viernes, mayo 10, 2013

El desconsuelo de la remembranza.


 No conozco a mi madre, mujer esquiva, de sonrisa leve e ingrávida que desprende unos labios rojizos, y que a lo largo de mi vida se ha convertido en un mito familiar, en una intriga que me carcome el alma y corroe el corazón. Los únicos rastros que puedo seguir de su figura furtiva que se desvanece al pasar los años, son las fotografías pálidas y amarillentas donde aparece ella, timorata, tímida y un tanto seria; y un yo, un Alan Santos diminuto y desprotegido, cubierto por toallas y sabanas de algodón que lo resguardan de las adversidades de su entorno, de aquella realidad que desconoce e ignora. El tacto de mi madre, su fragancia de mujer, sus manos suaves y su sonrisa ligera forman parte del pasado, de un pretérito misterioso y escurridizo que soy incapaz de evocar por más que intente, por más que trate de recordar su voz, su rostro, y la relación tan enigmática que sostenía con mi padre, hombre serio y osco que se ha limitado a decirme que  mi madre, Gabriela Santos, se perdió en algún lugar del sur de Estados Unidos.

Casi siempre la recuerdo, la mitifico, la convierto en algo que no es, como justificación de mi existencia, como un modo de pretender otorgarle un sentido a mi vida. Su apellido, mi apellido, el nombre antroponímico que nos une lo empleo con recurrencia a modo de estandarte, como una manera sensata de traerla a mi presente, al hoy de mi vida. Y así Alan Santos se llena de vida, se construye y se alza a sí mismo para remembrar una figura desconocida que quizás nunca existió.

Sin embargo, pese a su presencia fantasmagórica en mi realidad, ella no se me presenta como una obsesión periódica que me desgaste y succione todas mis fuerzas. Suele aparecer por mi cabeza cuando el clima se torna cálido y húmedo, con lluvias constantes y cielos encapotados que chisporrotean de vez en vez, y cuando el sol quema con enjundia lastimando con sus rayos cerosos a los hombres y mujeres de cachetes rosados. Y en especial, se coloca en el centro de mis pensamientos cuando el 10 de Mayo se acerca. Y me entristezco, la nostalgia arremete contra mis sentimientos desparpajándolos, fracturándolos hasta volverlos confusos, heterogéneos e irritables, forzándolos a explotar dentro de mí; obligándome a arrinconarme a la soledad y el desencanto, a la depresión y la amargura; al desconcierto de miles de vocecillas que gritan furibundas en mi cabeza.

Quizás, una de las razones más significativas para que mis reacciones sean como son, surge como la consecuencia de una situación que me ocurrió cuando era un churumbel juguetón, hiperactivo y con un desborde de energías terrible que ocasionaba los enfados de profesores bigotudos y profesoras de anchas caderas que me señalaban con el dedo de forma imperativa. Lo recuerdo, al hacer memoria, al despertar en mí sensaciones que muchas veces prefiero dejar en el olvido por el dolor tan constante a recordar.

Mayo 2000. El final de la puericia de Alejandro.

Suaves rayos de sol rompen el alba. Los automóviles se mueven de un lado a otro con gran velocidad. Una escuela primaria se llena de bullicio, de gente impaciente por la convivencia entre padres e hijos en un día tan especial para las familias mexicanas. Los niños corren en tropel a la búsqueda de sus seres queridos, para agasajarse de mimos maternales y de juegos esporádicos que emanan de los brazos de sus progenitores. Los alzan por encima de sus cabezas, los abrazan, y los niños ríen y sonríen sin parar. El día de la madre se celebra a canticos, bailables y comida, mucha comida que se desborda sobre las mesitas de madera con patas chuecas y destartaladas. Los niños cantan, celebran y hablan de la belleza materna, aunque la mayoría de las veces no sean capaces de comprender el significado de lo que por sus bocas sale y fluye como cascada sonora. Un grupo de chiquillos se dispone  a iniciar con un baile, un baile destinado a honrar aquel día. Un baile que se había preparado desde meses atrás y que después de practicar con constancia y esmero debía alegrar a las madres de todos esos párvulos diminutos.

De entre la aglomeración de niños, Alejandro sobresale con entusiasmo. Le gusta bailar, moverse de un lado a otro con fogosidad pretendiendo llamar la atención de su padre que de seguro lo observará deslizarse por el patio con donosura y festividad. Los niños se empujan de un lado a otro, se impacientan. Desean cuanto antes empezar con el baile para recibir los aplausos de toda la gente a su derredor. Hasta que, poco antes de que el baile de los mocosos disfrazados de mariposas y flores concluya, Alejandro es impulsado por el bullicio de los demás niños hasta chocar con un compañero desconocido. El pequeño se molesta y lo empuja. “Qué te pasa, tonto” replica el niño. “Me empujaron sin querer” replica Alejandro. Pero el niño no se cree lo que le dice, piensa que son mentiras ideadas para confundirlo y salirse con la suya cual ladrón de supermercado. “No te creo nada, te voy  acusar con la maestra para que te castigue y no te deje bailar” contestó el churumbel con su vocecilla rumiante. Alejandro se impacientó, temió las graves consecuencias de las acusaciones del otro niño. Comenzó a sudar, lentamente, y sus manos temblaron de manera fortuita. “No le digas nada, me encanta bailar y no quiero ir a la dirección” repuso Alejandro con voz intranquila. “Para que bailas, si no tienes mamá”, dijo el niño, sin entender, sin comprender el corolario de sus palabras.

Termina el otro baile, y el presentador nombra al grupito de Alejandro. Los niños se mueven con vehemencia a sus posiciones. Y empiezan a bailar. Alejandro se zarandea siguiendo los movimientos de sus compañeros, sus oscilaciones vacilantes, pero su meneo es autómata, como de robot mal aceitado. Su mente se encuentra en un lugar diferente, y se siente despertar. Nunca se había preguntado la razón por la que los demás niños eran capaces de disfrutar del cariño materno, y él no. El mundo le cayó encima, y lo recibió de forma desprovista hasta que lo aplastó con desprecio. “Para que bailas, si no tienes mamá” resonó por todos los  rincones de su cabeza, jugó con sus pensamientos, y al finalizar el baile una apabullante ovación lo regresó al mundo. No obstante ya no era el mismo. Las interrogantes de su existencia acaecieron sobre sus hombros, y la vida jamás volvió a significar lo que había significado. “Lo hicieron muy bien niños, dense un fuerte aplauso” dijo la profesora de ojos cenizos, “sus madres deben de estar orgullosas”. Los niños aplaudieron y rieron sin cesar. Alejandro, de entre todos, fue el único niño que no aplaudió. “Por qué no aplaudes, Alejandro” preguntó la profesora extrañada. “… si no tienes mamá” pensó Alejandro ignorando la interrogante de la señora de ojos cenizos que lo miraba sorprendida. No contestó y se dispuso a buscar a su padre que se escondía entre el tumulto de personas exóticas que se desternillaban con brío y pujanza.


jueves, mayo 02, 2013

De banquetas y encuentros casuales.


Hace no mucho tiempo, entre las calles resecas, los arboles de tronco grisáceo que se extienden por encima de edificios rojizos de ladrillo de arcilla, y banquetas y mesas de concreto, me encontré, sentado mientras leía poemas de Neruda, a un individuo peculiar que no había visto desde hacía ya muchos ayeres, y que mi memoria había traído al presente con diligencia. Me descubrió arrellanado en un asiento plomizo que emerge de una estructura de piedra volcánica, la cual frecuento algunas veces a la semana para leer sin el molesto ruido que emana de mi casa, o de las estrepitosas voces de vendedores ambulantes, conductores y transeúntes del centro de la ciudad, mi universidad, o cualquier otro lugar público en donde no consiga concentrarme en mis libros y mis pensamientos.

Yo lo observé acercándose con naturalidad, con una mirada cansada y derrotada, pero con una sonrisa amarillenta, una enorme línea ascendente que se dibujaba en su rostro y que se me presentaba como una gigantesca mascara que pretendía ocultar las desgracias y tristezas de una vida infeliz. Los ojos jamás mienten, los ojos no nos pueden engañar, son el tragaluz de nuestra verdadera esencia, la claraboya diáfana de nuestra sinceridad, y pretender mentirle a tan hermosa abertura facial es embaucar al alma con imbecilidad.

Cuando era inminente nuestro encuentro, cerré mi libro. Y mi lectura de “Ebrio de trementina y largos besos” quedó inconclusa, y en su lugar un saludo ameno, cálido y vulgar atronó en el lugar. Y el “qué pedo güey”, “cómo estás güey”, brotó de su boca y de mi boca de manera fútil. Un saludo, un estrechón de manos, un cigarro prendido que intercambiábamos de vez en vez, una conversación nimia sobre eventos deportivos de relevancia coyuntural; el imaginar el destino de nuestros amigos y compañeros en común, de los cuales no teníamos noticia alguna, más que la que salía a relucir gracias a las redes sociales. Intrascendencias e insignificancias que nos mantenían, pese a los años sin vernos, de forma extraña y desconocida,  yuxtapuestos por experiencias similares.

¿Qué tanto había cambiado yo desde la última vez que lo vi? ¿Qué tanto había cambiado él desde que habíamos convivido entre cervezas, cigarrillos y canciones populares? Un exorbitante universo repleto de galaxias, nebulosas y constelaciones nos separaban. No sólo por el destino tan diferente que habíamos escogido, sino por el cosmos cognitivo, los pensamientos y disertaciones que sobrevolaban nuestras cabezas. La Universidad me había abierto un sinfín de puertas, de entradas y salidas de reflexiones e ideas, de experiencias que me han convertido en un hombre un poco menos ignorante cada día. Sin embargo él, atado a disfrutar las experiencias pasajeras, las borracheras y jolgorios imberbes que lo alejaban del desconsuelo de su realidad, había preferido renunciar a sus estudios y gozar de las destrezas de la vida nocturna y de los amigos y conocidos de tragos.

            No lo culpo. He de admitir que en alguna etapa de mi existencia, ese tipo de vida me guiñó un ojo, me habló al oído, y trató de seducirme con su frenesí, con su insania y sus locuras abultadas y exorbitantes. La locura se vislumbra como la peor de las enfermedades, el padecimiento  más terrible para los hombres sensatos, porque es en extremo patógena, pestilente, peligrosa al igual que un campo minado, un automóvil desenfrenado en la carretera, en donde el único resultado posible, la única salida legítima, es la soledad y la muerte.

            Quiero creer que el futuro de mi amigo se otea más prometedor, más esperanzador. Y deseo desde el fondo de mi alma, que no termine como otros, como los que se encuentran allá lejos, en la injuria de una subsistencia cruel y despiadada, producto quizás, de los errores cometidos en el pasado, de lo blandengue y pusilánime de sus actos ante una sociedad que discrimina a diestra y siniestra, a los que se ennoblecen con la desemejanza de sus ideas y de sus actos.

            Nos despedimos con júbilo, con un abrazo sincero. Y entre los callejones olorosos a tierra húmeda y asfalto, lo vi desaparecer en una esquina, quizás para siempre. No pensé más en ello; y mi cabeza reverberó palabras que hicieron eco: Voy, duro de pasiones, montado en mi ola única, / lunar, solar, ardiente y frio, repentino, /dormido en la garganta de las afortunadas/ islas blancas y dulces como caderas frescas…