos
mi mano se aferró a un bracito húmedo, mientras la voz desesperada de Melesio
se alzaba sobre el estallido inicial de un trueno:
–¡Aguántelo,
por Dios! ¡Aguántelo!
Pero
acabó arrebatándomelo la fuerza desatada del raudal.
No podría decir como alcanzamos la otra orilla. Sólo
recuerdo que, en medio de mi forcejeo con la corriente, una voz interior
repetía sin cesar:
–Es
que con el mal tiempo siempre vienen cosas peores.
En
la oscuridad, yo adivinaba las pupilas de Melesio Cordero fijas en mí. ¡En mí!
¡Como si yo hubiera sido el culpable de la muerte de su hijo!
(1942)
El cacique.
A Abelardo Díaz
Alfaro.
Don Rafa era un tipo repugnante: bajito, ventrudo y
cabezón. Sobre las mejillas siempre mal afeitadas se entreabrían apenas los
ojitos aviesos y sanguíneos; entre la nariz aplastada y roja y la boca sensual,
de gruesos labios manchados por el tabaco, se alborotaba la pelambre del bigote
cimarrón.
Vestía
siempre de kaki: camisa y pantalón de montar, con botas. Un Colt de cañon largo
y cabo nacarando no abandonaba nunca su cintura. Un panamá de alas anchas
completaba la indumentaria.
Petulante
el hombrecito.
En
sus correrías eróticas por aquellos campos, don Rafa había formado un serrallo
de jibaritas núbiles, casi todas arrancadas del hogar con lujo de violencia. El
padre o el hermano que se atrevía a protestar amanecían un día cualquiera en
medio de un callejón, balaceado por los espalderos del sátiro. Si la víctima
había sabido defenderse con bravura, don Rafa añadía humillación al crimen y
sufragaba los gastos del entierro.
Tal
era el jefe político de la comunidad. El cacique.
Mi abuelo era el líder local del partido contrario
al de don Rafa. Era un anciano íntegro, de los de “la vieja cepa”. Cada cuatro
años, en tiempo de elecciones, nuestra vieja y amplia casona familiar se
convertía en centro de operaciones de la colectividad.
Yuyo Morales era la mano derecha del
viejo. Era un mulato corpulento, recio, honrado a carta cabal. Se había criado
en la casa “dende quera deste tamaño”. Casado a los treinta años con la joven y
taciturna lavandera de la familia, enviudó sin descendencia a los cuarenta y
nuca se le volvió a conocer mujer.
Llegado el día de los comicios cuando yo acababa de
cumplir los once años, los alrededores de la casa hervían de gente. La peonada
aguardaba los camiones que debían conducirla a las casillas electorales. Yuyo
se movía entre todos, agitando sus brazos (largos como aspas de molino, me
decía yo, que ya era capaz de evocar lecturas) sobre las cabezas de los
jíbaros.
De
pronto, un peón de una finca vecina y correligionaria entró corriendo por la
tranquera del corral. Venía sudoroso y demudado. Buscó a Yuyo con la mirada y
avanzó hacía él. Se explicó con frases entrecortadas, a causa del jadeo. Don
Rafa había aparecido en la finca temprano en la mañana, acompañado de sus
matones, y había encerrado a los peones en los ranchos para que no pudieran
votar. A él no le echaron mano porque le metió la cabeza a un cañaveral a
tiempo. Alcanzó, sin embargo, a oír unas cuantas balas zumbar como abejorros
entre las cañas.
Yuyo
casi musitó, sin parpadear, unas preguntas. Escuchó las respuestas con la
mirada puesta en los pies del otro y después salió al camino, compensando la
falta de premura con la longitud de sus zancadas. El peón, pasicorto, lo siguió
con dificultad.
A la hora de abrir las casillas no faltó un solo
votante de la finca vecina.
Esa
misma tarde, dos jíbaros que regresaban a sus ranchos encontraron a don Rafa a
la orilla de una pieza de cañas. Con ambas manos trataba de contenerse el
tripero que se le salía por una herida desde el ombligo hasta el nacimiento del
sexo. Exhalaba gemidos roncos y ya había empezado a virar los ojos. Los peones
se apresuraron a llevarlo a la casa más cercana, que era la de mi abuelo.
Yo vi cuando lo trajeron. Popular venía detrás, lamiendo las gotas de sangre que caían en el
camino. Un movimiento brusco de los peones, al hacer que el herido se ladeara,
lo vació como un saco descocido. El intestino cayó pesadamente al suelo,
espantando al perro que retrocedió unos pasos. El cadáver se desmadejó en
seguida como un grotesco pelele desarticulado.
Mi
abuelo, atraído por los gritos del mujerío, llegó corriendo junto al muero.
Yuyo también se allegó, dejo caer una mirada sobre el difunto y se recostó en
la tranquera, silencioso. El anciano se acercó a él, lentamente. Lo miró a los
ojos, con una interrogación ansiosa en la mirada. El mulato bajó la vista. Mi
abuelo casi sollozó.
–¡Yuyo!
(1942).
El ausente.
Muchos en el lugar lo recordaban. Y eso que hacía
diez años que nadie lo veía. Diez largos años en los que doña Casiana había
mantenido vivo, a fuerza de lágrimas, el recuerdo del hijo ausente.
Siempre pareció que el muchacho iba a darse bueno. A
los once años dejó la escuela para ayudar al padre en las talas. El hombre iba
adelante, tras el arado y los bueyes lentos, viejos ya. El muchacho lo seguía,
depositando la simiente en la húmeda desgarradura de los surcos.
Pero
un día –“cosas que hace el diablo” – se fue a pescar camarones en la quebrada y
se olvidó del trabajo. El padre lo aguardó con una soga doblada en tres. La
zurra fue de las que no se olvidan.
Aquella
misma noche, mientras los demás dormían, los pies descalzos de Marcial hollaron
con rencorosa determinación el polvo todavía caliente del camino real. La
madrugada lo sorprendió en la carretera.
Una
tarde, meses después, al regresar sudoroso de las tala, el padre “cogió un
aire”. Duró dos días con sus noches, recriminando al hijo ingrato en el delirio
intermitente de la fiebre.
Casiana
no quedó sola. Se fue a vivir, con el menor de sus hijos, a casa de un hermano.
Y un mediodía, al cabo de los diez años, uno de los muchachos
de la casa llegó corriendo hasta el batey:
–¡La precuran, tía!
Un hombre esperaba a la vera del camino.
La vieja –vejez prematura de cuarenta y cinco años– salió al encuentro del
desconocido. Los que estaban en la casa se alarmaron al oír el grito de la
mujer. Desde la puerta la vieron exangüe en brazos del extraño, que la abanicaba
con su sombrero. Cuando se allegaron y el hombre irguió la cabeza para saludar,
un murmullo de admiración se desprendió del grupo. Bajo la barba de varios
días, los más viejos reconocieron a Marcial.
El hombre –¡y qué hombre, membrudo y gallardo como
un toro!, apreció con codicia el joven mujeriego del barrio– empezó a contar
sus andanzas un lunes a la prima noche y concluyó al amanecer del miércoles.
Cuando
abandonó el hogar paterno, encontró trabajo de aguador en un cañaveral. Crecido
ya, entró en el corte. Allí aprendió lo que es trabajar de seis a seis, con el
sol o la lluvia sobre el cuerpo, las manos atacadas sin piedad por la hoja
filosa de la caña y el estómago aguijoneado por el hambre malamente satisfecha.
Entonces no se conocía eso de las “ocho horas”. Se levantaba con el último
temblor de las estrellas y salía de las piezas cuando el sol se dejaba
contemplar sin lastimar los ojos. Se hastió de aquello.
Del
cañaveral pasó a una cantera. Picar piedra no era trabajo menos duro, pero ya
el primer oficio lo había fortalecido el ánimo y los músculos. Y allí no se
trabajaba como bestia. A las cinco de la tarde sonaba un silbatazo que ponía
fin a la jornada. Cerca de la cantera había un río y los hombres se bañaban al
atardecer en una poza de agua transparente y mansa. Dormían frescos, sin la
molestia del sudor resecado sobre la piel. Y lo mejor de todo: se comía
caliente, con relativa abundancia.
Hizo
amistad con un ingeniero que a veces, cuando quedaban solos, le habalba de
cosas que nunca llegaba a explicar bien, pero que sin duda le interesaban
mucho, a juzgar por la pasión con que aludía a “las inconsecuencias del gallego
Iglesias” y otros asuntos que solían despertar en Marcial una efímera
curiosidad. Cuando el ingeniero se marchó a trabajar en una represa que estaban
construyendo por Comerío, le insistió en que se fuera con él.
Salió
ganando con el cambio. Al cabo de dos meses lo hicieron capataz. Comenzó a
juntar plata. Conoció a una muchacha que vendía frituras en las obras, le robó
la virginidad y después, cuando se enteró de que estaba embarazada, se casó con
ella (no por obligación, sino porque descubrió que la quería). El vástago fue
un varón, muy parecido a él según la opinión de todos. El ingeniero seguía
protegiéndolo; las cosas no podían marchar mejor.
Pero
aquella ventura fue sólo un paréntesis. Cierto día una carga de dinamita mal
colocada hizo trizas al ingeniero. Para Marcial fue como perder a un padre, un
padre deparado por la vida en sustitución de aquel cuyos azotes él no había
sabido perdonar. Poco después, para remate de desgracias, la mujer se le alzó
con otro, llevándose al hijo que aún no aprendía a caminar.
Entonces
a Marcial le dio por pensar en lo que el paso de los años había ido
convirtiendo en un recuerdo cada vez más tenue: el primer hogar y la madre y el
hermano abandonados. Casi con sorpresa vino a darse cuenta de que habían
transcurrido diez años desde la noche en que el rencor y la amargura lo
empujaron a la fuga.
Al
día siguiente de una noche igual que aquélla, no volvieron a verlo en la
represa.
Ahora trabaja de nuevo en las talas, junto al
hermano adolescente y el tío que va haciéndose viejo. Por las noches, los
parientes y los vecinos se sientan en torno al fogón apagado que duerme su
sueño de ceniza fría y él relata una vez más algún episodio de su vida errante
(nunca ha contado, sin embargo, que tuvo una mujer y un hijo). La chiquillería
del lugar lo admira como a un héroe, y en más de una ocasión ha sido requerido
como árbitro en las disputas de los mayores. Se reputación de hombre que “ha
visto mundo” lo rodea de una aoreola de prestigio y meritos con los que él no
soñó jamas.
Pero
se mentiría a sí mismo si afirmara que es feliz aquí. El monótono trabajo de
las talas lo aburre sin llegar a fatigarlo. Le hace falta aquello otro: el
ruidoso trajin de la maquinaria omnipotente, el horario regular y el seguro
tiempo libre, la cercanía de la ciudad, el salario infalible cada sábado. Eso
sobre todo. Aquí se trabaja para comer. Esta vida lo ahoga.
Una madrugada el vecindario acudió a los gritos
desesperados de doña Casiana. La pobre mujer extendía su brazo endeble en
dirección del camino. Los que siguieron el ademán con la mirada, alcanzaron a
columbrar la corpulenta figura que se iba borrando en la distancia.
(1943).
