martes, octubre 13, 2015

You are on the wrong side of the border, motherfuckers.

"¿Qué tanto hemos perdido nuestra humanidad?", me preguntó uno de esos peregrinos religiosos que andan buscando adeptos a su iglesia. En su momento no le respondí. Concentré, en aquél indeterminado instante, mi mirada en el derrotero frente a mis ojos y me seguí de largo desoyendo sus palabras. ¿Cómo podría pararme a responderle si el ritmo de vida de la hecatombe citadina no me lo permite? Sin embargo, lo que hice con posterioridad fue, al pasar varias horas ajetreadas, recordar a aquel hombre y sus abisales palabras que como cuchillas punzantes atravesaron mi sique. Las películas de Amat Escalante parecen ahondar en este cuestionamiento, parecen adentrarse por la ventana de la violencia, la monotonía de lo cotidiano, la otredad y justo aquello que me había hecho cavilar sin descanso: la perdida de humanidad.
Los Bastardos (2008) es una película compleja por las estructuras que trata de representar,pero minimalista en la forma en las representa. Los personajes transitan por un mundo banal, anodino. No existen las grandes aspiraciones ni los grandes sueños. Sólo existe cabida para el presente y la mediocridad. Y de la mano de estos componentes, Escalante nos lleva al contexto de la globalización desenfrenada y la migración continua. Jesús (Jesús Moisés Rodríguez) y Fausto (Rubén Sosa) son dos inmigrantes ilegales que arriban a la ciudad de Los Ángeles en busca del siempre estereotipado “sueño americano”. Ambos, como era de esperarse, se estrellan con el muro de la adversidad. Viven como jornaleros o recolectores. Construir edificaciones o trabajar el campo es a lo único a lo que aspiran al igual que millones de latinos en Estados Unidos. Y sumado a estas condiciones desventuradas,  las rendijas de la discriminación y la violencia los circundan constantemente hasta atraparlos. El explotador se aprovecha del explotado. El ciudadano estadunidense, xenófobo, clasista, conservador,  margina al extranjero, al individuo que siente perdida su identidad y su origen. Porque en ello se van convirtiendo los migrantes: en seres extraños, olvidados, que provienen de otra tierra y que no pertenecen a ninguna parte. Son los hijos de otra madre, los bastardos que desconocen el significado de la esperanza. Y junto con la pérdida de identidad, de un país que los expulsa como basura, van perdiendo su humanidad.
Bajo este contexto a Jesús y Fausto les llega una oportunidad de transformar su realidad. Un gringo les ofrece una considerable suma de dinero a cambio de que liquiden a su mujer. Y es la necesidad y la carencia lo que los impulsa a llevar a cabo la intrincada tarea. Es también el hartazgo, el odio rampante que se va cimentando en sus entrañas lo que los motiva. La cuna del odio se mece entre palabras, crece entre acciones y llantos. “Look at this beaners”, “You are on the wrong side of the boarder, motherfuckers”, son las sentencias definitivas. Y el “pinches gringos” fluye como consecuencia del desentendimiento, de la falta de comunicación pese a ser dos culturas que comparten un mismo territorio. La pluralidad y la diversidad abundan, pero las culturas se desconocen y  responden con violencia para hacer frente a sus ineludibles conflictos.
Karen (Nina Zavarin) será la víctima del atentado, una madre solitaria con profundos vacíos existenciales, incapaz de entender a su hijo e incapaz de comunicarse con él. Se refugia en el crack. Y la droga se convierte en su única salida, su única zona de confort. Hasta que los dos guanajuatenses arriban a su hogar, la encuentran dormida y la catástrofe da inicio. Tampoco hay entendimiento entre Karen, Jesús y Fausto. No hay espacio para el diálogo o la comprensión. Todo se rige por el primitivismo más salvaje. La obligan a alimentarlos, a fumar crack con ellos, a meterse en la piscina. La obligan a llevar la típica vida de clase media norteamericana a la que ellos jamás podrán aspirar. Y el frenesí de lo inalcanzable e imposible los inunda por completo.
Los bastardos es una película en donde el realismo, la agresión asesina y la pérdida de humanidad permanecen como telón de fondo. La mano del director se hace visible. Así,  la banalidad de lo cotidiano se materializa a través de las secuencias largas y los grandes silencios. Escalante se hizo dueño de este filme, sacó lo mejor de él pese a la inexperiencia de los actores y nos trajo una obra digna de ser vista. Es un puente estilístico entre Sangre (2005) y Heli (2013). Nos deja a la expectativa, con deseos de ver más, y nos vislumbra un futuro prometedor para el director, quien mediante sus filmes nos ha llevado a la reflexión, al pensamiento crítico sobre las realidades inmediatas, sobre las fronteras materiales y existenciales de la vida ordinaria. Mientras me mantengo a la espera del futuro cinematográfico de Escalante buscaré una respuesta adecuada a la pregunta del peregrino. Puede que en alguna otra ocasión lo vuelva a encontrar. Sólo espero saber que contestar cuando el momento, quizás inoportuno, quizás esperado, me llegue al transitar por las calles de la inmensa ciudad en la que vivo. 

miércoles, junio 10, 2015

Tres cuentos de José Luis González.

Pájaros de mar en tierra.

Melesio Cordero levantó la vista al cielo para observar los cinco alcatraces que pasaron volando rumbo a la cordillera. Luego frunció el entrecejo y sentenció:
–Pájaros de mar en  tierra, mal tiempo seguro.
Yo miré hacia arriba a mi vez, sólo para ver el cielo azul añil, sin una nube.
–Menos mal que el agua es blandita –retruqué con sorna.
El jibaro añadió, fatalista:
–Es que con mal tiempo siempre vienen cosas peores.

Melesio quería madera dura aquella vez, y ésa hay que buscarla en el corazón del monte.
            –Palo verde, carbón malo –había explicado el hombre cuando pasamos la quebrada y empezamos a topar maleza.
            Nos acompañaba el hijo menor de Melesio, un muchachito de once años, y llevábamos un caballo viejo, lleno de mataduras.
            Allá adentró podíamos estar seguros de que no nos escuchaba nadie. La soledad desordena los pensamientos; por eso concentrábamos la atención en los hachazos que le infligía Melesio a un almácigo gigante. Del ramaje estremecido por los primeros golpes se desprendió una bandada de torcazas asustadas.
            El muchachito fue el primero en advertir, al cabo de un par de horas:
            –Se ta poniendo nublao.
            Sobre las copas de los árboles se adensaba, en efecto, una masa de nubarrones grises. Melesio me miró fijamente por un instante, como recordándome: “¿No se lo dije?”, y apresuró el ritmo de los golpes sobre el tronco.
            Entre unos matorrales, un grillo áspero rascaba el silencio.

No pudimos evitar que nos cogiera la noche, sin embargo. El camino se nos dificultaba en la oscuridad, bajo la lluvia torrencial. Melesio marchaba por delante, yo llevaba del cabestro al caballo cargado de leña, y el muchachito iba detrás, casi pegado al rabo de la bestia. De pronto comenzó a gimotear:
            –Yo quiero llegar a casa… Yo quiero llegar a casa…
            Melesio volvió la cabeza bajo el sombrero empapado y le ordenó con dureza:
            –¡Déjese de pendejá y no jorobe!
            El muchacho calló. Yo sólo escuchaba el ruidito que hacía al sorberse los mocos con resentimiento.

Antes de llegar a la quebrada descubrimos que está se había crecido: hasta nosotros llegaba el rumor del agua que corría fuera de cauce. Melesio me dijo por lo bajo, para que el hijo no lo oyera:
            –Va a estar fea la cosa pa pasar al otro lao.
            Yo oculté mi temor en la omisión de una respuesta.

Decidimos correr el riesgo. El jíbaro montó al muchachito en el caballo y avanzamos con cautela entre las aguas revueltas. La corriente se hacía más impetuosa a medida que adelantábamos. Yo sentía el fondo resbaladizo bajo los pies; pensé que un mal paso podía costarme la vida. Pero no fui yo, por desgracia, quien lo dio. Fue el caballo, abrumado sin duda por la carga. Se desplomó de costado, sacudiendo la cabeza en un último esfuerzo por recuperar el equilibrio, y arrastró al niño consigo. Durante unos segundos mi mano se aferró a un bracito húmedo, mientras la voz desesperada de Melesio se alzaba sobre el estallido inicial de un trueno:
            –¡Aguántelo, por Dios! ¡Aguántelo!
            Pero acabó arrebatándomelo la fuerza desatada del raudal.

No podría decir como alcanzamos la otra orilla. Sólo recuerdo que, en medio de mi forcejeo con la corriente, una voz interior repetía sin cesar:
            –Es que con el mal tiempo siempre vienen cosas peores.
            En la oscuridad, yo adivinaba las pupilas de Melesio Cordero fijas en mí. ¡En mí! ¡Como si yo hubiera sido el culpable de la muerte de su hijo!

(1942)

El cacique.
A Abelardo Díaz Alfaro.
Don Rafa era un tipo repugnante: bajito, ventrudo y cabezón. Sobre las mejillas siempre mal afeitadas se entreabrían apenas los ojitos aviesos y sanguíneos; entre la nariz aplastada y roja y la boca sensual, de gruesos labios manchados por el tabaco, se alborotaba la pelambre del bigote cimarrón.
            Vestía siempre de kaki: camisa y pantalón de montar, con botas. Un Colt de cañon largo y cabo nacarando no abandonaba nunca su cintura. Un panamá de alas anchas completaba la indumentaria.
            Petulante el hombrecito.
            En sus correrías eróticas por aquellos campos, don Rafa había formado un serrallo de jibaritas núbiles, casi todas arrancadas del hogar con lujo de violencia. El padre o el hermano que se atrevía a protestar amanecían un día cualquiera en medio de un callejón, balaceado por los espalderos del sátiro. Si la víctima había sabido defenderse con bravura, don Rafa añadía humillación al crimen y sufragaba los gastos del entierro.
            Tal era el jefe político de la comunidad. El cacique.

Mi abuelo era el líder local del partido contrario al de don Rafa. Era un anciano íntegro, de los de “la vieja cepa”. Cada cuatro años, en tiempo de elecciones, nuestra vieja y amplia casona familiar se convertía en centro de operaciones de la colectividad.
Yuyo Morales era la mano derecha del viejo. Era un mulato corpulento, recio, honrado a carta cabal. Se había criado en la casa “dende quera deste tamaño”. Casado a los treinta años con la joven y taciturna lavandera de la familia, enviudó sin descendencia a los cuarenta y nuca se le volvió a conocer mujer.

Llegado el día de los comicios cuando yo acababa de cumplir los once años, los alrededores de la casa hervían de gente. La peonada aguardaba los camiones que debían conducirla a las casillas electorales. Yuyo se movía entre todos, agitando sus brazos (largos como aspas de molino, me decía yo, que ya era capaz de evocar lecturas) sobre las cabezas de los jíbaros.
            De pronto, un peón de una finca vecina y correligionaria entró corriendo por la tranquera del corral. Venía sudoroso y demudado. Buscó a Yuyo con la mirada y avanzó hacía él. Se explicó con frases entrecortadas, a causa del jadeo. Don Rafa había aparecido en la finca temprano en la mañana, acompañado de sus matones, y había encerrado a los peones en los ranchos para que no pudieran votar. A él no le echaron mano porque le metió la cabeza a un cañaveral a tiempo. Alcanzó, sin embargo, a oír unas cuantas balas zumbar como abejorros entre las cañas.
            Yuyo casi musitó, sin parpadear, unas preguntas. Escuchó las respuestas con la mirada puesta en los pies del otro y después salió al camino, compensando la falta de premura con la longitud de sus zancadas. El peón, pasicorto, lo siguió con dificultad.

A la hora de abrir las casillas no faltó un solo votante de la finca vecina.
            Esa misma tarde, dos jíbaros que regresaban a sus ranchos encontraron a don Rafa a la orilla de una pieza de cañas. Con ambas manos trataba de contenerse el tripero que se le salía por una herida desde el ombligo hasta el nacimiento del sexo. Exhalaba gemidos roncos y ya había empezado a virar los ojos. Los peones se apresuraron a llevarlo a la casa más cercana, que era la de mi abuelo.

Yo vi cuando lo trajeron. Popular venía detrás, lamiendo las gotas de sangre que caían en el camino. Un movimiento brusco de los peones, al hacer que el herido se ladeara, lo vació como un saco descocido. El intestino cayó pesadamente al suelo, espantando al perro que retrocedió unos pasos. El cadáver se desmadejó en seguida como un grotesco pelele desarticulado.
            Mi abuelo, atraído por los gritos del mujerío, llegó corriendo junto al muero. Yuyo también se allegó, dejo caer una mirada sobre el difunto y se recostó en la tranquera, silencioso. El anciano se acercó a él, lentamente. Lo miró a los ojos, con una interrogación ansiosa en la mirada. El mulato bajó la vista. Mi abuelo casi sollozó.
         –¡Yuyo!

(1942).



El ausente.

Muchos en el lugar lo recordaban. Y eso que hacía diez años que nadie lo veía. Diez largos años en los que doña Casiana había mantenido vivo, a fuerza de lágrimas, el recuerdo del hijo ausente.

Siempre pareció que el muchacho iba a darse bueno. A los once años dejó la escuela para ayudar al padre en las talas. El hombre iba adelante, tras el arado y los bueyes lentos, viejos ya. El muchacho lo seguía, depositando la simiente en la húmeda desgarradura de los surcos.
            Pero un día –“cosas que hace el diablo” – se fue a pescar camarones en la quebrada y se olvidó del trabajo. El padre lo aguardó con una soga doblada en tres. La zurra fue de las que no se olvidan.
            Aquella misma noche, mientras los demás dormían, los pies descalzos de Marcial hollaron con rencorosa determinación el polvo todavía caliente del camino real. La madrugada lo sorprendió en la carretera.
            Una tarde, meses después, al regresar sudoroso de las tala, el padre “cogió un aire”. Duró dos días con sus noches, recriminando al hijo ingrato en el delirio intermitente de la fiebre.
            Casiana no quedó sola. Se fue a vivir, con el menor de sus hijos, a casa de un hermano.

Y un mediodía, al cabo de los diez años, uno de los muchachos de la casa llegó corriendo hasta el batey:
–¡La precuran, tía!
Un hombre esperaba a la vera del camino. La vieja –vejez prematura de cuarenta y cinco años– salió al encuentro del desconocido. Los que estaban en la casa se alarmaron al oír el grito de la mujer. Desde la puerta la vieron exangüe en brazos del extraño, que la abanicaba con su sombrero. Cuando se allegaron y el hombre irguió la cabeza para saludar, un murmullo de admiración se desprendió del grupo. Bajo la barba de varios días, los más viejos reconocieron a Marcial.

El hombre –¡y qué hombre, membrudo y gallardo como un toro!, apreció con codicia el joven mujeriego del barrio– empezó a contar sus andanzas un lunes a la prima noche y concluyó al amanecer del miércoles.
            Cuando abandonó el hogar paterno, encontró trabajo de aguador en un cañaveral. Crecido ya, entró en el corte. Allí aprendió lo que es trabajar de seis a seis, con el sol o la lluvia sobre el cuerpo, las manos atacadas sin piedad por la hoja filosa de la caña y el estómago aguijoneado por el hambre malamente satisfecha. Entonces no se conocía eso de las “ocho horas”. Se levantaba con el último temblor de las estrellas y salía de las piezas cuando el sol se dejaba contemplar sin lastimar los ojos. Se hastió de aquello.
            Del cañaveral pasó a una cantera. Picar piedra no era trabajo menos duro, pero ya el primer oficio lo había fortalecido el ánimo y los músculos. Y allí no se trabajaba como bestia. A las cinco de la tarde sonaba un silbatazo que ponía fin a la jornada. Cerca de la cantera había un río y los hombres se bañaban al atardecer en una poza de agua transparente y mansa. Dormían frescos, sin la molestia del sudor resecado sobre la piel. Y lo mejor de todo: se comía caliente, con relativa abundancia.
            Hizo amistad con un ingeniero que a veces, cuando quedaban solos, le habalba de cosas que nunca llegaba a explicar bien, pero que sin duda le interesaban mucho, a juzgar por la pasión con que aludía a “las inconsecuencias del gallego Iglesias” y otros asuntos que solían despertar en Marcial una efímera curiosidad. Cuando el ingeniero se marchó a trabajar en una represa que estaban construyendo por Comerío, le insistió en que se fuera con él.
            Salió ganando con el cambio. Al cabo de dos meses lo hicieron capataz. Comenzó a juntar plata. Conoció a una muchacha que vendía frituras en las obras, le robó la virginidad y después, cuando se enteró de que estaba embarazada, se casó con ella (no por obligación, sino porque descubrió que la quería). El vástago fue un varón, muy parecido a él según la opinión de todos. El ingeniero seguía protegiéndolo; las cosas no podían marchar mejor.
            Pero aquella ventura fue sólo un paréntesis. Cierto día una carga de dinamita mal colocada hizo trizas al ingeniero. Para Marcial fue como perder a un padre, un padre deparado por la vida en sustitución de aquel cuyos azotes él no había sabido perdonar. Poco después, para remate de desgracias, la mujer se le alzó con otro, llevándose al hijo que aún no aprendía a caminar.
            Entonces a Marcial le dio por pensar en lo que el paso de los años había ido convirtiendo en un recuerdo cada vez más tenue: el primer hogar y la madre y el hermano abandonados. Casi con sorpresa vino a darse cuenta de que habían transcurrido diez años desde la noche en que el rencor y la amargura lo empujaron a la fuga.
            Al día siguiente de una noche igual que aquélla, no volvieron a verlo en la represa.

Ahora trabaja de nuevo en las talas, junto al hermano adolescente y el tío que va haciéndose viejo. Por las noches, los parientes y los vecinos se sientan en torno al fogón apagado que duerme su sueño de ceniza fría y él relata una vez más algún episodio de su vida errante (nunca ha contado, sin embargo, que tuvo una mujer y un hijo). La chiquillería del lugar lo admira como a un héroe, y en más de una ocasión ha sido requerido como árbitro en las disputas de los mayores. Se reputación de hombre que “ha visto mundo” lo rodea de una aoreola de prestigio y meritos con los que él no soñó jamas.
            Pero se mentiría a sí mismo si afirmara que es feliz aquí. El monótono trabajo de las talas lo aburre sin llegar a fatigarlo. Le hace falta aquello otro: el ruidoso trajin de la maquinaria omnipotente, el horario regular y el seguro tiempo libre, la cercanía de la ciudad, el salario infalible cada sábado. Eso sobre todo. Aquí se trabaja para comer. Esta vida lo ahoga.

Una madrugada el vecindario acudió a los gritos desesperados de doña Casiana. La pobre mujer extendía su brazo endeble en dirección del camino. Los que siguieron el ademán con la mirada, alcanzaron a columbrar la corpulenta figura que se iba borrando en la distancia.



(1943).